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Los musulmanes que no puedes ver

La Marcha de las Mujeres en San Francisco el 21 de enero de 2017. Foto de Sahar Habib Ghazi. Utilizada con autorización.

Permítanme llevarlos de vuelta a la Marcha de la Mujeres de enero en San Francisco. Yo estuve allí con una vecina y querida amiga. Le confío el cuidado de mi hija de 4 años, ella me confía el cuidado de sus hijos; es mi roca.

Durante un minuto gritamos por los derechos de las mujeres. Después cantamos por los de los transexuales. Estamos en un mar de paraguas y gente, algunos llevan la imagen simbólica de un hiyab envuelto en una bandera de Estados Unidos, otros cantan contra la islamofobia. Mi amiga me mira y me dice: «No tienes por qué pasar por esto, ¿cierto?». «¿Por qué, porque no soy musulmana?, pregunto».

Ya he tenido esta conversación antes. La gente con la que trabajo o que me conoce durante años, me separan (a la Sahar que conocen) de la idea común de «musulmán» que tienen en su mente.

Me des-musulmanizan.

Hay 1.700 millones de musulmanes en el mundo. No todos nos parecemos. Practicamos nuestra religión de manera diferente. Pero en cierto modo nos meten a todos en el mismo saco, que está tan bien construido en nuestra imaginación colectiva que cuando musulmanes como yo no se ajustan, nos quitan lo musulmán.

Ser des-musulmanizado

No estoy sola en esto. Le ha ocurrido incluso al poeta con más ventas en Estados Unidos: Rumi. ¿Qué imagen tienes cuando piensas en él? ¿Amor? ¿Paz?

Cuando Jalaluddin Rumi tenía mi edad era un predicador y académico musulmán ortodoxo. Islam, el Corán y el profeta Mahoma fueron los pilares de su poesía hasta el día en que falleció. Pero la religión de Rumi ha sido eliminada de la mentalidad occidental y de las traducciones más populares de sus poemas.

Esta supresión es una parte importante de la historia de los 1.700 millones de musulmanes que hay en el mundo.

Otro ejemplo es la imagen simplificada que se tiene de los musulmanes y que ha colonizado durante siglos los libros occidentales. Una imagen seductora compuesta por un hombre de piel oscura a quien temer y una mujer exótica a quien salvar. Edward Said, académico innovador de origen palestino-estadounidense, deconstruyó en los años 70 la historia subyacente a estas imágenes. Sin embargo, aún hoy permanecen vigentes. Nuestros políticos, el mundo del periodismo y Hollywood siguen prolongándolas.

Tomemos como ejemplo la película Estado de sitio, estrenada en 1998 y en la que internan a hombres árabe-estadounidenses en un campo de internamiento en Nueva York. A la derecha se puede ver a Denzel Washington con el peligroso musulmán en la parte superior y el agente FBI musulmán bueno y patriota en la parte inferior.

He trabajado en el periodismo durante 13 años y he visto cómo esta narrativa poderosa y deficiente domina las noticias.

Capturas de pantalla de la película de 1998 Estado de sitio.

Una narrativa que eclipsa la realidad de que nueve mujeres musulmanes han liderado un país en las últimas tres décadas, mientras que Estados Unidos ni siquiera eligió a una candidata presidencial en 2016.

Tampoco reconoce que las musulmanas francesas que tienen prohibido vestir el hiyab en edificios públicos y las musulmanas sauditas obligadas por el gobierno a cubrirse el cuerpo son las dos caras de la misma moneda. Un grupo poderoso ejerce su «control» sobre «el otro».

Además, reduce el papel de las mujeres que lideran movimientos por el cambio. Ignora que se afirma que a los primeros predicadores musulmanes en suelo estadounidense los trajeron de África en barcos de esclavos. Niega la existencia de reinas musulmanas.

Esta narrativa ha capturado nuestra imaginación colectiva de modo tan profundo y desacertado que los hombres y niños sij son a menudo víctimas en ataques contra los musumanes y de acoso escolar.

Por culpa de las historias que contamos y el modo en que las contamos, hoy en día la islamofobia no es solo miedo al islam como religión, sino miedo al «otro».

Pertenecer a los 1.700 millones

En el sector del periodismo, contamos más que simples historias basadas en hechos. O hechos alternativos. También creamos narrativa que ayuda a entender el mundo. Y mi sector ha fallado de manera tremenda a la hora de incluir la narrativa de 1.700 millones.

Y les hemos fallado aquí, donde 7 millones de musulmanes conforman el grupo religioso más «variado» de Estados Unidos. Alrededor de un tercio de la población musulmana de aquí es afroamericana. Seis de cada 10 musulmanes estadounidenses son la primera generación que inmigrantes procedentes de 77 países.

Hace cuatro décadas, mis padres llegaron como inmigrantes a Nueva York para vivir el sueño americano. Mi madre abrió su tienda de diseño de joyas en la Quinta Avenida y mi padre trabajó duramente en los rascacielos de la ciudad; unos rascacielos que fueron posibles gracias al musulmán estadounidense de origen bangladesí Fazlur Rahman Khan. Mientras Khan recreaba los rascacielos del mundo, mis padres eran musulmanes y estadounidenses sin arrepentirse.

Los padres de la autora en 1976 en Nueva York. Utilizada con permiso.

Sin embargo, ¿ahora soy musulmana y estadounidense sin arrepentirme? A veces, cuando me preguntan por qué no como cerdo, en lugar de sacar mis recetas mulsulmanas o mi Corán de bolsillo que todos los musulmanes llevan, digo: «por respeto a Peppa Pig».

Estoy bromeando, no todos llevamos un Corán de bolsillo. No hace falta ser experto en teología para ser «musulmán» ni tampoco que te escojan casi siempre para controles de seguridad en un aeropuerto. Hay cientos de académicos musulmanes brillantes y activistas interreligiosos que intentan combatir las mentiras generalizadas sobre el Islam.

Estas mentiras son elaboradas por una máquina de islamofobia bien engrasada y con proveedores de fondos, grupos de reflexión y expertos en desinformación que entran en acción y manipulan fácilmente nuestra ya deficiente imagen de lo que es un musulmán o el Islam.

Por culpa de las historias que contamos y de cómo lo hacemos, la islamofobia es más que un extranjero arrancándole el hiyab a una mujer. O el terrorífico mapa de ataques a mezquitas en Estados Unidos (abajo).

Captura de pantalla del sitio web de ACLU.

La islamofobia en sus peores formas ataca nuestras pertenencias. Ataca nuestra identidad, que es tan amplia, variada e intersectorial que no puede reducirse a un recuadro.

Déjenme explicarlo. Nací musulmana, pero ser musulmana se originó en mi imaginación cuando tenía 4 años, en una mezquita improvisada en el sótano de una iglesia presbiteriana en Nueva York.

Foto de la autora en su clase de guardería en 1986. Utilizada con permiso.

Cuando los científicos sociales describen la vida religiosa, hacen referencia a la creencia, al comportamiento y a la pertenencia. Mi creencia y comportamiento musulmanes puede que no siempre sean visibles, pero están ahí. Quizás mi amiga, mi vecina, mi roca vería que soy musulmana si pudiera ver a través de los 15 metros de hormigón y aire que separan nuestras casas. Vería el ritual nocturno con mi hija, acunada en mi antebrazo, a mí susurrando los versos árabes de protección que cierran el Corán, llamados quls. Repito cada uno tres veces. Pido que la protejan del demonio visible e invisible.

Puede que mi creencia musulmana no siempre sea visible, pero mi pertenencia a lo musulmán siempre forma parte de mí.

La pertenencia es la imagen de mi abuela materna con sus hermanas; ganando una competencia de arte floral hace décadas en Karachi. Es la imagen que tengo de ella ahora cuando cierro los ojos: Nano, rodeada por sus lienzos acabados y no acabados de santos sufi; y un Corán muy marcado, un libro con ciento catorce capítulos que conoce prácticamente de memoria. Ser musulmán es rezar las oraciones que ella me dice cuando tengo un mal día.

La abuela de la autora cuando ganó una competencia de ikebana en Karachi, con sus hermanas en los años 60. Utilizada con autorización.

Ser musulmán es cómo me enseñó a referirme a Dios: Allah Mian, que significa Dios, mi único maestro. Para un pueblo colonizado (durante siglos) por un «imperio» que empezó como una corporación llamada la Honorable Compañía Británica de las Indias Orientales, decir «Dios, mi único maestro» tiene mucho significado.

Pertenecer significa crecer oyendo que los hombres no lloran, pero también ver llorar a mi abuelo, un refugiado. Entre leer libros sobre el Islam moderno y la independencia de Cachemira, Nana Jaan lloraba sin reservas por su familia, que vivía en la región de Cachemira bajo gobierno indio, familia a la que no se permitió abrazar durante medio siglo. Pertenecer es saber que hay millones de kurdos y palestinos, como mi abuelo, cuyas familias fueron expulsadas por colonialistas que dividieron el mundo musulmán como si se tratara de un juego de estrategia para conquistar el mundo.

La autora con su abuelo Nanajan en 1987. Utilizada con autorización.

Ser musulmán es saber que los europeos «colonizaron» a todos los países musulmanes, menos cuatro en los últimos dos siglos. Es saber que la primera bomba aérea de la historia fue lanzada hace un siglo sobre un país musulmán.

Es también saber que más o menos al mismo tiempo, al abuelo de mi abuela, súbdito británico indio-cachemir, los periódicos de la época calificaban de «peligroso» por dirigir la primera mezquita en Reino Unido. Antes de que existieran los aviones, viajó a más partes del mundo de las que yo he estado, predicando palabras radicales como amor, paz y justicia social. La palabra del Islam.

Fotografía del bisabuelo de la autora realizada en 1920. Obtenida de los archivos del sitio web de Woking Muslims.

Pertenecer a mi tribu musulmana de 1.700 millones está muy arraigado a mi linaje inolvidable; a nuestras historias no reconocidas.

Es recordar que hace catorce años, el ejército más poderoso del mundo, con tropas repartidas actualmente por todos los continentes excepto en la Antártida, entró en Iraq en busca de armas de destrucción masiva que no existían. Es saber que ahora más de medio millón de iraquíes están enterrados bajo los restos de la guerra. Ser musulmán estadounidense es saber que la tasa de suicidio entre nuestros veteranos ha aumentado más de un 32 por ciento desde 2001.

Es saber que cuando la tragedia azota a Estados Unidos y hay un sospechoso con nombre musulmán, la noticia recibe una cobertura cuatro veces mayor que si se trata de un atacante blanco.

Es saber que hace 400 años, se dice que la primera llamada a la oración, el adhan, la hizo un esclavo de color liberado que se llamaba Bilal. Es saber que un académico islámico africano llamado Bilali Muhammad fue esclavizado y traído a estas tierras hace 200 años.

Es llamar Malcolm X a un héroe estadounidense. Es el calor que sentí cuando la gente desbordó los aeropuertos para luchar contra la prohibición musulmana. Es la esperanza que siento cuando defendemos a nuestros soñadores y decimos que las vidas de la gente de color importan. Ser estadounidense y pakistaní y cachemir y pahari y punjabi y musulmana y periodista es conocer la interseccionalidad inherente a nuestra identidades hiperseparadas, pero errar a la hora de comunicarlo. La narrativa de 1.700 millones tiene más posibilidades que un cubo de Rubik, pero queda representada en una dualidad reduccionista: «nosotros» contra «ellos».

Ser madre es la preocupación por mi hija y todos los niños musulmanes, saber que la gente poderosa y con privilegios construyó una islamofobia estructural en estas dualidades.

La islamofobia estructural son los registros musulmanes que empezaron con el presidente Bush y que se propagaron con el presidente Obama. Es la vigilancia generalizada de mezquitas. Es el oficial de inmigración que esposó a un niño de 5 años. Es un país que cierra sus fronteras a la gente de países que bombardea. Es una lista de exclusión inexacta y ambigua que persigue a árabes y musulmanes por todo el mundo. Son las guerras que libramos y las bombas que lanzamos en países musulmanes.

Por culpa de las historias que contamos, y de las que no contamos, hoy estamos aquí.

En un estudio titulado el Ascenso del Hombre, los investigadores de la Universidad del Noroeste mostraron a los participantes una imagen científicamente incorrecta y les pidieron que clasificaran a los grupos en una escala de 1 a 100 en términos de evolución. Los musulmanes obtuvieron la mínima puntuación.

Las conversaciones que debemos entablar

Estamos demasiado inmersos en deshumanizar al musulmán o al «otro». Estamos a décadas de reconocer el origen de nuestros miedos y de los peligrosos y erróneos tropos que perpetuamos en nuestras redacciones.

Existe al menos un movimiento en crecimiento liderado por musulmanes estadounidenses en la industria de los medios que intenta capturar nuestras identidades multicompuestas e historias olvidadas. El podcast de Buzzfeed See Something, Say Something (Ve algo, di algo); el podcast #GoodMuslimBadMuslim (Musulmán bueno, musulmán malo); la serie de vídeos virales Secret Lives of Muslims (La vida secreta de los musulmanes); Sapelo Square, sobre musulmanes estadounidenses de color; Salam Reads, de Simon y Schuster, una iniciativa para publicar más sobre autores musulmanes; y Ms Marvel, la superheroína musulmana estadounidense y pakistaní. Todo esto me da esperanza.

Capturas de pantalla de iniciativas en los medios con el objetivo de mostrar la complejidad e interseccionalidad de la vida musulmana en Estados Unidos. Collage creado por la autora.

Sin embargo, me preocupa este momento complicado en el que estamos a nivel mundial. Un momento que tiene consecuencias más allá de los 1.700 millones.

Hay un motivo que determina que las teorías conspiratorias que colmaban los rincones oscuros de internet gobiernan ahora la Casa Blanca. Aumentaron exponencialmente al hacer del musulmán «el otro».

Existe otro grupo que aumentó de modo exponencial tras crear al «otro» fuera de todos nosotros. No existían hace unos años; ahora controlan grandes áreas de Siria e Irak.

Me preocupan las realidades e historias que ignoraba cuando tenía la edad de mi hija, pero todo me hace ser musulmana sin reservas hoy en día, hechos para los que he dejado pistas por todo este escrito. Hechos que les han traído recuerdos también a ustedes, porque en todas las intersecciones que conforman nuestra humanidad, puede hallarse escondido un caso de «diferenciación del otro».

Ahora se está hablando en la Octava Conferencia Anual sobre Islamofobia al otro lado del puente en Berkeley. Más un centenar de académicos habla sobre nuestros problemas con el «otro», el «racismo estructural» y el «militarismo estadounidense». Sin embargo, no se trata de términos que leemos en las escuelas o en los periódicos.

Todos necesitamos preguntarnos el porqué. Por qué estoy contándooles esto en una conferencia TEDx en Stanford en 2017, cuando Edward Said, quien nos enseñó cómo se libran guerras y se deshumaniza a la gente creando a un «otro» en la imaginación colectiva, era académico en Stanford hace cuarenta años.

Afiche de la página de Facebook de Islamophobia Studies Network .

Necesitamos hacernos preguntas incómodas sobre nuestro papel a la hora perpetuar consciente e inconscientemente el «otro»; como hicimos mi amiga y yo bajo la lluvia en la aquella Marcha de las Mujeres, porque el trabajo de imaginar un nuevo futuro, en el que no tengamos a un presidente que come pastel de chocolate mientras bombardea países fracturados y a gente «diferenciada», va más allá de los 1.700 visibles e invisibles. Empieza aquí con todos nosotros.

Sahar Habib Ghazi es la editora general de Global Voices. Este artículo es una versión de la conferencia TEDx que dio en la Universidad de Stanford el 24 de abril de 2017. Si quieres leer más, visita el Islamophobia Research & Documentation Project y explora el programa colaborativo #IslamophobiaIsRacism.

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