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El deshielo acabó: La nueva ola de represión en Bielorrusia

Protesta de la oposición en Bielorrusia en 2007. Fuente: Wikimedia Commons.

La historia de protesta en Bielorrusia es breve: el presidente Alexander Lukashenko, a quien llaman “el último dictador de Europa”, ha estado suprimiendo ferozmente a los disidentes desde que asumió el poder en 1994. Solo se han producidos dos grandes protestas desde el año 2000: en 2006 y en 2010, cuando activistas de la oposición protestaron contra lo que denominaron elecciones presidenciales injustas. Ciertamente, observadores internacionales informaron sobre numerosas violaciones durante esas elecciones, en las que Lukashenko ganó por amplio margen.

Aunque hay pequeñas protestas con cierta frecuencia, con activistas que llevan banderas rojas y blancas y los “símbolos prohibidos” del escudo de armas Pahonia, que fueron el emblema oficial de Bielorrusia desde 1991 hasta 1994, estas congregaciones por lo general pasan desapercibidas y los activistas terminan arrestados. En realidad, las autoridades arrestan a casi todos los que participan en protestas callejeras, y eso alcanza para evitar que la gran mayoría de bielorrusos se una. Se han acostumbrado a soportar la adversidad sin decir una palabra; todos saben que ser franco puede hacer que los despidan de sus trabajos, que se les niegue el ingreso a la universidad o que los arresten.

No obstante, hace casi dos años, la situación empezó a cambiar ligeramente. Después de la anexión de Crimea y de la Guerra en el Donbáss, Lukashenko empezó a preocuparse por su propio futuro; como una gran cantidad de bielorrusos habla ruso, nadie podía estar seguro de que Rusia dejaría sola a Bielorrusia.

Las protestas de los bielorrusos contra el “impuesto parásito social”, la pobreza y el alto desempleo. Captura de pantalla: YouTube.

Estas preocupaciones, combinadas con cuestiones económicas, resultaron en una disputa entre Minsk y Moscú: Lukashenko, que siempre jugó para los dos lados, empezó a coquetear más con Occidente; permitió que la oposición ganara dos bancas en el Parlamento y liberó presos políticos.

Como parte de esta abrupta liberalización, se ordenó a la policía dejar de detener manifestantes. Ni siquiera detuvieron a quienes llevaban símbolos prohibidos, simplemente se les multó y envió a casa. Este deshielo político tuvo un efecto notorio, los bielorrusos comenzaron a darse cuenta de que podían expresar su descontento y salirse con la suya.

Parásitos sociales

Hacia 2015, era claro que la economía de Bielorrusia estaba destrozada. Profundamente unida con Rusia, Bielorrusia fue víctima de la enorme caída de precios del petróleo en 2014. Muchos bielorrusos, sobre todo jóvenes, se fueron a trabajar al extranjero, principalmente a Rusia. Desde enero de 2015, más de un millón de bielorrusos ha trabajado en el extranjero, según el Banco Mundial. Para dar una perspectiva, hay sólo 9,5 millones de personas en todo el país de Bielorrusia, según la estadística oficial.

A Lukashenko no le agrada que tantos bielorrusos trabajen en el extranjero, pues no pagan impuestos pero siguen recibiendo beneficios sociales. En 2011, dijo que la gente no debería recibir asistencia médica gratuita, educación, o subvenciones de alojamiento si trabajaban en el extranjero. Como resultó ser muy difícil poner en práctica esta noción como una política, las autoridades inventaron un nuevo modo de imponer contribución a los que trabajan en el extranjero: un impuesto de 200 dólares por año por “parásitos sociales”.

En Minsk, cerca de 2000 personas participaron en la protesta “No somos parásitos”.

Los bielorrusos que no tengan un empleo en el país durante seis meses deben pagar el llamado “impuesto para parásitos”. Quienes tengan empleos de poco calificados y mal remunerados en Rusia (principalmente trabajadores de la construcción) por lo general no están registrados, por lo tanto entran en esta categoría, al igual que quienes ha perdido sus empleos, o que por cualquier razón no pueden asegurarse un empleo.

El impuesto para parásitos sociales enfadó a este grupo, y los llevó a las calles a expresar su descontento. Los manifestantes agitaron ciudades donde no había habido protestas de oposición durante años. Las autoridades incluso permitieron a los activistas organizar una gran concentración en Minsk en febrero. La gente marchó por el centro de la ciudad al grito de “el presidente es el parásito principal” y “Lukashenko, márchate”.

Pero aunque muchos esperaron que el deshielo posterior a Crimea pudiera traer un cambio duradero, las autoridades rápidamente retomaron su táctica represiva para suprimir el desacuerdo.

El deshielo llegó a su fin

El 25 de marzo, la oposición proeuropea celebró el Día de Libertad, día festivo no oficial que conmemora la creación de la República Popular Bielorrusa en esa fecha en 1918. El descontento social extendido y el nuevo impuesto para parásitos hizo que muchos creyeran que más de 10.000 personas participarían en la manifestación de Día de Libertad de este año, que por lo general convoca a poco miles de personas, en su mayoría de la intelectualidad liberal. Y efectivamente, si la oposición bielorrusa hubiera podido llevar miles de personas a las calles, habría sido una victoria simbólica importante.

Pero las autoridades no dejaron que ocurriera: varios días antes del Día de Libertad empezaron las detenciones preventivas, con varios activistas y líderes de la oposición encarcelados durante 15 días por participar en las protestas contra el “parásito social”.

El 20 de marzo, los medios de comunicación gubernamentales informaron que un camión identificado cargado de armas y explosivos había tratado de cruzar la frontera bielorrusa desde Ucrania. No obstante, los guardias de la frontera ucraniana sostienen que el camión nunca cruzó su frontera, lo que sugiere que la historia había sido inventada para provocar miedo. Al día siguiente, Lukashenko anunció que las autoridades habían atrapado a “una veintena de luchadores armados” que habían sido entrenados en campos de Ucrania financiados con dinero transferido por Lituania y Polonia. Su objetivo, dijo, era derribar al Gobierno de Bielorrusia, incluido su presidente.

El 21 de marzo Lukashenko anunció que “una veintena de luchadores armados” habían sido detenidos en Bielorrusia.

Las detenciones comenzaron inmediatamente después del discurso de Lukashenko, la policía detuvo a varias docenas de personas, muchas eran activistas políticos desde hace años. Varios días después liberaron a algunos; acusaron a nueve personas de provocar disturbios civiles.

Bloque de policía antidisturbios la calle durante una protesta de la oposición en Minsk. Fuente: Wikimedia Commons.

Mientras tanto, continuaron los preparativos para la manifestación del Día de la Libertad, a pesar de que el Gobierno no había autorizado la protesta y de que los organizadores estaban en prisión por organizar otras reuniones. El 25 de marzo, la policía bloqueó el acceso en donde se había programado realizar la protesta, mientras se congregaban cientos de personas cerca de la plaza Yakub Kolas. Parecía que las autoridades estaban listas para una guerra. La ciudad estaba llena de autos de la policía y patrullas. Incluso llevaron cañones de agua y vehículos para retirar barricadas.

La policía antidisturbios rápidamente bloqueó la calle donde se había reunido la gente y comenzó a detener a todos, incluso ancianos, mujeres y periodistas (a pesar de que se podía oír por la radio la orden de no detener a los periodistas). La protesta terminó en aproximadamente 15 minutos, con unas 700 personas detenidas.

Y el deshielo había llegado a su fin también. Lukashenko seguirá intentando apoyar a Occidente porque necesita el dinero, aunque tras las protestas, no se sabe cómo reaccionarán quienes se supone deben proporcionar ese dinero. Pero ahora queda claro que el régimen en Bielorrusia no ha cambiado; solo finge ser democrático para conseguir lo que quiere.

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