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Activistas de Estados Unidos forjan alianzas mientras responden a toda marcha a planes migratorios de Trump

Asha Noor, la tercera de izquierda a derecha, protestando en el Aeropuerto Internacional de Detroit el 29 de enero del 2016. “Aún tenemos que abordar los temas diarios de la brutalidad policiaca, la encarcelación en masa y la vigilancia a personas de raza negra y musulmanes” dice Noor. “Aún tenemos que enfrentarnos a esos problemas y además luchar contra el veto”. Esta fotografía es cortesía de Asha Noor.

Este artículo por Martina Guzmán apareció originalmente en PRI.org el 15 de febrero del 2017. Se reproduce aquí como parte de una colaboración entre PRI y Global Voices.

Organizar a la comunidad no es un trabajo para débiles.

En la ciudad estadounidense de Detroit, “los activistas están a toda marcha”, dice Adonis Flores. “Incluso desde antes de bañarme mi buzón ya se encuentra casi lleno. Y apenas me despierto, mi teléfono empieza a timbrar con llamadas de miembros de la comunidad que sienten miedo y que tienen muchas preguntas sobre los decretos presidenciales”.

Flores es un inmigrante mexicano convertido en activista que comenzó a trabajar en apoyo a la ley DREAM (acrónimo del inglés de Development, Relief and Education for Alien Minors Act –Ley de fomento para el progreso, alivio y educación para menores extranjeros) para proteger a indocumentados a quienes llevaron a Estados Unidos cuando niños, y después para el programa DACA (acrónimo del inglés de Deferred Action for Childhood Arrivals — Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) en 2010.

Su tarea más reciente ha sido organizar una oposición al decreto del presidente Donald Trump, que otorgó poderes más amplios a la patrulla fronteriza de Estados Unidos y a los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, además de la suspensión indefinida al ingreso de los refugiados sirios a Estados Unidos y al veto de 90 días a viajeros provenientes de siete países predominantemente musulmanes, que el gobierno de Trump está considerando rehacer después de que la corte suspendiera su implementación.

Desde sus mañanas ajetreadas, Flores corre a juntas de planificación con el personal de Michigan United, organización defensora de los inmigrantes donde trabaja. La oficina es un frenesí de actividades desde que entra por la puerta. Los teléfonos suenan sin parar. Multitudes entran a pedir ayuda para sus seres queridos que quedaron varados en otros países y para obtener referencias de abogados de confianza que puedan ayudarlos. Voluntarios entran y salen. Flores está en conferencias telefónicas a lo largo del día, después corre a juntas por la ciudad. Dice que es una época de locura.

“Tengo que entrenar voluntarios, llamar a gente para que asista a sesiones informativas, responder al sinfín de llamadas de los medios y contestar correos electrónicos”, dice Flores.

Detroit tiene una larga historia con el activismo. Los hermanos Victor, Roy y Walter Reuther empezaron a organizarse en contra las severas condiciones de trabajo en la industria automotriz. Los Reuther lucharon por la democracia industrial y crearon el sindicato de trabajo UAW (United Automobile Workers –Sindicato de los trabajadores de la industria automotriz) en 1935. Posteriormente, los líderes del sindicato unieron fuerzas con Martin Luther King Jr. para luchar por los derechos civiles de los afroamericanos. Más recientemente, la organización e implacable búsqueda de justicia de Monica Lewis Patrick, Clarie McClinton, Debra Taylor y Nayyirah Shariff dio a conocer al mundo la crisis de agua en Detroit y en Flint.

Ahora Detroit enfrenta un desafío distinto. Cuando Trump firmó el decreto presidencial para el veto de inmigrates y refugiados, el área metropolitana de Detroit, hogar de la mayor concentración de árabe-estadounidenses, sintió sus efectos inmediatamente.

Flores recuerda la conmoción que sintió al escuchar la noticia: “Lo primero que pensé fue: ‘¿Qué vamos a hacer? No estamos preparados. Es muy poca antelación’”.

Sin embargo, las comunidades aunaron sus esfuerzos. Los organizadores de la Marcha de las Mujeres obtuvieron los permisos necesarios para hacer un mitin en el Aeropuerto Internacional de Detroit, y entonces la noticia de la manifestación llegó a los oídos de los organizadores y a sus respectivas redes de contactos.

“Me sentí motivado”, dijo Flores. “Todo el mundo se unió muy rápido. La comunidad, el país se unió: sentí mucha esperanza”.

El veto y los cambios que día a día generan las decisiones legales de las órdenes presidenciales concibieron un sentimiento de camaradería entre los activistas de Detroit. Juntos, se organizan, comparten la información de último minuto y se apoyan en las habilidades lingüísticas de los demás para traducir folletos al español o árabe.

“No hemos tenido un buen historial de colaboración con las diferentes comunidades en el pasado”, dice Flores, a quien llevaron a Estados Unidos sin la documentación apropiada cuando tenía nueve años. Ahora tiene 28. “Después de que Trump fuera electo, el ataque a una comunidad se siente como un ataque a todas nuestras comunidades”.

Uno de los compañeros organizadores de Flores es Fatou Seydi Sarr, fundadora de African Bureau for Immigration and Social Affairs (Oficina Africana para la inmigración y Asuntos Sociales). Comparten una alianza única entre inmigrantes mexicanos y senegaleses, dos comunidades que usualmente no se mezclan. El idioma, las barreras culturales, la religión y el racismo usualmente mantienen una brecha entre estos dos grupos. Pero tiempos extraños llaman a grandes colaboraciones, por más peculiares que sean, especialmente si todos están trabajando por el mismo objetivo.

Sarr es la líder de la comunidad de africanos occidentales de Detroit y como activista enfrenta sus propios desafíos. Su comunidad ha estado a las orillas de la organización de justicia social por años.

“Es difícil hacer protestar a los inmigrantes de Guinea, Senegal o Mali contra el veto musulmán”, dice Sarr. “Los africanos occidentales no se organizan ni protestan porque piensan que los van a arrestar. Es un riesgo para ellos. Saben que serían un blanco pues el exceso de sanciones penales contra los afroamericanos afecta a los inmigrantes africanos”.

Sarr dice que frecuentemente se siente cansada por las exigencias de organizar. La comunidad de inmigrantes de africanos occidentales se comunica usualmente a través de textos y de llamadas telefónicas, y algunos de ellos solo hablan francés. El lado amable de esto, dice ella, es usar esta gran oposición al veto para ponerse en contacto con los líderes de otras comunidades, algo que no había podido hacer anteriormente.

“Pude convencer a líderes africanos de la comunidad keniana para que se presentasen en la junta con el alcalde de Detroit, Mike Duggan, para abordar el tema del veto”, dice Sarr. “Y con el apoyo de Adonis Flores, hemos asegurado un evento de Know Your Rights (Conoce tus derechos) con el presidente de la Asociación de Guinea”.

Sarr emigró a Estados Unidos porque conoció a un turista de Detroit cuando estudiaba en París. Se enamoraron, se casaron y se mudaron a la ciudad de Motown. Su labor de activista es relativamente reciente; primero se unió a la lucha de los afroamericanos después de que Trayvon Martin fuera asesinado en 2012. “Yo estaba en las calles cuando dispararon contra Trayvon, Mike Brown y Ranisha McBride”, dice Sarr, quien entonces tenía 35 años.

Detroit ha pasado por numerosas crisis extremas en esta última década. El nombramiento de un administrador de desastres, cortes de agua masivos, injusticia ambiental y un pésimo sistema de educación pública obligaron a la gente a tomar las calles, con poco apoyo de gente blanca en las protestas.

Pero ha sido la presidencia de Trump lo que ha llamado a la acción a quienes no habían sido anteriormente políticamente activos. Millones de personas en el país han tomado las calles antes y después de la toma de posesión de Trump. Sarr dice que ha visto un cambio excepcional en cómo la gente blanca se ha unido a las causas que han sido importantes para ella durante mucho tiempo, y agrega: “No estoy enojada con ellos, pero reconozco su privilegio. El veto está haciendo que la gente en general vea al sistema de una manera diferente ahora que su forma de vida está siendo afectada”.

Asha Muhamed Noor, organizadora desde hace mucho tiempo, trabaja al otro lado de la ciudad de donde vive Sarr. Su oficina está en Dearborn, en las afueras de Detroit, un vecindario principalmente yemenita que está salpicado de múltiples restaurantes, panaderías y hasta de una mezquita.

Noor es una especialista de apoyo para la campaña TAKE ON HATE (Enfrenta al odio), dirigida por National Network for Arab American Communities (Red nacional de comunidades árabe-estadounidenses). Esta campaña es un esfuerzo comunitario que enfrenta a la discriminación contra los árabe-estadounidenses, musulmanes y refugiados en Estados Unidos.

A diferencia de Flores y Sarr, Noor ha estado organizando desde los 16 años. Ahora tiene 26.

“Empecé a trabajar con los problemas de la juventud somalí. Ellos han estado en la mira por largo tiempo. Yo organizaba protestas en el Departamento de Estado”, dice Noor sobre los años en que vivió en Washington DC. “Mi familia iba a protestar cada semana. Marchaban por los derechos de los palestinos, contra el bombardeo de Somalia, por DACA o por la inmigración. Estamos activamente involucrados en la política.

Noor menciona que todo el mundo [en Dearborn] sabe de alguien que ha sido afectado por el veto. “Reaccionamos rápidamente e inmediatamente comenzamos a trabajar. Muchos no dormimos en las primeras 73 horas”.

Noor tiene un momento para respirar ahora que el veto fue detenido temporalmente por la corte federal.

Lo que le sorprende más a Noor no es que Trump haya firmado el decreto presidencial, sino la rapidez con que lo hizo. “Me pregunté, ‘¿Cómo puede ocurrir esto tan pronto?'”, dice Noor. “No esperó ni una semana antes de comenzar para poner en su mira a las comunidades oprimidas. Eso me dio a entender cómo serán los próximos cuatro años para mi gente”.

“Aún tenemos que abordar los temas diarios de la brutalidad policiaca, la encarcelación en masa y la vigilancia a negros y musulmanes”, dice Noor. “Aún tenemos que enfrentarnos a esos problemas y además luchar contra el veto”.

Por el momento, activistas como Flores, Sarr y Noor se están preparando para los futuros decretos presidenciales, y para cuatro años de presidencia de Trump. Durante la semana del 14 de febrero, el Departamento de Seguridad Nacional condujo redadas a lo largo de Estados Unidos y arrestó a más de 680 personas. Aunque estas acciones fueron similares a las deportaciones ocurridas al principio de la presidencia de Obama, la postura dura de Trump y la falta de información infunden temor en los inmigrantes.

Activistas y defensores están tratando de comprender las nuevas reglas mientras luchan batallas que han estado añejándose por décadas. A un mes del inicio de la administración de Trump, ya han encontrado su determinación.

“La conmoción ya pasó”, dice Noor. “Ahora nos preparamos para lo que sigue”.

 

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