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¿Cómo es la vida en la celda de una cárcel brasileña? Hacinada, sucia y peligrosa para la salud

Presos en Acre, estado en el norte de Brasil, donde la policía militar se encuentra a cargo de la seguridad de la prisión | Fotografía: Luiz Silveira/Agência CNJ. Usada con permiso.

Imagina compartir una habitación con otras cuarenta personas en un espacio ideado para doce. Imagina tener que colocar tu colchón cerca del techo porque el sistema de saneamiento de aguas residuales se obstruye continuamente, e inunda la habitación de agua sucia hasta una altura de unos 40 centímetros. Un espacio tan inmundo que sufres erupciones que terminan agravándose y convirtiéndose en heridas purulentas. Enfermedades como el sida y la tuberculosis se propagan cual epidemias, pero si caes gravemente enfermo te prescriben el mismo medicamento, sin importar cuáles sean tus síntomas.

Y tal vez ni siquiera te hayan condenado aún. Podrían pasar años antes de que consigas una vista preliminar, por no hablar del juicio y de la sentencia judicial.

Así es la vida en las cárceles brasileñas. El número de reclusos en estas prisiones ha aumentado un 400 % en los últimos 20 años, mientras que la población real de Brasil solamente ha experimenado un aumento de un 36 % en el mismo periodo. Esto supone un excedente anual de 40 000 personas. Las cárceles brasileñas se encuentran cuartas en la lista de las prisiones más pobladas del mundo, solo por detrás de las de Estados Unidos, China y Rusia. En los 27 estados que componen Brasil hay más personas en prisión que celdas disponibles.

Según el Consejo Nacional de Justicia, para febrero de 2017, había unos 600 000 presos encarcelados en Brasil. De ellos, 200 000 todavía se encuentran en espera de juicio —el periodo de espera varía entre 172 y 974 días.

La masificación, las crisis de salud, y la tortura que algunos detenidos experimentan ha incrementado el poder de las bandas, las facciones criminales y los capos de la droga, que utilizan las prisiones como centro de operaciones.

Una ONG brasileña de defensa de los derechos humanos ha lanzado recientemente una campaña  para dar a conocer el problema. La Red de Justicia Criminal creó un video en 360º en el que se mostraba cómo se vive en una cárcel brasileña completamente hacinada. En solo tres días el video recibió más de nueve millones de visitas y fue compartido 55 000 veces en Facebook (y desató todo tipo de reacciones, tanto positivas como negativas).

La celda que se refleja en el video no es real. Sin embargo, el hombre que lo presenta, Emerson, sufrió prisión durante cuatro años y medio, en los que compartió una celda de nueve metros cuadrados con otros 40 hombres.

Una campaña llevada a cabo por una ONG pretende mostrar la realidad de las cárceles brasileñas. Fotografía: captura de pantalla/Conectas.

“La encarcelación masiva no es sinónimo de justicia”, es el lema de esta campaña. En su página web dice:

O encarceramento em massa não é  só desumano, mas também é contra a lei. Há milhares de pessoas que seguem presas sem julgamento, por falhas do sistema penal brasileiro.

La encarcelación masiva no solo es inhumana, sino ilegal. En la actualidad, hay miles de personas en prisión sin siquiera una sentencia, debido a irregularidades en el sistema legal brasileño.

El mensaje de la campaña es que no hay lugar para la reinserción social cuando la persona pierde sus derechos y su dignidad. En Brasil, hay una expresión popular que califica a las prisiones de “escuelas del crimen”. La idea está tan extendida que el calificativo ha sido utilizado por tres personas diferentes recientemente: el presidente de la Corte Suprema; un exministro de Justicia; y un portero de fútbol condenado por matar a su exnovia y alimentar con su cadáver a sus perros, que lleva en prisión seis años y medio (salvo un breve permiso penitenciario a principios de 2017).

¿Qué tiene que ver la ley de drogas con todo esto? 

Presos esperando en una unidad penitenciaria brasileña. Fotografía: Luiz Silveira/Agência CNJ. Usada con autorización.

Para la ONG Human Rights Watch (Observatorio de Derechos Humanos), la causa principal del aumento de la población reclusa es la Ley de Drogas (11.343) de Brasil, aprobada en 2006 por el entonces presidente Luís Inácio Lula da Silva.

Aunque la citada ley despenaliza el consumo de drogas, el texto no ofrece una diferenciación clara entre lo que se consideraría tenencia de drogas para “consumo personal” y tenencia de drogas para su “distribución”, y deja la decisión en manos de policías y jueces, en función de cada caso concreto.

La consecuencia ha sido un aumento en el número de condenados por tráfico de drogas. En la actualidad, uno de cada tres presos en Brasil se enfrenta a cargos por delitos de drogas. Mientras que en 2005 dichos delitos constituían el 8.7 %, en 2017 esa cifra ha ascendido a un 32.6 %.

En el caso específico de las reclusas, es incluso peor: cerca del 70 % de las condenas.

A modo comparativo, solo un 12 % de los presos que se encuentran ahora en las cárceles brasileñas enfrentan cargos por asesinato, en un país donde entre 2011 y 2015 se registraron 278 839 homicidios. Una cifra mayor que la registrada en Siria durante ese mismo periodo.

“Cuantos más encarcelamientos… más se acelera, de un modo alarmante, el índice de criminalidad”

La Prisión Central, en el sur de Brasil, ha sido catalogada como la peor de todo el país | Fotografía: Luiz Silveira/Agência CNJ. Usada con autorización.

Un estudio llevado a cabo en 2014 por el Sistema Integrado de Información Penitenciaria (Infopen) muestra que un 96.3 % de los presos son hombres, 67 % de raza negra, y un 53 % solo cuenta con estudios primarios. Un 1 % posee un título universitario, y otro 1 % fue a la universidad pero no llegó a graduarse.

Brasil es un país que encarcela a negros, jóvenes, hombres y pobres, pero la prisión no es precisamente la panacea, ni para ellos ni para la sociedad: otro estudio elaborado por el Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea) revela que la tasa de reincidencia se sitúa en torno al 30 %.

De modo que, ¿cómo puede un sistema colapsado reinsertar a alguien? Para Pastoral da Prisão (Pastoral Penitenciaria Católica), organización no gubernamental asociada a la Iglesia Católica que proporciona asistencia a los presos, construir nuevas prisiones no es la solución, aunque es algo acerca por lo que el presidente Michel Temer expresó su interés, después de una serie de motines carcelarios a principios de este año. El padre Valdir, presidente de la Pastoral Penitenciaria, mencionó en una audiencia ante el Senado:

Quanto mais se prende, quanto mais se aumenta a pena, mais aumenta a criminalidade no País, assustadoramente (…) As respostas dadas até agora para as questões da violência têm sido altamente equivocadas, gerando retorno de violência ainda maior para a sociedade brasileira.

Cuantos más encarcelamientos, más se incrementa la pena, más se acelera, de un modo alarmante, el índice de criminalidad en el país […] Las soluciones aportadas hasta la fecha para combatir la violencia no han sido acertadas, y han generado una mayor espiral de violencia en la sociedad brasileña.

En 2015, el Consejo Nacional de Justicia de Brasil elaboró un programa para presentar apelaciones ante el Tribunal que aseguren que las personas acusadas de actos delictivos dispongan de una vista en las 24 horas siguientes a su detención. Es una de las iniciativas llevadas a cabo para contrarrestar lo que algunos han venido a llamar “cultura de encarcelamiento“, desde el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, pasando por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

La campaña de Conectas es otro más de los intentos de concienciar sobre las precarias condiciones del sistema penitenciario brasileño.

Nota: Una versión anterior de esta historia señalaba erróneamente que el vídeo en 360º había sido producido por la ONG Conectas. Fue producido por la Network of Criminal Justice, de la cual Conectas es miembro.

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