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Estimados cinéfilos tanzanos, tu industria cinematográfica local necesita de tu apoyo

El reparto y el equipo de producción de T-Junction, película tanzana que ganó tres premios en la vigésima edición del Festival de Cine Internacional de Zanzíbar. Fotografía cortesía de Amil Shivji.

El 16 de junio de 2017, la vigésima edición del Festival de cine Internacional de Zanzíbar (ZIFF, por sus siglas en inglés) finalizó con una ilustre noche de galardones para mi película, T-Junction, que fue honrada con el premio más importante de la velada: mejor largometraje. En total, obtuvimos tres premios, incluido el de mejor actriz para Hawa Ally, la protagonista de la película.

Considerando el número de largometrajes internacionales que se proyectaron en el festival y la cantidad de delegados y cineastas que asistieron, debería estar desbordando de alegría después de tal éxito.

La producción cinematográfica en Tanzania data de la década de 1980, cuando el Gobierno financiaba las producciones, no obstante el fenómeno de las “películas Bongo”, como llamamos a las películas hechas en casa, demostró su valor a principios de los años 2000. El sector es ahora el segundo más importante después de Nigeria, en lo que se refiere a volumen de producción; algunas fuentes sugieren que existen aproximadamente 500 películas de producción local cada año. Por esas razones, esperaba ver más compatriotas en el festival.

Llegué a la industria por coincidencia. Quería ser periodista. Cuando me preparaba para ir a la universidad, me topé con un anuncio publicitario sobre una beca para estudiantes africanos en la Universidad de York, en Toronto. Envié mi solicitud, y a su debido tiempo, recibí un correo electrónico que me informaba que la había obtenido. De lo que no me percaté fue que en lugar de ser para periodismo, sin pensar había escogido el cine como mi especialización.

De todas maneras, fui a Canadá, y me llevó poco tiempo enamorarme de las películas. Me devoré el trabajo de los magos de la cinematografía, como los maestros senegaleses Ousmane Sembène y Djibril Diop Mambéty, el italiano Gillo Pontecorvo, Tomás Gutiérrez Alea de Cuba, Sergei Eisenstein de la Unión Soviética, por no hablar del genio británico Charles Spencer Chaplin, conocido también como Charlie Chaplin.

Mientras me sumergía en la historia del cine, mi enfoque cambió al Tercer Cine, movimiento para producción de películas revolucionarias de países marginados a nivel global que surgió en las décadas de 1960 y 1970 en África, Asia y América Latina. Esos largometrajes de los años de 1960, para mí, fueron un reflejo real de la privación del derecho al voto de las personas, y los cineastas que surgieron en esa tradición verdaderamente utilizaron la imagen en movimiento para luchar contra la opresión. Esa comprensión me llevó a hacer lo mismo para esta época, y para mi país, particularmente porque creo que esta es una época de ataques neoliberales agresivos y de espacios reducidos para la defensa.

Para mí, ZIFF se ha convertido en un espacio ventajoso para ese tipo de narrativas. Me ofrece, y a los demás cineastas tanzanos, un refugio, y es consciente de nuestras necesidades como artistas visuales. Por lo tanto, la ausencia de muchas de las estrellas de cine “Bongo” en el festival, cuyas caras aparecen regularmente en las portadas de los DVD en las calles de Dar es Salaam, me hace cuestionar si podemos llamar realmente a nuestro sector cinematográfico una industria. Al catalogarlo como tal, aunque carezca aún de fundamentos y estructura coherente que exige una industria real, tal vez nos estamos precipitando.

La educación es clave. Imparto clases sobre cine en la Universidad de Dar es Salaam, pero la mayoría de mis estudiantes no asistió al festival. Algunos argumentaron que viajar a Zanzíbar es costoso y, eso quizá es bastante cierto. No obstante, cuando aceptas el hecho de que quieres dedicar tu vida a realizar películas, también debes acostumbrarte a ignorar la idea de que el “financiamiento es un problema”. La palabra de moda en nuestro mercado en estos días es “emprendedor” y, he visto que mis estudiantes y los jóvenes utilizan el término de manera casual. Aun así, se rehúsan a regir su vida por ese concepto y lo que representa. El emprendimiento demanda una pasión incesante y una actitud de yo puedo hacerlo –es la única manera para hacer que las cosas sucedan, con o sin dinero. En la industria del cine, debería entenderse la motivación para contar nuestras propias historias como una forma de emprendimiento.

Como cineastas y artistas tanzanos, nos rehusamos a encarar el hecho crucial de que perseguir nuestra pasión es duro y requiere de paciencia y perseverancia. El estado actual del sector es un producto de esta actitud. Lleva tiempo producir una película que narre una buena historia. A pesar de eso, ¿cuántos de nuestros cineastas se apresuran a comercializar proyectos incompletos a causa de sus inseguridades y el deseo de generar dinero fácil?

Además, el sector cinematográfico en Tanzania está contaminado con distribuidores que dictan la dirección de los proyectos, que a través de la firma de contratos draconianos con actores y el desplazamiento de directores y productores creativos a su conveniencia, crean barreras que evitan que el talento nuevo y las producciones creativas emerjan. ¿Realmente podemos llamar esto una industria?

Ya era hora de que retrocediéramos y evaluáramos dónde enfocamos nuestra energía. Tanzania tiene la bendición de poseer incontables historias y jóvenes que ansían la oportunidad de relatarlas. Si realmente queremos construir una industria, debemos ir más allá de las ambiciones individuales y pensar en un futuro más colectivo y colaborativo.

Apoyar los festivales autóctonos como ZIFF es una buena manera de empezar.

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