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¿Por qué es ineficiente económica y ambientalmente el mayor ingenio del Occidente cubano?

Central Héctor Molina (Foto: Geisy Guia Delis)

Central Héctor Molina Foto: Geisy Guia Delis. Publicada con permiso.

Este artículo es un extracto exclusivo para Global Voices. Puede consultar la versión original de “Los días del azúcar” aquí y leer otros artículos de Geisy Guia Delis aquí.

En octubre de 2002, se oficializó la decisión del gobierno cubano de reestructurar la industria azucarera y paralizar todas las fábricas que no fueran capaces de producir el azúcar a un costo de 4 centavos la libra, o menos.

Desde antes, el Complejo Agroindustrial (CAI) Héctor Molina, en la occidental provincia de Mayabeque, daba señales de bajo rendimiento. Sin embargo, continuó con vida gracias al adecuado funcionamiento de las tierras cultivables cercanas, a la mano de obra disponible y a la infraestructura para la transportación.

Para el pueblo San Nicolás de Bari, eso fue lo mejor que pudo haber pasado.

Pero el mayor ingenio de la región ha sido durante años el peor de la zafra por incumplir constantemente los planes que se ha propuesto, por ser un consumidor excesivo de agua y energía eléctrica, y por las persistentes roturas en los equipamientos que causan importantes pérdidas económicas.

Desde que el ingenio fue creado en 1850, los colonos construyeron un sistema de riego para mojar la caña con los primeros residuales. Luego, al central se le añadió una destilería y esa agua fue saliendo con sustancias altamente corrosivas, capaces de elevar el nivel de acidez en los suelos y de dañar los cultivos. Con los años, ante la posibilidad de que las aguas contuvieran metales pesados nocivos para la salud humana, la delegación del Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) del municipio prohibió el empleo de esos residuales para el riego.

“Yo llevo aquí 15 años y todo este tiempo hemos utilizados los residuales”, admite Rodobaldo León Aguilar, presidente de la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) Cuba-Nicaragua. “Los estamos utilizando prácticamente sin preparación, crudos. Antes de que yo entrara, esta cooperativa los empleaba en las siembras de arroz y en los demás cultivos. Sé que es un riesgo grave. Los utilizo porque no me cuestan nada”.

Rodobaldo reconoce que ellos han tenido la voluntad de utilizar abonos orgánicos como la cachaza, que es otro residual de la zafra. Sin embargo, de hacerlo tendría pérdidas, porque la cachaza le parece muy cara y no tiene cómo regarla en el campo.

En su tesis “Buenos suelos en extinción: la degradación de los suelos ferralíticos rojos en el occidente de Cuba”, de 2014, el Dr. Cs. José M. Febles González destacó que durante los últimos 30 años los suelos ferralíticos rojos de Mayabeque y Artemisa han presentado una degradación intensa. “No obstante, la literatura especializada continúa clasificando a este tipo de suelo como ‘no erosionados’, lo cual ha propiciado la degradación secuencial de los suelos más productivos de Cuba”.

Ana Julia Castillo, jefa de sección de la delegación del CITMA en el municipio, se encarga de hacer cumplir las disposiciones del CITMA y su delegación provincial. Las medidas orientadas para reducir la carga contaminante del central comenzaron a implementarse en 2015. Ahora se les están realizando monitoreos a los desechos líquidos y hace un tiempo comenzó la construcción de dos lagunas de oxidación, de un sistema de fertirriego, de trampas de grasa y la gestión de los residuales sólidos como el bagazo. En las lagunas deben sedimentarse los materiales pesados, de manera que el agua, al pasar al riego, se encuentre apta para ser utilizada en los sembrados.

Días antes de que comenzara una nueva zafra en noviembre de 2016, la obra aún no estaba terminada. “Si no hay una respuesta a los residuales, no va a moler el central”, dijo Ana Julia en aquella ocasión.

Pero la decisión no le correspondía al CITMA del municipio, sino al CITMA y al Gobierno provinciales, o al Consejo de Estado. El 15 de noviembre de 2016, pitaron las calderas para anunciar el inicio de la molienda. Los residuales eran, entonces, un problema menor en comparación con el costo de tener un central paralizado.

En cada municipio hay un Centro de Higiene y Epidemiología. Pastor Soto Fernández es uno de los especialistas de esa institución en San Nicolás de Bari. Según explica, para ellos es casi imposible monitorear desde una mirada integradora la actividad del central. No cuentan con ningún equipo para medir la calidad del aire, los niveles de ruido ambiental, la contaminación de los suelos ni la agresividad de los residuales.

El propio central no tiene conocimiento de en qué medida está reduciendo su carga contaminante, según explica su director, el ingeniero químico Alexis Rodríguez. Las pruebas de laboratorio se realizan para controlar que los valores de acidez de las aguas se mantengan en un nivel que les permita seguir produciendo. Fuera de las aguas no se mide otra cosa. Se espera que con las lagunas de oxidación y la construcción del fertirriego haya un resultado evidente a corto plazo, pero sin los números no hay cómo atestiguarlo.

Alexis reconoce que aún no están en condiciones de cumplir con las políticas ambientales. Lleva dos años dirigiendo la central Héctor Molina y no ignora que se encuentra en el peor ingenio de Cuba, “o en el que dicen que es el peor”.

“Primero hay que demostrar que hace azúcar. Luego hay que desarrollar una cultura por el ahorro de los portadores energéticos y el agua. A eso tiene que estar encaminado el sistema. Y a que la gente se sienta contenta”.

El central es la principal fuente de empleo del municipio. La mayoría de los trabajadores depende de que haya zafra. Todos saben que si el central se para, si lo cierran por ineficiente, habrá un batey fantasma, como ya pasó en otras villas.

Antes de dirigir el central, Alexis estuvo al frente de la destilería. En 2016, ganó un premio del CITMA por crear una planta que aprovecha los residuales de esta industria en la elaboración de alimentos para cerdos. Asegura tener una vocación hacia la preservación del medioambiente, pero ahora se le presentan desafíos más urgentes: “Tengo que hacer azúcar para hacer dinero”.

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