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Lo que la resistencia a Trump puede aprender de América Latina

Fotografía: Emergentes. Usada con permiso.

Este artículo fue escrito por Jeff Abott y se publicó originalmente en Waging No Violence, con licencia de atribución Creative Commons 4.0 internacional.

Es difícil negar las tendencias autoritarias que ha mostrado Donald Trump en sus primeros cien días como presidente de Estados Unidos. Esas tendencias han provocado que comentaristas en toda América Latina establezcan comparaciones con la clásica imagen del dictador latinoaméricano, específicamente el caudillo. Desde su gusto en decoración y sus relaciones antagónicas con los medios de comunicación, hasta lo que según los críticos es su ataque fundamental a los derechos humanos, las similitudes son difíciles de refutar.

Los vecinos sureños de los estadounidenses poseen una larga historia de enfrentamientos con regímenes autoritarios y fascistas, que a menudo fueron apoyados por el Gobierno estadounidense. Pudieron sobrevivir en situaciones difíciles y, gracias a los movimientos sociales, encaminar la región hacia una dirección más progresiva. Tras décadas de lucha, existen cuatro lecciones de los movimientos en América Latina que pueden aprender quienes en Estados Unidos se organizan contra su propio autoritario líder.

1. La defensa de los servicios públicos

Ahora, mientras Trump y la secretaria de Educación, Betsy DeVos, se preparan para desmantelar más el sistema de educación pública e imponer un modelo de educación neoliberal, la movilización chilena contra la dictadura impuesta por Estados Unidos ofrece una guía para defender los servicios públicos.

En 1973, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) auspició un golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet contra el presidente electo democráticamente de Chile, Salvador Allende. Después del golpe, Pinochet, orientado por economistas pupilos de Milton Friedman en la Universidad de Chicago, comenzó a implementar las primeras reformas económicas neoliberales en la economía, con las que privatizó instituciones públicas como la educación, la salud y las pensiones.

María Loreto Muñoz Villa tenía apenas un año de edad cuando Pinochet tomó el poder. A los 13 años, se convirtió en presidenta de su clase y más adelante participó en los movimientos estudiantiles de la década de 1990. En la actualidad, continúa trabajando para cuestionar el neoliberalismo en Chile.

“El neoliberalismo crea una ilusión de bienestar que no existe en realidad. En Chile, la deuda y las largas jornadas laborales exigían que la población se movilizara”, Muñoz Villa indicó. No obstante, para las personas era difícil “movilizarse por las deudas, pues si dejaban de trabajar, no podían pagarlas. Desde el año 2000, el movimiento ha trabajado junto a las personas para que vean esto como el producto de las políticas neoliberales”.

Las reformas neoliberales de Pinochet provocaron que los detractores se organizaran bajo ciertos lemas, como educación gratuita. En 2011, decenas de miles de estudiantes salieron a las calles para exigir una educación pública gratuita. El movimiento desafió el sistema educativo privatizado, establecido durante la dictadura de Pinochet, que privaba a la mayoría de chilenos de una educación de calidad asequible.

El movimiento estudiantil de Chile generó también cambios concretos en el sistema educativo del país. En 2013, la socialista Michelle Bachelet ganó la elección presidencial y dio educación superior gratuita a la mitad de los ciudadanos más pobres del país; financió el programa con un impuesto corporativo del veinticinco por ciento.

Ante el aumento de la pobreza, los pensionistas y otros activistas comunitarios comenzaron a organizarse también, durante el gobierno de Bachelet, para exigir el cese del sistema de pensiones privatizado de la era Pinochet. El argumento que brindaron fue que el sistema actual brinda muy poco a los pensionistas, mientras que las compañías que administran las pensiones obtienen enormes ganancias. Las protestas masivas atrajeron a cientos de miles de personas a las calles, y con esto lograron que el gobierno de Bachelet anunciara recientemente que comenzará la revisión del sistema.

Esas campañas y movimientos surgieron del entendimiento compartido de que el neoliberalismo es la causa de las desigualdades sociales en Chile. De acuerdo con Muñoz Villa, el ascenso de Trump al poder significa que los movimientos deben organizarse en contra de sus políticas represivas más públicas y los efectos sociales del neoliberalismo.

Esfuerzos para defender los servicios públicos, como la educación, ya están bien establecidos en Estados Unidos. Educadores del sindicato de maestros de Chicago han encabezado los esfuerzos para proteger al sistema de educación pública, y su movimiento se ha fortalecido gracias a las relaciones con maestros en México y América del Sur. Esas relaciones necesitan fortalecerse aun más y extenderse a lo largo del territorio estadounidense, ya que la lucha por defender los servicios públicos se intensificará en los meses siguientes.

2. La edificación de una autonomía territorial

El histórico despojo de tierras y territorio indígena en Estados Unidos ha continuado en el siglo XXI. En las primeras semanas de su gestión, Trump desmanteló sistemáticamente la legislación que protegía el medio ambiente de las industrias extractivas. Ha expresado también en repetidas ocasiones su interés en expandir las actividades de minería, conductos y energía hidráulica, que continuarán amenazando la tierra indígena. Esos ataques al territorio nativo en Estados Unidos reflejan tendencias similares en América Latina, donde las comunidades indígenas han dedicado los últimos 30 años a crear movimientos a lo largo del hemisferio para defender sus tierras de la expansión de megaproyectos.

Esas comunidades aborígenes están amparadas por tratados internacionales sobre los derechos de los pueblos indígenas y tribales, como el Convenio 169 de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), así como por la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas de 2007. Esos tratados han impulsado a esas comunidades para oponerse a la expansión de las industrias extractivas.

La defensa del territorio ha generado también nuevas formas de poder comunitario y estimulado cambios sociales importantes. Grupos en América del Sur, como el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra en Brasil, han trabajado para crear formas horizontales y autónomas de educación en los salones de clases de sus comunidades. Otros movimientos, como los zapatistas en México, han utilizado su autonomía territorial para edificar un sistema educativo autónomo, así como sistemas de salud que incorporan prácticas de medicina ancestral con la medicina moderna.

El movimiento en el reserva india de Standing Rock comenzó a establecer relaciones con muchas de esas comunidades. En el auge del campamento, los líderes indígenas provenientes de países como Guatemala y México viajaron a Dakota del Sur para compartir sus experiencias y lecciones de sus movimientos. Los líderes indígenas recalcaron que las comunidades en Estados Unidos y en toda América Latina comparten las mismas luchas y enemigos. Pese a la destrucción del campamento en febrero, el cimiento de una resistencia sostenible para proteger las tierras nativas quedó establecido.

3. La creación de un nuevo medio de organización laboral

La política, como siempre, le ha fallado a la mayoría de los trabajadores en Estados Unidos. A pesar de que Trump obtuvo el apoyo de la clase trabajadora, elegirlo como presidente significó un desastre para ellos y el movimiento sindical. La declaración de guerra de Trump a los sindicatos incluyó designar a un abogado que ha expresado abiertamente su postura contra los sindicatos, para el Consejo Nacional de Relaciones Laborales, y sugerir a varios candidatos contra los sindicatos para ejercer como secretario de Trabajo. A medida que avanza el ataque del neoliberalismo en los trabajadores, las lecciones de América del Sur pueden proporcionarle a los líderes sindicales otros medios para organizarse en el lugar de trabajo en tiempo de crisis.

La crisis económica de 2001 en Argentina, que dejó a millones de personas sin empleo y condujo al colapso de los servicios financieros, desencadenó el movimiento piquetero. Esta movilización unió a una amplia cantidad de desempleados empobrecidos para exigir y obtener un medio de vida sostenible. Por consiguiente, se vieron forzados a crear alternativas para el sistema capitalista neoliberal.

Los manifestantes adoptaron el lema “Que se vayan todos”, con el cual intentaron reemplazar al sistema político corrupto que provocó la crisis de 2001. En el transcurso de dos semanas, cuatro presidentes fueron forzados a dimitir a causa de las manifestaciones populares. Además, el movimiento contribuyó a que la democracia directa surgiera en las esquinas de las calles, donde los vecinos saldrían y trabajarían juntos para resolver los problemas dentro de sus vecindarios.

“El movimiento piquetero no solo se opuso a las políticas neoliberales, sino que creó empresas productivas”, indicó Raul Zibechi, periodista uruguayo, autor y analista de movimientos sociales. “Terminaron su dependencia al Estado y comenzaron a trabajar en su autonomía –no una autonomía ideológica, sino una práctica”.

Los empleados recuperaron sus puestos de trabajo cuando regresaron a trabajar, y descubrieron puertas bloqueadas y negocios cerrados. Después de la crisis, los trabajadores formaron más de 180 cooperativas. Para el año 2014, este número aumentó a 311 empresas que brindan empleo a 13 462 colaboradores.

El ascenso de este movimiento ayudó con el tiempo a que Néstor Carlos Kirchner obtuviera la victoria en la elección presidencial de mayo de 2003. Lo primero que hizo cuando ocupó el cargo fue renegociar la deuda del país y romper los vínculos con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

4. Ir más allá del poder político

La historia de Argentina sirve también de advertencia para los estadounidenses obsesionados únicamente en ganar las batallas electorales, sin construir formas alternativas de poder más allá del Estado. Zibechi argumenta que el ascenso de Kirchner llevó el movimiento piquetero al declive y es un ejemplo de cómo un movimiento puede ser neutralizado por políticos que buscan el poder sobre todas las cosas.

“La política de Kirchner consistió en promulgar de manera simultánea estrategias para integrar, neutralizar y disciplinar a las organizaciones del piquetero”, escribió la socióloga Maristella Svampa.

Kirchner se expresó contra las manifestaciones populares, declaró que los piqueteros deberían utilizar medios democráticos más tradicionales, como votar, en lugar de bloquear las carreteras y realizar protestas. Además, muchos votantes de la clase media, que formaron muchas de las asociaciones de vecinos, fueron engañados por la campaña de Kirchner, pues creyeron que era una administración antineoliberal. No obstante, su gestión nunca se acercó a una alternativa social y económica.

El fracaso del posterior gobierno de Cristina Fernández de Kirchner para transformar la situación política dio como resultado el regreso final de la influencia neoliberal en Argentina, y a la elección de Mauricio Macri, un político de derecha, en 2015.

Una lección clave que se puede extraer del movimiento piquetero en Argentina y los movimientos contra el neoliberalismo en Chile es que encontrar un medio para construir nuevas formas de relaciones sociales fuera de la estructura política tradicional y neoliberal es necesario para quienes se organizan en contra de Trump. Esas soluciones locales pueden brindar a las comunidades los medios para edificar movimientos sostenibles para resistir las políticas draconianas de cualquier gobierno.

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