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El extraño final de la más cercana alianza rusa

Vladimir Putin asiste a un pertido de hockey con el presidente bielorruso Alexander Lukashenko en mayo de 2014. Foto: Servicio de Prensa del Kremlin.

Hace casi tres años, el presidente bielorruso Alexander Lukashenko, repentinamente se dio cuenta de que el débil sentimiento de identidad nacional era un serio problema.

En marzo de 2014, Rusia se anexó Crimea. “Teníamos que defender a la población rusa en la península”, le dijo Vladimir Putin al mundo, sorprendiendo a casi todos excepto el eufórico pueblo ruso.

Casi simultáneamente, estalló una guerra en Donbass –una región de habla rusa en el este de Ucrania. Si bien hay sólidas pruebas que sugieren la intervención de Moscú en la región, también está claro que al menos algunos lugareños tenían grandes reservas con respecto a ser parte de Ucrania tras la Revolución Maidán. Más tarde, sin revelar toda la extensión del papel que jugó Moscú, Putin diría que Rusia se vio “forzada a defender a la población de habla rusa de Donbass”.

Cuidado con un escenario como Ucrania

Los trágicos y sangrientos acontecimientos que han tenido lugar en Ucrania durante los últimos tres años muestran lo que puede pasar cuando un cercano aliado ruso con muchos rusohablantes decide “cambiar de bando” y salir de la órbita de influencia de Moscú.

“Hombrecitos verdes” en Crimea, 9 de marzo del 2014. Fuente: Wikimedia Commons.

Y es ahí donde entran en juego los miedos bielorrusos. Ideológica, política, económica y culturalmente, Moscú ostenta una enorme influencia en Bielorrusia. En la vida diaria, se cree que cerca del 90% de los bielorrusos hablan ruso. En su tiempo libre, ven la televisión rusa, y escuchan música rusa. En Bielorrusia, la huella de Rusia está en todas partes.

Con el paso de los años, el presidente Lukashenko había hecho mucho para mantener a Bielorrusia “rusificada”. En 1994, insultó a la lengua propia de su país, llamando al bielorruso un lenguaje “pobre”. “No puedes expresar nada de forma magnífica en bielorruso. Tan solo hay dos lenguas magníficas: el ruso y el inglés”, le dijo a su gente.

Un año más tarde, Lukashenko inició el referéndum nacional que convirtió al ruso en lengua del estado, al bielorruso. Los críticos del presidente dicen que fue una artimaña para ganarse el apoyo de Moscú, que en ese momento necesitaba de forma imperiosa para mantenerse en el poder.

En las dos décadas posteriores, Bielorrusia fue un aliado clave, y Lukashenko disfrutó de su reinado sobre el que básicamente es un estado “tapón” entre Rusia y la OTAN. Por las molestias, Moscú le dio al régimen de Lukashenko un apoyo financiero vital, así como descuentos en el precio del gas natural.

Llamado informalmente durante años el “último dictador de Europa”, Lukashenko gobernó Bielorrusia con mano de hierro. Aplastó a los políticos independientes y desanimó la promoción del lenguaje bielorruso, que acabó asociándose con la oposición marginada del país.

Y luego se le abrieron los ojos: la crisis en Ucrania.

En 2014, por primera vez, Lukashenko dio un discurso en bielorruso. “No somos rusos, somos bielorrusos”, declaraba ahora. Después, defendió abiertamente una mayor utilización del bielorruso.

¿Bielorrusia primero?

Desde entonces, el bielorruso ha tenido una mayor importancia en la vida pública del país.

Y Lukashenko ha cambiado de bando en otras cosas, también. El pasado año, perdonó a seis presos políticos y, unos meses más tarde, unos activistas de la oposición ganaron dos escaños en las elecciones parlamentarias por primera vez desde el año 2000.

Los activistas de la oposición ya no son encarcelados por portar “símbolos prohibidos” (la bandera roja y blanca y el escudo de armas Pahonia, que fueron símbolos oficiales del estado entre 1991 y 1994, antes de que Lukashenko llegase al poder), y los músicos vetados de repente son bienvenidos en los mayores escenarios del país.

Algunos activistas incluso llaman a los tres últimos años un “renacimiento nacional”.

Como era de esperarse, el cambio nacionalista de Lukashenko no ha pasado desapercibido entre los bielorrusos afines a Rusia y los nacionalistas rusos, que se quejan de una “bielorrusificación progresiva”.

“El bielorruso no tiene ninguna posibilidad. Nadie necesita el bielorruso a excepción de los locos del subestado, que aparentemente buscan romperse el cuello en Maidan como hicieron los vecinos”, escribió Dmitry Alimkin, un bloguero bielorruso con fuertes opiniones a favor de Rusia, el pasado octubre para la web de noticias de la extrema derecha Regnum. El título del artículo era: “Bielorrusia está saliendo del mundo ruso de forma clandestina, a luz de la experiencia de Ucrania”.

La bandera blanca-roja-blanca, que fue la oficial de Bielorrusia entre 1991 y 1994. Fuente: Wikimedia Commons.

Posteriormente aparecieron extractos del artículo de Alimkin en la televisión rusa. Un par de semanas después, fue arrestado junto con otros dos blogueros bielorrusos de la misma ideología. Los investigadores estudiaron 500 artículos escritos por estos blogueros, determinando que más de cien constituían actos ilegales de extremismo.

Hermanos separados

Hoy, las relaciones entre Moscú y Minsk se han deteriorado de forma significativa. A las tensiones geopolíticas se les ha sumado las disputas de comercio. Primero, hay un conflicto con respecto a los envíos de petróleo y gas. Lukashenko presionó de forma desesperada para conseguir más descuentos en los precios del gas, pero esta vez Rusia se negó a bajarlos. Moscú también ha cortado sus acostumbradas exportaciones de petróleo gratuitas a Bielorrusia, con gran perjuicio para su bolsillo pues depende de las exportaciones de Rusia.

Segundo, hay una disputa por los alimentos entre ambos países. Aparentemente, la mala relación empezó cuando Lukashenko se tomó de forma personal el hecho de que el Kremlin decidiese bloquear las importaciones de alimentos occidentales sin consultar primero con Minsk –algo que creía implícito dada la Unión Aduanera existente entre Rusia y Bielorrusia.

Durante los últimos dos años, los inspectores de alimentos de Rusia han criticado repetidamente a los importadores bielorrusos por contrabando de alimentos europeos prohibidos. Putin incluso se quejó una vez con Lukashenko de que su país simplemente cambia las etiquetas de los paquetes y trata de engañar a los funcionarios rusos.

Lukashenko durante su última visita a rusia con el presidente Putin y el patriarca Kirill de Moscú. Fuente: Wikimedia Commons.

Luego está la disputa fronteriza. En febrero de 2017, Bielorrusia reveló que le permitirá a ciudadanos de 80 países, 39 europeos e incluso Estados Unidos, viajar a Bielorrusia sin visado durante cinco días. Poco después de este anuncio, Moscú comunicó que implementaría nuevas zonas de control en tres regiones adyacentes a Bielorrusia.

En su conferencia de prensa más reciente (un desagradable maratón de siete horas), Lukashenko atacó a Rusia por romper 20 años sin puntos de control a lo largo de la frontera de ambos países.

En Rusia, los medios describieron la rueda de prensa de Lukashenko como “escandalosa”, y mostraron al presidente bielorruso como muy sentimental y casi inestable.

¿Puede haber reconciliación?

Esta no es la primera discusión entre Rusia y Bielorrusia, pero las tensiones se han venido resolviendo en el pasado porque Moscú le daba a Lukashenko lo que quería (dinero y recursos). No obstante, esta vez Moscú no parece dispuesta a ceder, y eso podría significar que ambas naciones han llegado a un punto de no retorno.

A medida que crece la tensión, el Ministerio de Defensa ruso está expandiendo dramáticamente su presencia en las maniobras militares de Zapad de este año, con planes de enviar a Bielorrusia 20 veces más vagones de ferrocarril de los que envió en 2013.

“Obviamente, el Kremlin no necesita tantas tropas para un entrenamiento”, escribió el experto en tanques Arseni Sivitski para Belarus Digest el pasado noviembre. “Un escenario más probable es que Rusia planee convertir Bielorrusia en una avanzada para la confrontación militar con la OTAN”.

Lo que realmente hará Moscú con Bielorrusia debería esclarecerse a medida que se desarrolla en actual conflicto, y la evaluación de Sivitski es muy extrema, de momento.

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