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“Mamá África” de México recibe a migrantes en su largo viaje

Concepción González Ramírez, conocida también como “Mamá África”, dirige un hotel chico en Tapachula, una ciudad pequeña de México, en el estado sureño de Chiapas, sobre la frontera con Guatemala. Créditos: Amy Bracken.

Este es una historia de Amy Bracken que originalmente se publicó en PRI.org el 19 de abril de 1017. Se publica aquí en el marco de un convenio entre PRI y Global Voices. 

Para los migrantes, ya sea que se trasladen a través de Europa o de América Latina, hay ciertos lugares que se vuelven conocidos por la forma en que acogen a las personas.

Visité uno de esos lugares en la ciudad mexicana de Tapachula, ubicada cerca de la frontera con Guatemala. Se trata de un hotel básico cerca del centro de la ciudad. Lo dirige una mujer mexicana de contextura pequeña, de 59 años, que usa anteojos con marco color rosa coral y unos aros dorados con forma de oso de peluche. Se llama Concepción González Ramírez y, en esta ciudad, Tapachula, nació y se crió. Sin embargo, muchos la conocen como Mamá África. Recibe este sobrenombre porque el hotel (es más, ella misma) se convirtió en un destino tanto para los africanos como, también, para los haitianos que están de paso por la ciudad.

No es un hotel fascinante. Por unos $2,50 la noche, los huéspedes se pueden alojar en habitaciones básicas, con paredes desnudas que se descascaran y camas de metal. En el vestíbulo hay un loro en una jaula. El hotel no tiene carteles que lo identifiquen y, aun así, cientos de migrantes africanos y haitianos han sabido cómo llegar hasta aquí.

A veces, cuenta Ramírez , la gente llega en minibuses repletos al final de la ruta, “y comienzan a gritar: ‘¡Mamá África! ¡¿Dónde está Mamá África?!’”.

En este momento todo está tranquilo, pero, en el transcurso de este año, Ramírez recibió 200 huéspedes al mismo tiempo. Solo hay 24 habitaciones, por lo que algunas personas durmieron afuera sobre cartones. No quiere rechazar a ninguno.

También les brinda su ayuda y los lleva al hospital cuando están enfermos, les compra los medicamentos que no pueden pagar y les da masajes con un bálsamo en los pies agotados por el viaje viaje.

Tychique Sebastiao, de Angola, llegó hace poco. Le pregunto si Mamá África es un sobrenombre adecuado para Ramírez.

La familia Sebastiao (con su hija, Merrui, la que luce un bigote de yogurt) posa junto a Concepción González Ramírez, conocida también como Mamá África. La familia viene de Angola, a través de Brasil, y espera poder llegar a Boston. Créditos: Amy Bracken.

“Sí, sí”, responde, con una risa. “Siento que ella es así de verdad, porque las mujeres africanas son mujeres muy buenas. Muy cariñosas. Tiene esa cosa de querer reunirnos como lo hace una madre… Nos sentimos muy cómodos aquí”.

Sebastiao viaja junto a su hermana y los tres hijos de ella, que esperan poder llegar a Boston para reunirse con su esposo.

Ya vivieron en Brasil, pero para algunos africanos es habitual que, en la ruta hacia Estados Unidos, hagan primero una parada en Sudamérica y, a continuación, se dirijan hacia el norte.

La familia había escuchado a otros compañeros de ruta hablar de Mamá África. “Mamá África es un nombre conocido durante toda la ruta”, explica Felix Michelet, un huesped de Haití.

Cuenta que los haitianos y los africanos con frecuencia realizan el viaje juntos, y que los africanos más adelantados en la ruta les contaron sobre Ramírez a través de WhastsApp.

Como muchos de sus compatriotas, Michelet vivió antes en Brasil y trabajó en la construcción de las obras para las Olimpíadas y el Copa Mundial de Fútbol. Cuando la economía brasilera se debilitó, comenzó su camino a Estados Unidos. Ha sido huésped de Mamá África durante meses y vende tarjetas SIM para juntar el dinero necesario para el pasaje de micro que lo llevará a Tijuana.

Le pregunto si, en el futuro, seguirá en contacto con Ramírez.

“Mamá África es nuestra madre, nunca la vamos a dejar”, responde con una risa. “Siempre vamos a estar en contacto”.

Ramírez cuenta que es habitual que los huéspedes le escriban mensajes de texto una vez que partieron, ya sea para saludarla o para contarle los avances de su viaje. Dice que su fe cristiana incentiva su trabajo. No conoce mucho de África, pero sus huéspedes le enseñaron como cocinar el pollo al estilo de Ghana.

Es probable que Ramírez sea una persona muy conocida por esos lados, pero no es el único faro de esperanza para los migrantes que pasan por Tapachula. En la otra punta de la ciudad, una calle de tierra termina en la casa de Jesús Valenzuela. Este año, Valenzuela y su familia le dieron alojamiento a huéspedes en su pequeño hogar. Se desempeña en la policía local y fue testigo de cómo a muchos migrantes africanos se les cobraba de más por los billetes de micro. Comenzó a colaborar evitando que se abusen de ellos y les ofreció su casa por un dólar la noche.

En este momento, 25 personas, en su mayoría haitianos, se quedan allí. Algunos duermen sobre frazadas en el piso, pero al menos cuentan con electricidad, un lavadero y una zona afuera para cocinar.

Valenzuela dice que sabe lo que los huéspedes tienen que atravesar.

“Viví en Estados Unidos”, cuenta. “Pasé por lo que ellos están pasando. Atravesé la frontera por el desierto, y lo sufrimos. Hay lugares en los que la gente brinda su ayuda y lugares en los que no, por eso quiero darles mi apoyo y ayudarlos”.

Luego de vivir tres años en Estados Unidos, Valenzuela fue deportado como consecuencia de una redada en el lugar de trabajo.

La mayor parte de los migrantes que pasan por Tapachula provienen de Centroamérica y hay más lugareños que también les abren las puertas de sus casas.

José Antonio Cordova Meléndez me cuenta que escapó de personas que lo extorsionaban en Honduras, junto a su esposa y sus tres hijos, sin plan alguno. En Tapachula, solicitó alojamiento y una completa desconocida, una madre soltera, les brindó su techo. Pasaron varios meses y la familia todavía permanece en esa casa, intentando decidir cual será el próximo paso.

De vuelta en casa de Mamá África, todo está lleno una vez más. En los pasillos, los viajeros estudian tranquilos sus celulares. Un minibús llegó en el día de hoy y dejó a 20 nuevos huéspedes, en su mayoría provenientes de Somalia.

Ramírez parece estar feliz de que la casa esté llena, pero también siente nostalgia por lo que se fueron. Como buena abuela orgullosa, hojea su álbum de fotos digitales. Hay una de su hija con trenzas africanas que le hizo un huésped, algunas imágenes de los nietos y muchas más de los viajeros, jóvenes y ancianos. Se ríe con tristeza con cada breve introducción.

“Ya se fueron”, repite una y otra vez.

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