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Impulsados por sus historias familiares, estudiantes de Derecho ayudan a solicitantes de asilo

La estudiante de Derecho Sara Ehsani-Nia (al medio) en una manifestación que pide la liberación de niños que pden asilo y que están retenidos en una instalación de detención juvenil cerca de Sacramento, California. Foto: Zaidee Stavely.

Este artículo de Zaidee Stavely apareció originalmente en PRI.org el 20 de abril de 2017. Se reproduce aquí como parte de un acuerdo entre PRI y Global Voices.

Un colorido mural en la pared del Centro Davis de derecho de inmigración de la Universidad de California, muestra cartas de inmigrantes tras las rejas y cadenas que se convierten en quetzales: es una metáfora al trabajo de los alumnos.

Estudiantes de Estudios Chicanos pintaron el mural y “eligieron el quetzal antes que la paloma porque representa libertad”, explica Holly Cooper, codirectora del centro. “En la mitología maya, se cree que si se encierra a un quetzal en una jaula, morirá”.

A 15 minutos de la universidad hay una instalación de detención juvenil que establece con la Oficina de Reubicación de Refugiados para retener a los menores que cruzaron solos la frontera de Estados Unidos.

“Es repugnante e inquietante incluso llegar a esta instalación de detención porque a dos puertas de distancia está una flamante secundaria, a la que mis clientes deberían estar asistiendo”, idce la estudiante de Derecho Sara Ehsani-Nia. “En cambio están tras las rejas en una instalación de detención sin haber cometido ni un delito. Esto ilustra lo descompuesto de nuestro sistema”.

Ehsani-Nia ha representado a cinco clientes este año, a través del centro de derecho de inmigración, que permite que los estudiantes asuman casos, con orientación. Y se están creado más centros como este, dedicados a inmigrantes y solicitantes de asilo. Muchos estudiantes del centro Davis son de familias inmigrantes.

“Nací en Los Ángeles, y mis padres son refugiado de Irán”, dice Ehsani-Nia. “El fundamento es el mismo: vienes a este país con casi nada y sin conocer a casi nadie”.

Pero Ehsani-Nia sabe que la historia de su familia es también fundamentalmente diferente de la de muchos de sus clientes, de los cuales tres son menores sin acompañantes de América Central.

“Mi familia no estuvo detenida”, dice. “Es drásticamente diferente. La detención de inmigración es una cárcel, con condiciones de cárcel. Cobra un alto precio psicológico”.

El último cliente que Ehsani-Nia tuvo fue G.E., muchacho de 14 años de Honduras. Ehsani-Nia pidió que se usaran solamente sus iniciales porque es un menor en cuidado tutelar. G.E. dice que huyó de fuertes maltratos en su casa en Honduras. Se fue solo, cruzó la frontera de Texas y se entregó a las autoridades. No tiene familia en Estados Unidos. Le dieron el asilo en enero, pero siguió en detención. Ahí fue donde Ehsani-Nia lo conoció.

“Cada vez que lo visitábamos, traíamos un mazo de cartas y jugábamos cartas o dominó”, dice Ehsani-Nia. “Sentimos que eso lo relajaría y haría más fácil preguntarle cosas difíciles cuyas respuestas necesitábamos para completar nuestros trámites”.

Al final, el muchacho terminó en cuidado tutelar. Ehsani-Nia se unió a una manifestación afuera del centro de detención para protestar contra la retención de docena sde menores sin compañía migrantses, y para celebrar la liberación de G.E.. Ehsani-Nia lo vio después de que lo liberaron.

“Fue notable”, dice. “Tenía puesta la misma ropa que cuando llegó al centro de detención un año antes. Como es de suponer, con 14 años, un muchacho en pleno crecimiento estaba un poco diferente. Pero literalmente era todo lo que tenía: esa camiseta, esos pantalones cortos y esas sandalias”.

En la manifestación, un defensor de los derechos de los inmigrantes lee una carta que G.E. escribió a sus seguidores, que pidieron su liberación y le donaron una bolsa de lona llena de ropa. “Me gustó la gorra de los Red Sox”, lee y se ríe. “Espero conocerte algún día. Con mucho cariño, G.E.”.

Después de la manifestación, Ehsani-Nia se toma unos minutos en su auto para llamar a su mamá. La saluda en persa, luego cambia al inglés.

“¿Te acuerdas de mi cliente de 14 años que estaba en la cárcel de inmigración? ¡Logramos que saliera ayer!”, anuncia.

“Oh, me alegra mucho”, responde su madre. “Buen trabajo, estoy muy orgullosa de ti”.

Ehsani-Nia dice que siente que debe retribuir como abogada de inmigración, en parte por la historia de sus padres.

“Mucho de lo que ves con los estudiantes es casi como un hilo invisible de tu pasado que te jala a hacer algunos trabajos, ya sea que los hagas o no”, dice Cooper.

Explica que la historia de su propia familia la llevó a este trabajo. Su abuelo huyó de Rusia de niño y quedó luego abandonado cuando su madre ya no lo pudo cuidar. Dice que la historia de los estudiantes los hace defensores más fuertes.

“Los estudiantes también pueden ser navegadores culturales y decir: ‘Holly, no haga eso’, o ‘Debes probar esto’”, Cooper dice.

Después de que el presidente Donald Trump asumiera el gobierno, el centro ha recibido más llamadas de estudiantes y miembros de la comunidad que quieren ayudar. Los clientes también, están en alerta. Un cliente llama o escribe casi todos los días, preocupado de que lo detengan o lo deporten, dice Cooper.

Para Ehsani-Nia y muchos de sus compañeros, las órdenes ejecutivas de Trump sobre inmigración se sienten como algo personal. “Da miedo sentirse atacado así”, dice Ehsani-Nia. “Es  muy insultante, y profesionalmente asusta ver que nuestros clientes pasan por tanta angustia”.

Cuando la orden ejecutiva de Trump trató de impedir que personas de varios países entraran a Estados Unidos, Ehsani-Nia condujo hasta San Francisco, y ayudó a una pareja de adultos mayores detenidos en el aeropuerto. Por primera vez, habló en persa en su trabajo legal. Se sintió bien, dice, y le recordó algo que sus padres le enseñaron: a valorar su nacionalidad con su voto, con su voz y con la defensa de los derechos de los demás.

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