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Entre mundos: La complicada vida de una joven japonesa que regresó a su país

«Entonces, si no hablas japonés —dijo—, es que no eres japonesa». Fotografía: Shibuya, Tokio, por S. (CC BY-SA 2.0) vía Flickr.

Se cree que vivir en diferentes países durante la etapa escolar es toda una bendición. Sin embargo, de lo que la gente no se da cuenta, es de que esa bendición lleva implícita una maldición.

Nací en Tokio, y viví inmersa en la cultura japonesa hasta que tuve seis años. Después, debido al trabajo de mi padre en una empresa, tuvimos que mudarnos a Nueva York. Él se marchó primero, y mi madre y yo esperamos a que terminase el año escolar. Aún conservo un álbum repleto de mensajes de despedida de mis compañeros de clase, donde me deseaban suerte y expresaban su esperanza de volver a verme a mi regreso.

Los primeros meses en Nueva York fueron una pesadilla. No sabía inglés, y no entendía una palabra de lo que mis maestros y compañeros de clase decían. Mi maestra se desesperaba tanto conmigo que me mandaba al pasillo durante 30 minutos para que los demás no se distrajeran con mis llantos. Los únicos apoyos con los que contaba en la escuela eran el de una maestra japonesa de inglés, que me ayudaba siempre que le era posible, y una amiga «medio japonesa» usaba, lo mejor que podía, su limitado japonés, para echarme una mano. Mi madre estaba preocupada por mí, de modo que me buscó un maestro particular de inglés. Como era muy pequeña, no tardé mucho en absorber el idioma. Cuando empecé primero de primaria, después de todo un año escuchando inglés sin hablarlo, ya podía hablar y escribir en inglés.

Los siguientes años pasaron volando. Cada vez tenía más fluidez en inglés, hasta el punto de que lo prefería al japonés. Hice muchos amigos estadounidenses y adopté sus intereses: High School Musical, ropa de la marca The North Face, fiestas de pijamas. Pero, a medida que fueron pasando los años, fueron llegando más niños japoneses a la escuela. Conforme interactuaba con ellos, empecé a sentirme como si fuese estadounidense, pero, a la vez, japonesa de corazón.

Justo cuando mejor estaba, el sueño se desvaneció. Transfirieron a mi padre de nuevo a Japón, y, como es lógico, a nosotros con él. Lloré a mares. Nunca olvidaré la fiesta de despedida con pizzas que mis amigos me hicieron el último día de colegio. Les prometí que seguiríamos en contacto y que nos veríamos de nuevo. Tenía entonces 10 años.

Al volver a Japón, no era más que una «extranjera». Tuve que familiarizarme con actividades tan cotidianas como tomar el tren u orientarme por las calles de la ciudad. Pero el mayor cambio estaba en las personas que creía conocer, que se mostraban diferentes y distantes. Había una escuela de educación primaria anexa a mi antigua guardería, de modo que asistía a clase por la misma zona que antes. Pero solo conocía a la mitad de la clase. A pesar de eso, pensé que no tendría ningún problema para integrarme.

No podía estar más equivocada. El primer día de clase, mi mejor amiga de la guardería me presentó a su círculo de amigas como «la chica que había estado en Estados Unidos». Cuando me preparaba para los exámenes de ingreso a secundaria en inglés, mientras el resto los preparaba en japonés, mi tutor me pidió que no estudiase inglés en clase porque ponía nerviosos a los demás alumnos. Lo peor era la clase de inglés. Recuerdo que un día estábamos estudiando los diferentes tipos de peces, y la profesora, que era japonesa, nos dijo que «bacalao» en japonés se traducía como «salmón» en inglés. Cuando la corregí, me acusó de «interrumpir» la clase y hacer que los demás no aprendiesen, y me mandó callar. A partir de ese momento, dejé de participar en la clase de inglés. Cuando recibí el boletín de notas, vi que mi nota de inglés era baja por «no participar». Todo esto también me afectó fuera del ámbito escolar: me volví más desconfiada y me daba miedo hablar inglés en público.

La secundaria a la que asistí cuando tenía 11 años favorecía a los niños que habíamos vivido fuera de Japón, así que creí que la discriminación cesaría. Pero como éramos tantos, el colegio resultó ser un lugar aun más cruel si cabe. En mi grado había seis clases. A los niños que habíamos vivido en el extranjero se nos puso en dos de esas clases, mientras que los estudiantes «normales», que habían entrado a través del examen en japonés, se los dividió entre las seis clases. La mitad de mi clase estaba compuesta por niños que habían vivido en otro país, de los que enseguida me hice amiga, ya que todos habíamos sufrido una discriminación similar en primaria y nos entendíamos. Sin embargo, los otros estudiantes no veían con buenos ojos nuestra amistad, ni el hecho de que hablásemos inglés entre nosotros, o que nuestro examen de ingreso fuese más fácil que el de japonés. En apariencia, eran educados con nosotros, pero luego nos criticaban a nuestras espaldas y juzgaban todo lo que hacíamos. Recuerdo claramente que una vez hicieron una lista en mi clase de los que habíamos vivido en el extranjero y nos clasificaron del más «soportable» al menos, luego nos la enseñaron y se burlaron de nuestras reacciones. A algunos los traumatizó tanto que lo borraron de su memoria.

Lo único positivo de mi primer año de secundaria fue poder contar con un grupo de amigos en los que podía confiar. Después de no haber tenido a nadie con quien compartir mis experiencias, por fin tenía amigos que me entendían y que sabían por lo que estaba pasando.

Mi segundo año de secundaria fue algo más relajado. Para entonces, muchos ya éramos lo suficientemente mayores como para reconocer que criticar no solucionaba nada. La secundaria se volvió divertida, e incluso comencé a tener amigos que no habían estado fuera. Pero, a pesar de que mis problemas en clase habían terminado, comencé ahora a sentirme juzgada por la sociedad. Cuando mis amigos y yo hablábamos inglés en público, los adultos se nos quedaban mirando, cuchicheaban, e incluso, nos señalaban. Como nuestra manera de vestir era distinta de la habitual en los adolescentes japoneses, la gente miraba con descaro nuestros pantalones extremadamente cortos, o nuestros tops, que dejaban a la vista el ombligo. En los restaurantes, hablábamos inglés entre nosotros, pero pedíamos en japonés, y los camareros nos miraban como si fuésemos de otro planeta.

Entonces, recibimos la noticia de que teníamos que mudarnos otra vez, esta vez a Australia, durante dos años, debido al trabajo de mi padre. Por un lado, me daba pena dejar a mis nuevos amigos, unos amigos que me entendían; pero, por otra parte, me sentía emocionada ante la perspectiva de alejarme por un tiempo de la mirada crítica de la sociedad japonesa, convertirme en la persona que era realmente, y ser quien quería ser.

En Australia, hice nuevos amigos. No me juzgaban y me sentía muy cómoda con ellos. Mi colegio y mis compañeros me animaban a hacer cosas nuevas y a perseguir mis sueños. Creo que esto me ayudó a entender mejor quién soy yo realmente, algo que me fue imposible descubrir en Japón.

Poco a poco comencé a perder contacto con Japón. Seguí estando al tanto de las noticias, y en contacto con mis amigos, porque todas esas cosas formaban parte de mi identidad, pero comencé a desprenderme de ciertos valores y juicios sobre la gente, y empecé a ver a los demás a través de un prisma más imparcial.

Esos dos años pasaron volando, y antes de que pudiera darme cuenta, llegó el momento de volver. Volví a Japón con muchos contactos y un gran autoconocimiento bajo el brazo, lista para incorporarlos a mi vida en Japón. Esperaba que la gente de mi país hubiese madurado y que notasen el concepto que ahora tenía de mí misma.

Pude percibir el cambio en mucho compañeros de secundaria —quienes no solo nos aceptaban, sino que confiaban en nosotros y buscaban nuestro apoyo—, pero no era el caso del resto de la sociedad japonesa. En retrospectiva, debido a que ahora era aun mayor, podía sentir esa diferencia incluso de un modo más acentuado.

Cuando tenía 16 años, recuerdo que estaba con una amiga en una pequeña tienda local estudiando para el examen de Historia Universal para el SAT (examen para admisión universitaria en Estados Unidos). Discutíamos sobre la Revolución Francesa, cuando un anciano se acercó a nuestra mesa y nos preguntó si éramos japonesas. Le contesté, de un modo bastante educado, que sí lo éramos. Entonces, nos preguntó por qué estábamos estudiando y hablando en inglés. Le respondimos qué tenía de malo, y su contestación, a mi modo de ver, encarna a la perfección la actitud japonesa hacia todo lo que no es japonés. «Entonces, si no hablas japonés —dijo—, es que no eres japonesa. Si hablas inglés, o francés, o lo que sea que estés hablando, ¡lárgate de mi país! ¡Búscate otro lugar donde vivir! Nadie te quiere aquí. ¡No perteneces a este lugar!». Sus palabras me pillaron por sorpresa, ni yo ni mi amiga pudimos hacer acopio de valor para idear una respuesta a tal ilógica, retrógrada y ofensiva conclusión de ese hombre que se había acercado a nosotras simplemente al ver la caligrafía de la portada de nuestro libro del SAT.

Algo similar ocurrió cuando una amiga y yo hablábamos inglés en la estación de tren, como de costumbre, y nos chocamos con una viejecita. Nos disculpamos en japonés, a lo cual ella contestó: «¿Así que eres japonesa? Pues entonces habla en japonés, ¡extranjera!».

En los dos años que pasé en el extranjero, puedo decir que la sociedad japonesa no solo no logró cambiar, sino que empeoró. Debido al elevado número de turistas que visitan Japón, entre otros factores, el sentimiento nacionalista de los japoneses parece haberse hecho más fuerte, en particular entre la gente mayor.

Ahora, sin embargo, no puedo tener un concepto diferente de mí misma que el de una persona que ha vivido en el extranjero y ha regresado a su país. Todo lo que soy y todo lo que hago es fruto de mis experiencias en otros países. Ahora tengo una perspectiva más amplia de todo, y entiendo que existen muchas culturas y puntos de vista diferentes en el mundo. Para algunos amigos —que nunca salieron de una sociedad monocultural como la japonesa— puede ser algo difícil de entender, pero sé que puedo contar con el apoyo de los otros amigos que tuvieron mis mismas vivencias. Como somos pocos, nos sentimos muy unidos. Tal vez la sociedad japonesa nos siga criticando, pero sé que siempre tendré el apoyo de quienes, como yo, alguna vez vivimos fuera de este país.

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