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La revolución en espera de Irán

Dos niños árabes ahvazíes en Ahvaz, suroeste de Irán. Los grupos étnicos no persas representan un 50% de la población iraní. Foto de Ahvaz (vía Wikimedia Commons).

Una comparación de los acontecimientos recientes en Oriente Medio con las revoluciones populares que ocurrieron en Europa del Este entre 1989 y 1990 expone una variedad de paralelos ilustrativos. La caída de los regímenes opresores en Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria y Albania currió en menos de dos años luego de la sublevación respectiva de cada país. Además, en la mayoría de los casos, el objetivo principal de la revolución era derrocar a los sistemas dominantes opresivos y reemplazarlos con algo más unificador. Las revoluciones de Túnez, Egipto y Libia tenían objetivos similares y también derrocaron a sus respectivos regímenes en cuestión de meses.

La otra cara de la moneda fue Yugoslavia que, como en Yemen, Siria e Irak, se convirtió en una guerra, con pérdidas de vidas a gran escala, devastación de las infraestructuras de los países y una crisis humanitaria que repercutió a nivel mundial.

En ese momento, Yugoslavia tenía los niveles más bajos de unidad nacional entre los países de Europa del Este, y la sublevación buscaba no solo desmantelar el sistema gobernante, sino también eliminarlo. Sin embargo, a diferencia de Yemen, Siria e Irak, la antigua Yugoslavia tenía un sistema político que reconoció oficialmente múltiples identidades nacionales y les concedió autonomía política en diferentes partes del país.

Algunos grupos afirman que hubo una conspiración occidental  para desintegrar Yugoslavia y otros culpan a la mala administración de la élite política. Independientemente de la causa de la crisis, los líderes yugoslavos tuvieron una oportunidad histórica de utilizar la estabilidad del país durante 70 años para fortalecer la unidad entre los diversos grupos étnicos. En su lugar, los serbios gobernantes intentaron intensificar la superioridad industrial y económica serbia para monopolizar el poder político y militar. Los intelectuales y políticos serbios promovieron ávidamente la superioridad serbia, alimentando el nacionalismo extremo y el odio hacia los bosnios musulmanes, albaneses y croatas. Con sangrientas represiones respondieron a las demandas de los grupos disidentes. Incluso, gran parte de la élite política serbia que se oponía al partido socialista gobernante apoyó al régimen en este momento. El resultado fue una guerra civil.

Al igual que Yugoslavia, Irán es un país grande compuesto de muchas naciones diversas. Cuando la revolución islámica tuvo lugar en Irán en febrero de 1979, solo había una minoría en conflicto con la República Islámica y opuesta a la revolución, los kurdos. Hoy en día, según el reformista académico neoliberal iraní Sadegh Zibakalam, hay otros grupos, entre ellos los azerbaiyanos turcos, los musulmanes suníes, los baluchíes y los árabes ahvazíes. Zibakalam promueve que la República Islámica se mantenga firme, ya que “si este régimen es derribado, no es obvio que el Irán tal como lo conocemos permanecerá. Los métodos erróneos que hemos adoptado han llevado a [todas estas personas] a alejarse de nosotros”.

La situación actual en Irán se asemeja mucho a la lucha de los grupos étnicos no serbios por la representación en la Yugoslavia gobernada por Serbia. Si bien la Constitución iraní garantiza oficialmente la libertad de expresión cultural y la diversidad lingüística, la diversidad étnica es uno de los temas que el régimen ha encontrado más problemático de abordar, a pesar de que las minorías étnicas representan el 50% de la población iraní.

La élite persa y la intelectualidad también han adoptado prácticas sociales opresivas que buscan socavar la autonomía, representación y humanidad de las minorías étnicas, posiblemente por temor a que el reconocimiento de los derechos de las minorías étnicas desafíe la dominación persa y pueda conducir al colapso del régimen.

El mito iraní de una identidad persa unificada viene de más de cien años de una ideología supremacista ultranacionalista que se ha resistido firmemente a cualquier análisis crítico. En Irán, los persas son adoctrinados desde que nacen para creer que son racialmente superiores, una idea apoyada no solo por sus comunidades y familias, sino también por todos los medios de comunicación. La mayoría de los persas no están familiarizados, e incluso son hostiles, con los problemas que enfrentan las minorías en Irán, y los intelectuales de habla persa no han promovido una cultura de tolerancia y respeto. Las minorías no están representadas en sectores importantes como los medios de comunicación y la educación, y en los medios de comunicación se las presentan como menos inteligentes, más violentas y, por lo tanto, menos dignas de gozar de los mismos derechos que los persas.

No es raro que al dirigirse a los árabes ahvazíes, por ejemplo —mi grupo étnico—, los persas expresen sentimientos racistas como: “¡no son verdaderos árabes! Son árabes por la proximidad con los países árabes, pero en realidad son solo hablantes de árabe”. O “si desean expresar su arabismo o defender lo que ustedes llaman una “identidad árabe”, váyanse de aquí. ¡Váyanse a Arabia Saudita!”. Esos sentimientos niegan toda la existencia e historia de los árabes ahvazíes en su tierra natal de Irán. El antiarabismo está arraigado en las actitudes en el lugar de trabajo, impreso en los periódicos, promovido en la televisión, expresado sin piedad por funcionarios del régimen y promocionado por intelectuales, y es un factor clave para mantener la fachada del nacionalismo persa. Los activistas árabes ahvazíes son comúnmente acusados de secesión y de amenazas a la seguridad nacional, acusación que por lo general conlleva la pena de muerte o una sentencia de prisión muy dura.

En la actualidad, altos funcionarios del régimen gobernante se oponen incluso a la idea de que las minorías étnicas puedan recibir educación en su lengua materna, pues argumentan que enseñar clases en un idioma distinto del persa socavaría la unidad de la nación iraní. Esto a pesar de que el artículo 15 de la Constitución iraní de 1979 permite que la educación y varios medios de comunicación se ofrezcan en otros idiomas.

La principal oposición de Irán tampoco ha abordado el problema crítico de los derechos de las minorías étnicas. En la sublevación contra el régimen que tuvo lugar en Teherán en 2009, por ejemplo, la oposición étnica no participó, ya que consideraron al movimiento como un mero derivado del propio régimen.

Las minorías étnicas de Irán comenzaron a exigir abiertamente sus derechos nacionales cuando el gobierno central se desestabilizó en 1979, y lo han seguido haciendo a lo largo de los años. Sin embargo, ante esos hechos los servicios de seguridad iraníes y la guardia revolucionaria respondieron con violentas represiones. Esto solo fomenta un nuevo radicalismo, una oleada creciente de descontento y oposición que se está extendiendo por todo el país con creciente ferocidad. Como no hay nada en la historia de Irán que apoye la idea de que un Irán unificado que incluya todas sus naciones de minorías étnicas sea posible, estas minorías que no tienen otra opción que recurrir a la resistencia violenta para preservar su patrimonio, cultura y supervivencia bajo el gobierno profundamente racista del país. Este será probablemente el factor principal para impulsar una revolución en el país.

Desde el momento en que comience una potencial sublevación en Irán hasta el establecimiento de un sistema más justo, las acciones invertidas en el futuro de Irán pueden limitar las consecuencias potencialmente desastrosas aprendiendo de la historia de países como Yugoslavia. En 1979, la mayoría de los iraníes se unieron para convenir que una monarquía no era un sistema de gobierno que deseaban continuar. Es esencial, por lo tanto, que la oposición iraní empiece a representar las demandas de las minorías étnicas y las apoye para lograr los derechos nacionales y el derecho a la autodeterminación, o bien el país puede enfrentar una situación militarmente avanzada similar a la que experimentó Yugoslavia.

Ahora es el momento para que el pueblo de Irán decida qué tipo de estructura gobernante no centralizada puede sustituir de manera más eficaz el régimen actual con el fin de satisfacer las necesidades de todas las personas, y no solo las de la mayoría persa.

Rahim Ahwaz es activista iraní de derechos humanos que se especializa en derechos de las minorías étnicas.

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