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Equipo femenino desentierra el olvidado legado de las mujeres «computadoras» de Harvard

La conservadora Lindsay Smith Zrull ilumina una placa fotográfica de vidrio de una sección del cielo. Smith Zrull descubrió recientemente varias cajas de cuadernos pertenecientes a mujeres astónomas que estudiaron placas de este tipo datadas a partir de 1885. Foto de Alex Newman/PRI.

Este artículo de Alex Newman se publicó originalmente en PRI.org el 27 de julio de 2017, y se reproduce aquí en el marco de la asociación entre PRI y Global Voices.

En un atestado sótano de la Universidad de Harvard, un equipo de mujeres documenta la rica historia de sus predecesoras.

Más de 40 años antes de que las mujeres estadounidenses consiguieran el derecho a votar, ya trabajaban en el Observatorio de la Universidad de Harvard como «computadoras», la versión astronómica de las matemáticas de la película Hidden Figures.

Entre 1885 y 1927, el observatorio empleó a unas 80 mujeres que estudiaban  fotografías en placas de vidrio de las estrellas, y que hicieron importantes descubrimientos. Encontraron galaxias y nebulosas, y crearon métodos para medir distancias en el espacio. A finales del siglo XIX eran famosas: aparecían en la prensa y publicaban artículos científicos con sus propios nombres. Sin embargo, en el siglo siguiente cayeron prácticamente en el olvido. Pero el reciente descubrimiento de cientos de páginas con cálculos de estas científicas por parte de un moderno equipo de mujeres que trabaja en el mismo espacio ha reavivado el interés en su legado.

Rodeada por numerosas vitrinas atiborradas de fotografías en placas de vidrio del cielo, la conservadora Lindsay Smith Zrull muestra con orgullo lo mejor de la colección.

«Tengo las iniciales, pero aún no he identificado a quién pertenecen», dice Smith Zrull, mientras señala una placa de vidrio del tamaño de un folio con notas escritas en distintos colores. «Cualquier día descubriré quién es M.E.M.».

Un grupo de mujeres computadoras se dan la mano en esta fotografía de 1918, que Smith Zrull llama «foto de las muñecas de papel». A la izquierda se ve a Edward Pickering, que las contrató. Cortesía del almacén de placas del Observatorio de la Universidad de Harvard.

Cada placa de vidrio se almacena en una funda de papel, y se marca con las iniciales que especifican quién trabajó con ella, pero durante décadas nadie mantuvo el seguimiento de los nombres completos de estas mujeres. Así que hace unos 18 meses, Smith Zrull comenzó una hoja de cálculo a la que va añadiendo las iniciales que descubre, y después intenta hallar los nombres completos en los registros históricos de Harvard.

«Poco a poco voy encajando quién es quién, quién estaba aquí en esa época, qué estudiaban», dice Smith Zrull, que ha descubierto unos 130 nombres, y aún tiene 40 por identificar.

No todas son computadoras. Su lista incluye asistentes, y en algunos casos, esposas de astrónomos que ayudaron a sus esposos en su trabajo.

La conservadora asistente Anne Callahan inspecciona una placa antes de limpiarla para escanearla. Se asegura de que los metadatos de la funda de papel se introduzcan correctamente en el ordenador antes de enviarla para su limpieza y escaneado. Foto: Alex Newman/PRI.

«Sabíamos que había al menos 80 mujeres que trabajaron en las placas fotográficas en este mismo espacio, un número sorprendente, considerando que las mujeres todavía estaban intentando conseguir la aprobación social para asistir a la universidad, por no hablar de trabajar en temas científicos», dice Smith Zrull.

En el Almacén de Placas del Centro Smithsonian de Astrofísica de Harvard —la versión moderna de lo que en su época se llamó Observatorio de la Universidad de Harvard— Smith Zrull supervisa el proyecto de digitalización que pondrá estas placas de vidrio a disposición del mundo. Desde 2005, esta colección de más de medio millón de placas, realizadas entre 1885 y 1993, se trata con un escáner hecho a su medida. El equipo escanea diariamente 400 placas —actualmente van por la mitad—, y Smith Zrull estima que quedan unos tres años de esta labor.

‘La gente olvidó que estaban ahí’

En 2016, Smith Zrull fijó su atención en unos 30 cuadernos almacenados con las placas, que pertenecían a las mujeres computadoras.

«Comencé a darme cuenta que muchos de estos cuadernos se habían perdido», dice. «Empecé a investigar y acabé por encontrar pruebas de que podría haber cajas almacenadas fuera de aquí, algo bastante común en las bibliotecas de Harvard».

Smith Zrull encontró 118 cajas, cada una con entre 20 y 30 cuadernos de las mujeres computadoras y de astrónomos anteriores a la invención de la fotografía, que habían hecho dibujos a mano de la luna y los planetas.

«Cuando estaban almacenadas, la gente no sabía que existían», dice Smith Zrull. «Como por aquí han pasado numerosos conservadores, supongo que en algún momento olvidaron que estaban allí. Ahora que sabemos de su existencia, podemos poner su contenido a disposición del público, se puede catalogar en una biblioteca, para que la gente lo encuentre».

Los cuadernos habían sido trasladados del almacén de placas a otra biblioteca y después a un depósito de libros, y se perdieron para la historia hasta que Smith Zrull comenzó a buscar información sobre las mujeres computadoras.

Para recuperar su legado, recabó la ayuda de especialistas de la biblioteca Wolbach del Centro de Astrofísica. Los bibliotecarios se prepararon para examinar las cajas a mano y comenzaron el intensivo proceso de catalogarlas: el Proyecto PHAEDRA (acrónimo de «Preservar los Datos e Investigaciones Antiguas de Astronomía en Harvard»).

‘Vaya, hemos encontrado una mina’

Smith Zrull hizo otro descubrimiento en el almacén de placas: un catálogo de los libros escrito a mano que databa de 1973.

«En algún momento de 1973, alguien que asumimos de llama ‘Joe Timko’ revisó todas esas cajas objeto a objeto y registró toda la información que encontró», dice la bibliotecaria jefa Daina Bouquin. «No tenemos ni idea de porqué se hizo o qué fue de la persona que lo llevó a cabo, pero pensamos ‘estupendo, hemos encontrado un filón'».

Sobre encontrado por Smith Zrull en el almacén de placas que contenía un catálogo a mano de todos los cuadernos de las mujeres computadoras, compilado por un tal Joe Timko en 1973. Foto: Alex Newman/PRI

Alguien encontró una versión escrita a máquina del catálogo de 1973, adornada con un pequeño papel donde se leía: «¡Por fin terminado ! Rachel». En la última página había una URL escrita a mano de una hoja de cálculo albergada en un servidor de Harvard que no se utilizaba desde 2001.

Este descubrimiento ahorró meses de trabajo en el proyecto de digitalización, años incluso.

«Pasamos de no tener ni un solo metadato, unos 30 caracteres por caja, a poseer metadatos de cada objeto mecanografiados y legibles a máquina, que podíamos editar, limpiar y convertir en registros reales», explica Bouquin. «Estamos muy agradecidos a Joe Timko y también a Rachel, sean quienes sean».

La biblioteca ha completado la transcripción de unos 200 volúmenes. En la actualidad, en la web del Centro Smithsonian de Transcripción están listados los cuadernos de dos mujeres. Quedan muchos por listar —cerca de 2300 de los 2500 cuadernos—, pero el trabajo ya ha comenzado. Bouquin espera que el público ayude a transcribir los cuadernos, pero advierte que pasarán años antes de que todo sea legible.

«Se podrá hacer una búsqueda de texto completo en esta investigación», dice Bouquin. «Si se busca Williamina Fleming, no se encontrará solo una mención de esta mujer en una publicación de la que no es autora, sino que se encontrará su trabajo».

Bouquin, a la izquierda, y Smith Zrull, a la derecha, muestran una imagen original de Williamina Fleming posando en el almacén de placas para una foto tomada en 1891, la primera imagen utilizada en el libro «The Glass Universe» de la autora Dava Sobell (2016). Según Smith Zrull, se tata de una pose porque la ventana está cerrada y la herramienta que Fleming utiliza solo funciona a la luz del día. Foto: Alex Newman/PRI.

‘Ella es quien realmente lo encontró’

Fleming es la primera mujer computadora que se hizo famosa. Emigró a Estados Unidos desde Escocia a finales de la década de 1870. Su marido la abandonó cuando esperaba un hijo, y ella comenzó a trabajar como doncella en casa de Edward Pickering, el director del observatorio. En 1881, Pickering contrató a Fleming para trabajar en el observatorio, donde ella descubrió la nebulosa Cabeza de Caballo, desarrolló un sistema para clasificar estrellas según el hidrógeno observado en su espectro, y lideró a otras mujeres computadoras.

La biblioteca Wolbach inauguró una nueva vitrina a principios de julio, donde se expone el trabajo de Fleming. En la vitrina pueden verse páginas de su diario, además de mostrar su labor con las placas, la nebulosa y el libro de apuntes que refleja este descubrimiento.

La vitrina de la biblioteca Wolbach muestra páginas del diario de Fleming, un retrato de la científica elegido porque la describe comprando un sombrero, y uno de los registros recientemente descubiertos, abierto por la página en la que se menciona la nebulosa Cabeza de Caballo por primera vez. Cortesía de Daina Boquin, biblioteca Wolbach.

«Cuando se descubrió [la nebulosa Cabeza de Caballo], era solo una pequeña ‘zona de nebulosidad en una cavidad semicircular'», dice la bibliotecaria Maria McEachern, que ha ayudado al equipo a revisar los cuadernos para encontrar las partes más interesantes. «Así se describió en su momento. No fue sino muchos años después cuando se conoció como nebulosa Cabeza de Caballo, y se atribuyó el mérito a un científico de otra institución que le dio el nombre. Ha sido en época muy reciente cuando se investigó y descubrió que fue ella quien realmente la encontró».

Pero Fleming fue solo la primera en hacerse famosa.

Pickering contrató a Henrietta Swan Leavitt en 1895. Le encargó que midiera y catalogara el brillo de las estrellas. Su principal descubrimiento: el método que permite a los astrónomos medir las distancias en el espacio, conocido hoy como «Ley de Leavitt», en un intento por reconocer su labor.

Annie Jump Cannon se unió al observatorio en 1896, y trabajó allí hasta 1940. Cannon creó el Sistema Harvard de clasificación de estrellas, base del sistema que se usa en la actualidad.

Cecilia Payne-Gaposchkin llegó al observatorio en 1923, y obtuvo su doctorado en Radcliffe en 1925, pero le costó ser reconocida por Harvard. Durante años no gozó de puesto oficial, y trabajó de asistente técnico del entonces director, Harlow Shapley, entre 1927 y 1938. Hasta mediados de los años 50 no se convirtió en profesora de pleno derecho, y más tarde, en la primera mujer en dirigir un departamento de Harvard.

Los cuadernos de Payne-Gaposchkin serán los próximos en ser escaneados y enviados para su transcripción (los de Leavitt y Cannon se encuentran ya en proceso de ser transcritos).

‘Siempre han estado aquí’

«Me gusta pensar que la resiliencia nos hace llegar lejos, pero creo que algunas de estas mujeres exceden lo que consideramos superar las dificultades», dice Bouquin.

Tanto ella como Smith Zrull desean dar a las jóvenes ejemplos como el de las computadoras de Harvard: modelos de mujeres poco conocidas en su juventud.

«Miren a Sally Ride, miren las mujeres modernas que la gente asocia con las ciencias espaciales, pero van mucho más allá», dice Bouquin. «Siempre han estado allí. Siempre que podían, estaban allí».

Smith Zrull —que de joven aborrecía la historia— dice que le costó encontrar mujeres que la estimularan.

«Lo cierto es que me llevó mucho tiempo comenzar a encontrar mujeres que se sintieran como yo, que hubieran hecho cosas importantes», dice. «Creo que las mujeres necesitan saber que no están solas, que pueden hacer cualquier cosa».

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