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Los pueblos fantasmas por la desindustrialización en Cuba

Bajo la Tarea Álvaro Reynoso cerrarían sus puertas casi un centenar de ingenios en toda Cuba (Foto: Julio Batista)

Bajo la Tarea Álvaro Reynoso cerrarían sus puertas casi un centenar de ingenios en toda Cuba (Foto: Julio Batista)

Al Consejo Popular Gregorio Arleé Mañalich, en la occidental provincia de Mayabeque, Cuba, le dicen el Central, pero allá ni siquiera se habla de la zafra. Hace doce años se paralizó el ingenio. Tras la paralización vino el desarme. La fábrica fue perdiendo sus trozos hasta que no hubo más que el caparazón de acero y concreto.

Unos 272 empleados tuvieron que reinventarse. Algunos cambiaron de trabajo. Otros se resignaron a viajar diariamente hasta los centrales que siguieron moliendo.

A Nene, un viejo soldador que se levanta todos los días a las cuatro de la madrugada, la zafra no le quita el sueño. Pero escuchó que en Oriente hay centrales que volverán a moler después de estar mucho tiempo inactivos, porque los conservaron.

Eso sí lo desveló.

En Mañalich, Nene lo recuerda perfectamente, dijeron que conservarían el central. Y no lo hicieron.

Con la industria azucarera cubana se han ensañado las plagas, el derrumbe del campo socialista, los bajos valores del mercado, la ineficiencia, las malas decisiones administrativas y el cambio climático.

En 2016 la producción fue de 1.6 millones de toneladas de azúcar, inferior al volumen producido en 1910. La noticia, décadas atrás, hubiese consternado a la nación. Pero el fracaso de la zafra ya no es una preocupación.

¿Por qué se desmanteló la industria azucarera cubana?

El viejo apeadero del batey ya vio pasar sus mejores tiempos (Foto: Julio Batista)

El viejo apeadero del batey ya vio pasar sus mejores tiempos (Foto: Julio Batista)

El redimensionamiento de la industria azucarera era una necesidad económica: la cifra de 155 centrales –tecnológicamente atrasados y poco competitivos– era insostenible para el país. La receta inicial era concentrar la producción en los más eficientes, con un tope de 4 millones de toneladas al año.

Se dejarían solo las fábricas capaces de producir el azúcar a un costo de 4 centavos la libra, o menos. La solución al desempleo: el estudio.

Los motivos para tomar semejantes medidas eran la baja productividad de los campos de caña y la depresión del azúcar en el mercado mundial.

Sin embargo, el precio del azúcar comenzó a recuperarse desde hace más de una década.

A partir del año 2017 y hasta 2025, el precio del azúcar sin refinar se estabilizará entre los 15 y 16 centavos por libra, de acuerdo con la edición de 2016 de las “Perspectivas Agrícolas de la OCDE-FAO”,

De haberse mantenido la producción existente en el país en 2001 (3,6 millones de toneladas), de las exportaciones de azúcar crudo ingresarían unos 815 millones de dólares.

Todo no marchaba bien

“Hoy seguramente se convertirá en un día histórico”, fueron las palabras iniciales del presidente cubano Fidel Castro durante su discurso del 21 de octubre de 2002 en el central Lavandero. Así comenzó el proceso de reestructuración de la industria azucarera.

En los siguientes años se paralizarían un total de 98 centrales y más de 65.000 personas recibirían su salario íntegro por irse a estudiar. Al central Gregorio Arleé Mañalich le llegaría su turno el 14 de mayo de 2004.

Luis Alberto Pérez trabajó allí desde 1967. Cuando Nene –como todos lo conocen– habla del cierre del ingenio, la palabra que más repite es “engaño”.

Casi todos los entrevistados coinciden: nunca se les dijo que el central sería desmantelado. Para conservar el lugar quedó una brigada de trabajo a tiempo completo.

Antes del primer año, comenzaron a llegar cartas. Eran documentos redactados sobre un modelo oficial en el cual solo cambiaban el nombre de las piezas que se extraerían, el destinatario y la fecha. Todas llevaban la firma de Ulises Rosales del Toro, únicamente el ministro podía autorizar cada extracción. Después la responsabilidad se delegaría y las cartas llegarían mucho más a menudo.

Juan Carlos Rivero estuvo al frente de la Fábrica Paralizada por dos años. Él fue uno de los que recibió las cartas. “El país no tenía dinero para comprar insumos, ni piezas de repuesto para los centrales que sí estaban funcionando”, asegura.

Eddy Reyes tiene 64 años y espera la edad de jubilación en otro central, el Boris Luis Santa Coloma. Contra su voluntad desmembró las instalaciones que había hecho antes. Con cada pieza que arrancaba, iba desmantelando 31 años de su vida.

El legado directo de cerrar un centenar de ingenios azucareros ha sido una cifra similar de comunidades con ingenieros y mecánicos que, de un día a otro, no tuvieron fábricas que operar o reparar.

Se eliminó la rama industrial mejor distribuida de Cuba y la mayor fuente de empleo en la nación. En muchos casos, no se crearon los sustitutos para los empleos y servicios que generaban los centrales a las comunidades donde estaban enclavados.

Nunca sabremos si durante el maratónico discurso del 21 de octubre de 2002, el presidente cubano se fijó en las caras de quienes lo escuchaban cuando aseguró que, en los centrales que habían dejado de moler cinco años antes, todo marchaba bien.

El costo humano del cierre de los centrales

Después de 2004, en Mañalich solo se exprime caña en una guarapera (Foto: Julio Batista)

Después de 2004, en Mañalich solo se exprime caña en una guarapera (Foto: Julio Batista)

Dos años después, el Consejo Popular Gregorio Arleé Mañalich aprendería que, cuando un central cierra, muchas cosas cambian pero casi nunca lo hacen para mejor.

Cuando cerró el Central, o mejor, cuando comenzaron a destrozarlo, también dejaron de asfaltar la carretera y los servicios decayeron.

Sin trabajo en el pueblo y con demasiados años para estudiar, Nene y Eddy tuvieron que irse a otros centrales. Se convirtieron en piezas de recambio. Sin más futuro que la incomunicación, muchos jóvenes también se fueron definitivamente.

En el batey crearon una fábrica de pastas alimenticias cuya producción no abastece de fideos ni al municipio. Los retazos del ingenio que quedaron al fondo de la nueva instalación permanecen imponentes.

A finales de 2016, Nene regresó del central Boris Luis Santa Coloma a las ruinas del sitio donde comenzó a trabajar. Cuarenta y nueve zafras le permitieron enterrarse en Mañalich con más de 2.000 pesos de chequera.

Este Nene —negro, bajito, con pocos dientes y voz clara— no es un hombre rencoroso, pero no perdonará nunca que le mintieran. El malestar lo carcome desde hace una década.

Nene, a sus 65 años, se retira no porque le falten fuerzas. Lo hace porque está amargado.

*Este artículo es un extracto exclusivo para Global Voices. Puede consultar la versión original de “Fábricas de silencio” aquí y leer otros artículos de Julio Batista aquí.

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