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Ugandesa creyó que sería profesora en Kuwait y acabó como víctima del tráfico de personas

La profesora ugandesa Prudence Nandaula fue engañada y aceptó un trabajo en Kuwait. Pensó que el puesto que se le ofrecía era de profesora pero terminó como empleada doméstica en una familia. Créditos de la foto: Jasmine Garsd.

Este artículo, escrito por Jasmine Garsd y Andrea Crossan, se publicó originalmente en PRI.org el 25 de mayo de 2017. La versión a continuación se publica en el marco de un acuerdo entre PRI y Global Voices.

Nunca antes se había importado tanta mano de obra en el mundo como en la actualidad. Según la ONU, más de 244 millones de personas en todo el mundo abandonaron sus países de origen en busca de oportunidades. Para las mujeres esto implica, a menudo, trabajar en el cuidado de niños o en el sector servicios. Sin embargo, muchas veces lo queencuentran no es lo que habían aceptado.

En este video, una ugandesa con un pañuelo azul en la cabeza pide angustiada que se contacte con sus padres. Explica que está enferma y que no se le permite volver a casa.

Nadie sabe dónde se grabó el video — se cree que fue en un país árabe.

El video despertó la indignación en Uganda, aunque no debió sorprenderle a nadie. Cuando pensamos en la esclavitud, solemos centrarnos en el comercio que se produjo a lo largo de la historia desde África hasta América, pero el comercio de esclavos hacia Oriente Medio es igualmente antiguo, y actualmente el negocio está conociendo un auténtico auge.

Uganda posee una de las poblaciones más jóvenes del mundo. Casi el 80 por ciento de la población del país tiene menos de 30 años y la mayoría son desempleados.

Prudence Nandaula era profesora en Masaka, ciudad en el centro de Uganda. Ganaba unos 160 dólares al mes, un buen salario con respecto a los estándares ugandeses; suficiente para pagar el alquiler, el colegio de su hijo e incluso una empleada doméstica.

Aun así, cuando le ofrecieron el trabajo de profesora en Kuwait, con el que ganaría el doble, se entusiasmó. «Estaba muy emocionada. Pensé: cuando vaya y consiga el dinero, podré mantener a mi hijo», cuenta Nandaula.

Un amigo de su hermano le dijo que era una gran oportunidad.

«Te ofrecen comida y alojamiento. Podrás ahorrar, volver a casa y realizar algo importante».

Según Mayambala Wafrika, presidente de la campaña Justice for African Workers (Justicia para los trabajadores africanos), son los propios amigos y familiares los que captan a la mayoría de las chicas en Uganda. Wafrika explica el funcionamiento habitual: el amigo de un miembro lejano de la familia o, quizás, el amigo de un conocido contacta con la víctima a través de las redes sociales.

Cuando Nandaula llegó a Kuwait, el engaño quedó a la vista rápidamente. La familia con la que se alojaba le quitó el pasaporte y le dijo que comenzara a limpiar la casa. Nandaula explica que fue en ese momento en el que se dio cuenta de lo que ocurría: había pasado de ser profesora a criada en un país extranjero y contra su voluntad.

«Me dije: “¡oh, Dios mío! Tenía hasta una empleada doméstica en casa y ahora yo trabajo en casa de alguien”».

A pesar de todo, aguantó unos meses, pero la familia la agredía verbalmente. Nandaula cuenta que vio cómo agredían físicamente a otras mujeres que trabajaban allí. Entonces dijo a la familia que quería irse. «Y me dijeron: “no, no te puedes ir, se supone que tienes que terminar el contrato”. Hablaban de un contrato que [yo] ni siquiera había firmado».

Por regla general, una familia kuwaití paga a la agencia de contratación hasta 4 000 dólares por una empleada doméstica con un contrato de dos años. Un captador local en Uganda puede ganar hasta 500 dólares por cada chica. A todo el mundo le pagaron, excepto a Nandaula.

En realidad, ganaba menos que en su ciudad de origen y además, estaba atrapada. Se estima que hay 100 000 ugandeses trabajando en Oriente Medio, sin embargo, sólo hay una embajada situada en Arabia Saudita. Ni siquiera disponen de un consulado en Kuwait que pueda ayudarles.

«Consiguen las chicas y las tratan del mismo modo espantoso que hubieran tratado a un esclavo», afirma Wafrika.

Explica que las agencias de contratación evalúan a las jóvenes igual que los comerciantes de esclavos hace más de un siglo.

«Alguien viene, te mira y comprueba tu altura, peso, color de piel… decide si vales la cantidad de dinero que va a pagar por ti».

Pero las ugandesas las captan porque, a diferencia de las mujeres de otros países subsaharianos, la mayoría habla inglés.

La suerte de Nandaula cambió el día en el que la familia para la que trabajaba invitó a algunos amigos a cenar. Los invitados llevaron a su propia empleada doméstica, también ugandesa. Nandaula comenta que a las criadas se les convence para que no hablen entre ellas. A pesar de todo, pudieron conversar, y Nandaula contó a aquella mujer las agresiones que sufría.

La mujer la animó a huir.

Y así lo hizo. Una mañana mientras la familia dormía, Nandaula abandonó la casa en silencio.

No obstante, su odisea estaba lejos de terminar. Tan pronto como salió por aquella puerta, su visado de trabajo fue cancelado. Nandaula se entregó a la policía y pasó tres semanas en prisión esperando que la deportaran. Tuvo suerte, algunas chicas pasan meses allí. Un conocido logró recuperar su pasaporte de las manos de su jefe furioso pero las cosas no se desarrollan habitualmente así.

Generalmente, la embajada de Uganda en Arabia Saudita se ve obligada a intervenir.

Nandaula pudo regresar a Uganda. Está enseñando otra vez y vive dignamente. Sin embargo, la economía de Uganda cayó durante el último año y los ingresos de las familias son un poco más ajustados. Cuenta que quizás pruebe suerte de nuevo en Oriente Medio pero, esta vez será, mucho más precavida.

«No puedo afirmar que no volveré. Si cambian el sistema establecido, seré libre de regresar».

Wafrika, activista de los derechos humanos, también espera ver cambios, empezando por una prohibición de tener empleados domésticos ugandeses en Oriente Medio. Afirma que en Uganda hay suficientes profesionales bien preparados que pueden trabajar fuera del país. Igualmente le gustaría que chicas como Prudence fueran informadas sobre los peligros de aceptar un trabajo en el extranjero pero si deciden ir, deberían existir oficinas gubernamentales en todos los países.

El año pasado, la respuesta del gobierno a la indignación pública por el trato que recibían las mujeres de sus jefes fue prohibir a los ugandeses que viajaran a Arabia Saudita para ser empleados domésticos.

Wafrika opina que el gobierno tendría que disponer de un fondo de emergencia al cual los ugandeses puedieran acceder cuando tengan problemas de trabajo en el extranjero.

Esto supone un reto significativo para un país tan pobre, pero Wafrika sostiene que si el gobierno ugandés no protege a sus chicas, ¿quién lo hará?

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