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Por qué el hostil apretón de manos de Trump no importó mucho al presidente de Tayikistán

El presidente tayiko Emomali Rakhmon agarra con fuerza la mano del líder ruso Vladimir Putin durante un viaje reciente a Moscú. Imagen del Gobierno ruso, de dominio público. Recortada para la finalidad del artículo.

Manos más pequeñas del promedio, pero un apretón de manos más grande de lo normal. Desde que Donald Trump se convirtió en el 45° presidente de Estados Unidos de América, páginas y páginas de internet se han dedicado a analizar sus aparentemente hostiles apretones de manos con los líderes mundiales.

Según los numerosos análisis en línea que cubren estos momentos de primer contacto, la mayoría de ellos han caído –literalmente– en la trampa de Trump. La técnica violenta parece consistir en que Trump use su considerable circunferencia para atraer a su oponente hacia su cuerpo o, si esto falla, simplemente debe asegurarse de que sus dedos lleguen más arriba de la muñeca del líder extranjero de lo que razonablemente se podría esperar en cualquier intercambio no competitivo.

En un artículo para el periódico Independent UK, Geoff Beattie especuló con que el movimiento es una extensión de la política exterior de “Estados Unidos Primero” de Trump y, finalmente, un juego para las cámaras.

Independientemente de las motivaciones detrás del Trumpshake (apretón de Trump), no rompió el hielo con Emomali Rakhmon, el presidente de facto vitalicio de Tayikistán, con quien se reunió en Riyadh, Arabia Saudita, como parte de la Cumbre Árabe-Islámica del 21 de mayo.

Hemos encontrado a la persona que puede derrotar a Trump en las apuestas de apretones de manos.

Le asustó… ¡tuvo que intervenir!

Sí, amigo. Estaba listo para sacudir su trasero. Bueno.

Puedes distinguir quién tiene más poder en esta sala.

Como puede observarse en el gif, Rakhmon, cuyo autoritario país de Asia Central es el más pobre de la antigua Unión Soviética, claramente salió del apretón como el hombre más fuerte, y se unió al canadiense Justin Trudeau en la lista de los no perdedores del deporte favorito de Trump, aparte del golf.

Pero mientras que el memorable contraataque de Trudeau a Trump durante su reunión en febrero fue todo planificación, la victoria de Rakhmon parecía haber sido asegurada con fuerza bruta instintiva, resumiendo perfectamente el tema de su gobierno de más de dos décadas sobre Tayikistán.

Se trata de él

Con la corrupción arraigada y alrededor de la mitad de los hombres en edad de trabajar en busca de trabajo en el extranjero, en Rusia, Rakhmon, de 64 años, ha afinado un talento para proyectar una imagen de éxito en un estado de fracaso. Su recién otorgado título oficial es “El fundador de la paz y la unidad nacional – Líder de la Nación”, que rinde homenaje a cómo sacó al país de una amarga guerra civil de cinco años en que sobrevino poco después de su independencia de la Unión Soviética en 1991.

En un artículo para la revista Litro, la investigadora estadounidense Emily Neil cita a una tayika que explica su reverencia por una figura que, para la mayoría de los observadores fuera de las fronteras del país, es el paradigma de un egoísta, dictador de la vieja escuela.

“That is why I love Rakhmon,” Parvina said, bread still in hand, shocking me with her directness.

All Americans, laughed at Rakhmon and his regime, ex-KGB types, running the country with the most ridiculous gestures of authoritarianism: the billboards, the government-sanctioned “news” declaring the prosperity of Tajikistan, showing image after image of full crop fields accompanied by floating, inspirational music – even his recent declaration earlier the year before of his title not just as president, as he had been since peace was achieved in 1997, but also as “Leader of the Nation,” reminiscent in its bleak grandiosity of something straight out of the Hunger Games.

[…]

She explained to me as well as she could, as well as I could understand: “He is why there is bread now. He is why you, a foreigner, can be here right now.”

Rakhmon was not a billboard: He was a fact that meant that in her hand was the smooth, round bread, a fact that was the reason why I was sitting there, why I had boarded a plane and landed in Dushanbe, where I could play in the alley with her daughters without fear of being shot. Why my government’s heavily-weighted, paper-thin green dollars changed hands, became somoni and now could rest safely in the wooden trunk under the bed in her room.

Yes, it was funny, but nothing about Parvina’s face – her mouth which so quickly smiled when playing with her children, her eyes which would light up as we talked about our mutual love of Enrique Iglesias – showed any sign of amusement now.

“Es por eso que me encanta Rakhmon”, dijo Parvina, con el pan aún en la mano, me sorprende su franqueza.
Todos los estadounidenses se rieron de Rakhmon y su régimen, tipos de la antigua KGB, que dirigen el país con los más ridículos gestos de autoritarismo: las vallas, las “noticias” autorizadas por el gobierno que declaraban la prosperidad de Tayikistán, con imagen tras imagen de campos llenos de brotes acompañadas de música flotante e inspiradora –-incluso su reciente declaración a comienzos del año anterior de su título no sólo como presidente, como lo había sido desde que se logró la paz en 1997, sino también como “Líder de la Nación”, que evoca en su desoladora grandiosidad algo directamente salido de los Juegos del Hambre.
[…]
Ella me explicó lo mejor que pudo, y lo mejor que pude entender: “Es por eso que ahora hay pan. Es por eso que tú, un extranjero, puedes estar aquí ahora”.
Rakhmon no era una valla publicitaria: era un hecho que significaba que en su mano estaba el pan tierno, redondo, un hecho que era la razón por la que estaba sentado allí, por qué había subido a un avión y aterrizado en Dusambé, donde podía jugar en el callejón con sus hijas sin temor de ser fusilado. La razón por la que los dólares verdes de papel pesado de mi gobierno cambiaron de manos, se convirtieron en somoni y ahora podían reposar tranquilamente en el baúl de madera bajo la cama de su habitación.
Sí, era gracioso, pero nada en el rostro de Parvina –su boca que tan rápidamente sonreía al jugar con sus hijos, sus ojos que se iluminaban mientras hablábamos de nuestro mutuo amor por Enrique Iglesias– mostraba ahora ninguna señal de diversión.

Esa no es toda la historia, por supuesto, y las libertades individuales han disminuido tanto en los últimos años que cualquier tayiko que ofrezca una opinión crítica de Rakhmon en la prensa tendría que considerar seriamente la perspectiva de la cárcel, pero el punto sigue siendo claro: Rakhmon es el Sr. Todo de Tayikistán. (si esto necesita aclaración, echa un vistazo a esta imagen de Rakhmon manejando un bulldozer para comenzar a trabajar en una presa hidroeléctrica por la que su país nunca podría pagar).

Y sin embargo en cierto sentido, llegó al poder como Trump, como un forastero.

Como antiguo jefe de la granja colectiva del interior rural del país –la élite tradicional durante el período soviético se originó en el norte más industrializado– su ascenso al liderazgo fue apoyado por poderosos miembros de la seguridad que creían poder controlarlo. Muchos terminaron muertos después de la consolidación de su posición.

Al igual que Trump, Rakhmon tiene un sentido para una oportunidad fotográfica y, como Trump, la historia de su vida se perfila como tributo dudoso al ego masculino y a su peligrosa capacidad de dominar y controlar por cualquier medio necesario.

Pero a diferencia de Trump, Rakhmon no es un privilegiado de blancos dedos –sabe cómo salir victorioso de una guerra de apretón de manos.

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