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Rumania busca trazar líneas alrededor de nociones de familia

Familia rumana en traje tradicional. Foto de Adina Voicu (dominio público vía Good Free Photos).

Por Ana-Maria Dima

Hace algunas semanas hablé con la directora de un colegio de uno de los condados más pobres del sur de Rumania sobre la situación de los niños inscritos en su escuela y otras de la zona. Mi intención era reunir información sobre el nivel general de bienestar de los niños, una pregunta importante en un país donde se cree que el 46.8% de los niños están en riesgo de pobreza y exclusión social.

En verdad, la pregunta iba dirigida a algo más sutil. Quería tener un entendimiento de cuánto sabe el personal de la escuela de qué está pasando con los niños en sus casas y la situación en que se encuentran las familias cuyos hijos fueron a la escuela. Como es una escuela rural, no sorprende escuchar de hogares afectados por la pobreza y a veces el alcoholismo y la violencia doméstica. Pero una adición más reciente a la lista son los niños al cuidado de otros familiares porque sus padres trabajan en el extranjero —niños que terminan sufriendo privaciones materiales y emocionales mientras aprenden a lidiar con el afecto a larga distancia, incorpóreo de un padre, y a veces de los dos.

La directora del colegio empezó a llorar hacia el final de nuestra conversación. Le preocupaba que los niños de su escuela y otros en el distrito tenían cargas emocionales demasiado pesadas para niños de su edad, y que no los escuchaban ni se les ofrecía apoyo emocional adecuado. Los psicólogos escolares en Rumania no tienen la capacidad de ofrecer consejería individual. Ofrecen consejería grupal cuando se necesita, y solamente hay un consejero escolar por cada mil alumnos, independientemente del nivel escolar. Tal vez los propios antecedentes de la directora como consejera sacaron lo mejor de ella.

Desde 2008, la Autoridad Nacional de Protección de Derechos los Niños y Adopción de Rumania ha estado dando seguimiento a la situación de niños cuyos padres han partido a estudiar al extranjero. Según cifras dadas a conocer cada seis meses, cerca de 100,000 niños a nivel nacional tienen padres trabajando en el extranjero, aunque se piensa que los números están muy por debajo de la realidad. Los padres deberían informar a las autoridades locales cuando salen del país para que las autoridades locales puedan supervisar el bienestar de los niños en cualquier situación que terminen, ya sea con otros familiares, en hogares temporales o instituciones. Pero la práctica todavía no se implementa a nivel nacional, y se vuelve cada vez más complicada en caso de grupos como los romaníes, ya sea porque los padres no tienen la documentación adecuada, tienen una alfabetización limitada o no saben, o no quieren, cumplir con sus obligaciones legales. También hay casos en que los padres no informan de su partida para no arriesgarse a perder la ayuda del Estado.

Rumania es el segundo país después de Siria en términos de aumento de ciudadanos fuera del país entre 2000 y 2015. Esta escala de cambio de población no tiene precedentes en la historia del país. y el éxodo de los rumanos ha sido tema de gran alarma y preocupación para nuestra sociedad y autoridades estatales estos últimos años. Además de niños a los que sus padres dejan para ir a trabajar al extranjero, a menudo en situaciones de pobreza y privación materiales que para el Estado es difícil compensar, otra fuente de preocupación ha sido la salida de personal médico calificado. Un país que se está despoblando a paso tan rápido requiere una especie de recableado, un experimento donde las nuevas nociones de vida familiar transnacional tome forma mientras el tejido social familiar se vuelve más delgado y más frágil.

Sin embargo, como expresó Ulrich Beck en el clásico Sociedad de riesgo: Hacia una nueva modernidad, “la familia es el único entorno, no la causa de los acontecimientos”. El entorno emocional por el que muchas familias rumanas están navegando ahora es difícil, por decir lo menos. Los padres pueden animar a sus hijos recién graduados que busquen empleos mejor pagados y mejores vidas en Europa Occidental mientras en silencio deploran el estado de las cosas que los empuja a la emigración. Entonces están los que emigran porque no tienen muchas más opciones para llegar a fin de mes, particularmente si viven en zonas rurales remotas. Es ahí donde las familias luchan más, no solamente para enfrentar los desafíos materiales, sino también para mantener alguna conexión con familiares más allá de llamadas de larga distancia, publicaciones en Facebook, mensajes en WhatsApp y correos electrónicos.

Por supuesto, hay intrincadas creencias culturales en torno a cómo deben funcionar las familias, y una es que las familias deben permanecer unidas físicamente. Tal vez sea un rezago de días pasado bajo el Comunismo, cuando a los trabajadores migrantes rumanos en el extranjero con frecuencia se les negaba la posibilidad de que sus familias se les unieran en el extranjero, pues el Estado temía altos niveles de emigración. Pero el cambio es ahora de una magnitud diferente. Ahora hay aldeas enteras pobladas solamente por ancianos, y que se ven desiertas, un cambio demogrpafico que se siente justificablemente amenazador, dada la escala sin precedentes de transformación. La pregunta “¿qué nos está pasando?” no se puede pasar por alt fácilmente.

Y otras tensiones acechan encima de la superficie. Aunque el país muestra señales de progreso, y mucho señala crecimiento económico de Rumania en tiempos recientes, también está la sensación subyacente de que la tela social y cultural del país se está desmantelando de maneras que no se pueden medir ni percibir fácilmente. Este cambio también podría ser uno de los impulsos detrás del próximo Referéndum de Familia. La fecha está por definirse, pero busca definir el matrimonio de hombre y mujer como la base para constitutir una familia. Sin embargo, mientras las presiones económicas llevan a los rumanos a emigrar, la lucha para rediseñar el apreciado —aunque a veces idealizado— espacio emocional ocupado por nociones de familia probablemente continúe por algún tiempo.

Ana Maria Dima es rumana y trabaja en el campo del desarrollo internacional. Síguela en Twitter en @AnaMariaDima.

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