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Visita a un centro de salud mental de Moscú

Vera Shengelia. Foto: Anna Shmitko / Facebook

Vera Shengelia es una periodista rusa, activista de la salud mental y administradora de la Fundación Life Route, con sede en Moscú que ofrece ayuda a adolescentes y adultos discapacitados. Según contó a RuNet Echo, en los últimos años, Shengelia ha estado ayudando a un joven discapacitado en particular cuyos familiares lo enviaron a un centro neuropsiquiátrico. Lo visitaba en un centro fuera de Moscú, pero recientemente fue trasladado a una clínica en la ciudad.

A comienzos de marzo, Shengelia vio al hombre en su nuevo hogar, donde las condiciones de vida la sorprendieron. El 16 de marzo describió la experiencia en Facebook, texto que fue compartido más de 450 veces y logró 1700 reacciones. RuNet Echo ofrece a continuación el texto traducido:

сколько раз я была на всех этих дискуссиях, круглых столах про советского человека. его культурный код, ценности, вот это все.
сегодня за пять минут все поняла. приехала в интернат для взрослых. психоневрологический как они это называют. поднялась на второй этаж. а там этот запах. на ужин рыба с картошкой. и вот если у вас начинается паническая атака от этого запаха — вот ваш культурный советский код.
разодрала воротник, уйти я не могла, поднялась еще этажом выше. там пластиковая дверь на засове. в ней продолговатое окошко. и оттуда как животные из загона на меня смотрят живые люди. с десяток мужиков в одинаковой одежде. я даже кивнуть не смогла.
господи, это же я двумя часами раньше рассказывала студентам про концепт достоинства, про права человека, про столпы социальной журналистики, про разговор на равных, про то, что любой человек это всегда человек.
и сама от страха, от этой рыбы стала искать глазами кого-нибудь в халате, какого-нибудь надсмотрщика, кого-нибудь, кто бы меня защитил.
навещала мальчика. хорошего, домашнего мальчика — учился на политологии в мгу, чинит компьютеры, переписываемся иногда по английски.
его только перевели. совсем не узнала. черный. медленный. голос дрожит, как в этих страшных фильмах про гестапо. не смог сам открыть печенье даже.
и оттуда из раковины, из под этой ваты говорит мне — Вера, лучше бы меня в тюрьму посадили. я бы уже вышел.
говорит — я думаю, что чем-то я прогневал бога. чем же он прогневал? тем, что у него умерла мама? а остальные родственника вот так его быстро упихали.
курить водят два раза в день. строем. телефон отобрали. ужин в шесть. в шесть часов у взрослого мужика ужин. и потом все. это такое наказание? это такая тюрьма? это что?
на выходе встретила замдиректора, мы знакомы. говорю — отдайте телефон парню. он же только приехал, не знает никого, ему страшно.
всегда же можно попросить позвонить у старшей медсестры, говорит. от свободы, Вера, говорит, такие страшные вещи бывают. дедовщина, например.
привезла печенья. купила кофе в автомате. сходили покурить.
мне, говорит, так неудобно тебе это говорить, но я здесь совсем не могу в туалет ходить: здесь открытые кабинки, я стесняюсь.
я не боюсь людей с ментальными нарушениями, с инвалидностью. я боюсь фашизма, боюсь, когда людей держат как коров. боюсь вашей жареной рыбы, гребаные вы суки. ни конца этому говну, ни края.

No puedo contar cuántas veces he asistido a debates y mesas redondas sobre el «Hombre Soviético», donde examinamos su código cultural, valores y todo eso. Hoy, en solo cinco minutos, finalmente lo entendí todo.

Fui a un centro residencial de cuidados para adultos (centro neuropsiquiátrico lo llaman).

Fui a la segunda planta, donde me llegó este olor. Estaban cenando pescado con patatas. Si buscabas el «código cultural soviético», no busques más allá del ataque de pánico que te entra por este olor.

Tirando de mi collar, incapaz de irme, subí otro piso. Allí hallé una puerta atornillada de plástico cerrada. Tenía una pequeña ventana alargada, por la que vi gente mirándome, como animales en un corral. Había una docena de hombres, todos vistiendo igual. Ni siquiera pude saludarles.

Por Dios, solo dos horas antes había estado hablando a estudiantes sobre el concepto de dignidad, derechos humanos, los pilares del periodismo social, hablar como iguales y del hecho de que toda persona es siempre una persona. En ese momento, con un miedo abrumador, y por culpa de ese terrible olor a pescado, empecé a buscar por la habitación a alguien con bata, a algún supervisor, a alguien que pudiera protegerme.

Visité a un joven (un chico bueno y sin pretensiones que estudió ciencias políticas en la Universidad Estatal de Moscú). Repara ordenadores y a veces intercambia cartas con amigos en inglés. Lo acaban de traer. Nunca lo habría adivinado. Estaba desgastado. Se movía lentamente. La voz le temblaba, como en una de esas horribles películas sobre la Gestapo. Le había llevado galletas y ni siquiera pudo abrir la caja solo.

Foto: InLiberty / Facebook

Y al borde de la desesperación, bajo una gruesa manta, me dice: «Vera, habría sido mejor que me llevaran a la cárcel. Estaría ya fuera». Sigue: «Pienso que debo haber hecho algo para enfadar a Dios».

Sin embargo, ¿qué hizo para enfadar a alguien? ¿Fue que su madre falleciera? ¿De que la familia que le quedaba lo había abandonado allí?

Dos veces al día los llevan al exterior para fumar, formados en línea. Le han requisado el móvil. La cena es a las seis. Un hombre ya crecido cena a las seis en punto y entonces se acabó el día. ¿Se trata de algún castigo? ¿De cárcel? ¿Qué es esto?

Al salir, me encontré al director de las instalaciones. Ya nos conocíamos. Le dije: devuélvale el móvil a este chico. Acaba de llegar, no conoce a nadie y tiene miedo. Me dice que el joven siempre puede pedir al responsable de enfermería realizar una llamada. «Vera», me dice, «cuando empiezas a dar libertad ocurren hechos muy aterradores». Rituales de iniciación, por ejemplo.

Dejé las galletas, tome´un café de máquina y salí para fumar. Al volver, el joven me contó incómodo que ni siquiera puede ir al baño: no hay urinarios, todo es abierto, y le da vergüenza.

La gente con discapacidad física o mental no me da miedo. Lo que me da miedo es el fascismo y el hecho de que se encierre a la gente como si fuera ganado. Me da miedo su pescado frito. Me da miedo cuando esta porquería no tiene ni límite ni fin.

Este texto apareció por primera vez en ruso en Facebook, escrito por Vera Shengelia, periodista rusa y activista de la salud mental. Puedes ver la publicación original aquí.

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