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¿Qué legado deja Tata Genaro, el agricultor que resucitó la lengua náhuat?

Genaro Ramírez en Santo Domingo de Guzmán, El Salvador. Con permiso del Colectivo Tzunhejekat.

La comunidad náhuat hablante de El Salvador lamentó el fallecimiento de Genaro Ramírez, el salvadoreño que soñaba con que el náhuat siguiera vivo. Fue el primer profesor de la lengua, pero no el último, pues a través de su dura labor Ramírez dejó un legado importante en la revitalización de su idioma ancestral.

El náhuat pipil sólo lo hablan 200 salvadoreños, según la UNESCO. La gran mayoría de ellos viven en un pequeño poblado llamado Santo Domingo de Guzmán, o Witzapan, en náhuat. Este es el pueblo natal de Genaro y donde trabajó por la regeneración del idioma durante más de 40 años. Impartía clases gratis todos los días de la semana, de 8:00 am a 5:00 pm. Tenía una misión. En palabras del mismo Genaro:

(…) entendí qué era aquel hoyo que por tanto tiempo sentía en el pecho. Así que tiré mis fierros ahí en la milpa porque sentí que ya no podía seguir así, y […] me dije: ‘Yo debo enseñar el náhuat aunque me muera de hambre

Antes de Genaro, no había profesores de náhuat. La comunidad indígena salvadoreña había entrado en un largo silencio desde 1932, cuando 30 mil personas, en su mayoría náhuat pipiles, fueron ejecutadas por el ejército por haberse rebelado por la falta de comida durante la revuelta popular que marcó al país en 1932. El levantamiento fue también una revuelta campesina, guiado en parte por el Partido Comunista de El Salvador, que denunció su derrota en las elecciones como un fraude electoral. Los eventos, recordados comúnmente entre sus actores como La Matanza son centro de numerosos debates aún hoy.

Global Voices conversó con Werner Hernández, miembro del Colectivo Tzunhejekat, un proyecto que busca difundir la lengua Náhuat a través de diferentes medios y visibilizar sus hablantes nativos. Hernández, el también alumno y amigo cercano de Genaro Ramírez, comenta sobre la situación de la comunidad indígena salvadoreña:

“[la comunidad indígena] se quedó afectada, se escondió. Ellos cambiaron sus apellidos, su vestimenta… su idioma. Todos todavía hablaban [el náhuat] en voz baja cuando surgió Genaro, el primer profesor de náhuat. Sabía que había nacido para eso.”

Hernández explicó también que el primer profesor de náhuat no solamente logró redimir el orgullo del pueblo indígena pipil por su identidad, cultura e idioma, sino que derrumbó los muros que habían entre la comunidad pipil y el resto del país. Construyó puentes con el exterior. Fue así que otros salvadoreños, como Werner, pudieron descubrir una parte escondida de su identidad:

“Me ha abierto las puertas a una experiencia maravillosa de conectarme, conmigo mismo, como salvadoreño. Así decimos en nuestro colectivo [Tzunhejekat]: el salvadoreño que habla el náhuat mira el país en tres dimensiones, porque podemos entender nuestra realidad más allá de las palabras.”

Werner recuerda también cómo el idioma náuat es también la puerta a un universo cultural extenso: “Hay ciertas matices y colores que sólo hablando la lengua se entienden. No es lo mismo ir a ver un ballet que leer una nota del espectáculo, o leer un poema traducido.” Esta reflexión se incorpora también al debate en el país sobre la necesidad de invertir recursos en la idioma ancestral. “El valor y el precio [económico] no es lo mismo”, añade Werner.

Genaro inspiró a una nueva generación de profesores de náhuat, lanzó el entusiasmo por la documentación de la idioma, rompió tabúes y además dio a conocer el idioma en todos los niveles políticos del país:

Hoy, por el entusiasmo que generó, hay iniciativas digitales que ayudan a diseminar el idioma y a proteger la cultura indígena pipil. Hay colectivos, como Tzunhejekat y la Iniciativa Portadores del Náhuat, sitios web lingüísticos como Tushik y su grupo en Facebook, blogs en lengua Náhuat como Chachalaka, y esfuerzos individuales por YouTube:

Genaro Ramírez dejó un terreno propicio para la supervivencia del náhuat. “La pérdida de Don Genaro es la firma de nuestro compromiso por revitalizar el idioma,” concluye Werner Hernández.

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