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Cómo el caso de castigo justiciero con un tatuaje demuestra escepticismo con derechos humanos en Brasil

Dos hombres ataron al joven a una silla y tatuaron sobre su frente: “Soy ladrón y escoria”. Imagen: Captura de pantalla de WhatsApp.

La historia que recientemente se apoderó de los medios de comunicación brasileños no involucra a la dramática política del país, sino a un adolescente, un tatuaje y dos hombres tratando de hacer “justicia” por mano propia.

Después de escuchar rumores sobre alguien que intentó robar una bicicleta en su barrio, un tatuador y un amigo suyo creyeron haber identificado al culpable: un joven de 17 años. Por eso decidieron enseñarle una lección, así que alquilaron una habitación en una pensión y ataron al chico a una silla para tatuar sobre su frente la frase que dice: “soy un ladrón y una escoria”. El horroroso suplicio fue filmado en video y publicado en Whatsapp, y se hizo viral en minutos.

El adolescente, que según su familia lucha con una enfermedad mental y el abuso de drogas, se había ausentado de su hogar desde fines de mayo. Sus padres sólo supieron de su paradero después de reconocerlo en el video viral. Alertaron a la policía sobre las escenas, quienes arrestaron a los dos hombres acusados de tortura.

Luego de reunirse con su familia, el joven negó las acusaciones de robo a la policía. Asegura no haber intentado nunca robar la bicicleta, sino que se tropezó mientras estaba borracho, y se cayó. También le contó a un periodista que “se quiso morir al ver el tatuaje sobre su frente”.

Pero un importante sector en internet no se solidarizó con el chico. Un proyecto universitario que supervisa el debate político en redes sociales brasileñas mostró cómo muchas de las reacciones apoyaban el comportamiento de los justicieros.

Cuando alguien inició una campaña de recaudación de fondos –eventualmente exitosa– para ayudar al adolescente y su familia a pagar la eliminación del tatuaje, comenzó a recibir amenazas en las redes sociales por intentar ayudar a un “criminal”.

Una de las imágenes que más circularon en Facebook el fin de semana del 10 de junio —y compartida más de 100.000 veces– decía: “Cuando un criminal es castigado, se convierte en noticia, la gente cree que es absurdo y trata de juntar dinero para pagar la cirugía plástica del menor “torturado”. Pero cuando muere un oficial de policía, ¡nada sucede!”.

La imagen fue publicada por varios grupos de Facebook brasileños como  Derecha Conservadora, La Derecha Vive 3.0 — nombre que indica las tantas veces que la página fue prohibida en esta red social– y Admiradores de Jair Bolsonaro, en referencia al legilslador brasileño a quien el periodista estadounidense Glenn Greenwald de “The Intercept” llamó “el funcionario elegido más misógino y odioso en el mundo democrático”.

Incluso después de que se informara que el tatuador había sido previamente sentenciado a cinco años de prisión por robo, esas páginas –que juntas llegan a tener más de un millón de seguidores– sostuvieron su apoyo a los justicieros.

Se creó una campaña de recaudación de fondos para ayudar al adolescente a deshacerse del tatuaje.

Bolsonaro, famoso por su apasionada defensa a la dictadura militar brasileña respaldada por la CIA que duró desde 1964 a 1985, es una de las voces principales de un creciente movimiento en Brasil que cree que los derechos humanos son la causa de los altos índices criminales en el país.

El año pasado, una encuesta realizada por el Foro Brasileño de Seguridad Pública arrojó que el 60% de los brasileños están de acuerdo con la frase “un buen criminal es un criminal muerto” –para ellos, los derechos humanos sólo existen para “proteger” a los criminales.

Bolsonaro ha liderado las encuestas sobre las elecciones presidenciales de 2018, especialmente entre la clase media-alta.

‘Un escenario peligroso’ para el avance de los derechos humanos

La delincuencia callejera en Brasil es enorme. Si tienes un grupo de amigos brasileños, no sería raro que casi todos hayan sufrido algún incidente violento al menos una vez. Esta realidad refuerza la idea de que el gobierno no puede hacer cumplir el estado de derecho y que por esta razón la gente debe hacer justicia por mano propia.

No es de extrañar que Brasil sea el país con más linchamientos. Según José de Souza Martins, sociólogo autor del libro “Linchamientos: Justicia social en Brasil”, el país tiene en promedio un linchamiento por día.

En 2014, dos historias capturaron la atención nacional. Primero, un adolescente fue despojado de sus ropas y encadenado por el cuello con una cadena de bicicleta a un poste de luz en Río de Janeiro, después de que había tratado robarle a un transeúnte. Meses después, una mujer fue asesinada por una muchedumbre en Guarujá, una ciudad cercana a São Paulo, motivada por un rumor de internet que sostenía que había secuestrado niños.

En el centro de estos linchamientos hay un rechazo a los derechos humanos básicos como el derecho a la vida, la dignidad y a un juicio justo –hasta para quienes han cometido delitos. Como sucede en muchos países actualmente, hay una tendencia en alza en Brasil de considerar los derechos humanos como algo que pertenece a la izquierda política, lo que ya de por sí merecería la actuación de la oposición.

En una entrevista con Nexo Jornal, Renato Zerbini, que tiene un doctorado en Leyes y Relaciones Internacionales, explica cómo la universalidad de los principios de los derechos humanos –uno de sus principales aspectos– se encuentra amenazada mundialmente:

Em um momento onde o senso comum, produto dessa disputa ideológica, indica que os direitos humanos protegem somente os presidiários, os pobres ou os migrantes não documentados, evoca-se um sentimento de autoproteção nacional e social capaz de arregimentar todos aqueles temerosos da afirmação desses direitos.
Essa ação-reação encaixa-se como uma luva no atual cenário internacional: conflitos armados, enormes fluxos migratórios, instabilidade política, terrorismo, destruição ambiental, corrupção e fanatismos de todo tipo —ideológicos, políticos e religiosos — que tendem a se misturar. É um cenário muito perigoso porque pode corroer e até destruir, em parte ou no todo, o regime de proteção dos direitos humanos e do meio ambiente construído depois da Segunda Guerra Mundial.

En un momento en el que el sentido común, producto de esta disputa ideológica, demuestra que los derechos humanos únicamente protegen a los prisioneros, los pobres y los inmigrantes indocumentados,  es generador de un sentimiento nacional y auto protección social que puede unir a quienes temen la afirmación de esos derechos. Esta acción-reacción encaja como un guante en la actual escena internacional: conflictos armados, enormes corrientes migratorias, inestabilidad política, terrorismo, destrucción ambiental, fanatismo de todos los tipos –ideológico, político y religioso– que tienden a agruparse. Es un escenario muy peligroso porque puede erosionar e incluso destruir, parcial o enteramente, el régimen de protección de los derechos humanos y del medio ambiente construidos después de la Segunda Guerra Mundial.

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