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Batalla por la educación en Afganistán tiene ya décadas, pero recién se anima

A group of students listen attentively and taking notes in class.

Grupo de estudiantes escucha atentamente y toma notas en el centro de educación comunitario de USAID. USAID/Afganistán. Creative commons.

En un discurso en la reinauguración de la Universidad de Kabul en 1993, en medio de una amarga guerra civil, Abdul Ali Mazari, fundador del partido político Hezb-e-Wahdat, habló de un problema que invadió su mente algún tiempo.

Citó cuatro máximas famosas del profeta islámico Mahoma, que enfatizó la importancia de la educación para todos, incluidas las mujeres. Luego, afirmó estar desconcertado de que, pese a esas palabras, la mayoría de los clérigos musulmanes aún se oponían a la educación escolar y universitaria, especialmente para las mujeres.

Este discurso de Ali Mazari se dio poco después del yihad contra el intento de ocupación de la Unión Soviética en Afganistán, donde algunos comandantes de la resistencia muyahidín asesinaron a maestros pagados por el Estado y cerraron las escuelas en áreas que controlaban.

Hoy, la batalla para abrir y clausurar escuelas es tan intensa como siempre, puesto que el gobierno del presidente Ashraf Ghani, que tiene el apoyo de Estados Unidos, lucha para repeler una insurgencia dominada por el Talibán y otros grupos radicales como ISIS que también operan en el país.

De coacción comunista a dependencia de donantes

Casi la mitad de los 36 millones de habitantes en Afganistán es menor de 18 años. Actualmente, más de 9,2 millones de niños están inscritos en escuelas; 39% son niñas, según el Ministerio de Educación afgano. Aunque el país todavía se encuentra hundido en la inseguridad y la corrupción, el surgimiento de escuelas privadas y públicas es uno de los beneficios del desarrollo que surgió de la invasión al país dirigida por Estados Unidos en 2001.

Desde 2002, el Pentágono, el Departamento de Estado y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional han invertido un total de 759 millones de dólares en la educación primaria y secundaria en Afganistán, junto con otros donantes que realizan contribuciones menores.

Aunque en gran parte el Talibán se opone absolutamente a la ayuda estadounidense y a la educación de las mujeres, otras facciones armadas leales a agentes de poder regionales han cambiado su postura y sus actitudes hacia la educación.

Tradicionalmente, las escuelas y universidades han sido gratuitas en Afganistán. En la década de 1980, cuando el brutal y muy repudiado Gobierno prosoviético hizo que la educación fuera obligatoria para todos los niños, algunas familias recurrieron al soborno de funcionarios educativos a cambio de que no aceptaran a sus hijos en las escuelas. El argumento era que la educación escolar podría convertirles en no creyentes.

No obstante, después de 2001, algunos padres comenzaron a enviar a sus hijos a escuelas públicas, y también a buscar centros educativos privados donde sus hijos pudiesen obtener una mejor educación.

Simbolizar la medida en que la educación se convirtió en un campo de batalla en la política nacional fue el triunfo de Ghani en las elecciones presidenciales de 2014.

Cuando las elecciones entraron a segunda vuelta, la campaña de Ghani fue criticada por la de su oponente Abdullah Abdullah, pues se designaba como el candidato de la educación y describía a Abdullah como sinónimo de caudillismo.

….پادزهر طالبان آموزش و تعلیم است: تعلیم به مثابه آزادی ذهن از قفس افراطیت و تعصب….

Posted by Qayoom Suroush on Wednesday, October 18, 2017 at 10:45 am.

Publicado por Qayoom Suroush el miércoles 18 de octubre, 2017 a las 10:45 a.m.
“La educación es el antídoto al Talibán: equivale a liberar las mentes de las jaulas del extremismo e intolerancia”.

Corrupción, religión y aumento de madrasas

La corrupción permanece profundamente enraizada en la educación pública, particularmente en la cima de la cadena alimenticia. Hace dos años, la oficina del Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR, por sus siglas en inglés) reveló que Farooq Wardak, ministro de Educación durante el segundo periodo presidencial de Hamid Karzai (2009-2014), había malversado fondos destinados para escuelas estatales que en realidad no existieron.

El gobierno de Ghani se rehusó a iniciar una investigación a las acusaciones y luego nombró al exministro Wardak como asesor presidencial.

A su vez, el desarrollo de las escuelas privadas ha sido obstaculizado por pesadas cargas impositivas gubernamentales y por restricciones que las obligan a enseñar únicamente el curriculum estatal. Este continúa fuertemente influenciado por el Islam.

El gobierno respaldado por el comunismo de la década de 1980 eliminó los libros de texto religiosos del curriculum escolar, estrategia impopular que luego el gobierno muyahedín revirtió rápidamente.

Bajo el Talibán, cuyo control se consolidó en el país para 1996, los textos religiosos dominaron ampliamente el horario de clases.

En la actualidad, los estudiantes reciben un promedio de dos horas de instrucción religiosa basada en enseñanzas coránicas, independientemente de sus creencias religiosas, aunque la religión domina otras materias, como historia y literatura.

Esto continúa en la universidad, donde Saqafat-e-Islami (cultura islámica) es un curso obligatorio en los ocho semestres de una carrera de cuatro años.

El año pasado, el parlamentario afgano Abdul Hafiz Mansor expresó su preocupación de que “Saqafat-e-Islami produce extremismo y terrorismo en las universidades”. Su discurso obtuvo la aprobación de muchos usuarios de medios sociales.

حفیظ منصور وکیل محترم ولسی جرگه مشکل واقعی افغانستان را طرح کرده است. امید است همه بخصوص هموطنان تاجیک از این نظر اصلاح گرانه حمایت قاطع نمایند.

Posted by Rasouly Jafar on Thursday, November 24, 2016

“Hafiz Mansoor, the honorable parliamentarian has brought up a genuine problem in Afghanistan. I hope all of our nationals, particularly our Tajik compatriots decisively defend his reformist view.”

Publicado por Rasouly Jafar el jueves 24 de noviembre, 2016

“Hafiz Mansoor, el honorable legislador ha sacado a colación un problema genuino en Afganistán. Espero que todos nuestros ciudadanos, en especial nuestros compatriotas tayikos, defiendan con decisión su opinión reformista”.

Una mezcla de pobreza y conservadurismo explica por qué muchas personas prefieren ignorar el curriculum estatal por completo y enviar a sus hijos a madrasas (escuelas religiosas islámicas) gratuitas, que son financiadas generosamente.

Esas escuelas, cuyas fuentes de financiación raramente se conocen pero se cree ampliamente que tienen el respaldo financiero de acaudalados en empresarios del Medio Oriente árabe, atraen enormes cantidades de estudiantes.

De acuerdo con un reportaje de Voice of America, existen 1200 madrasas inscritas y 13 000 no inscritas que funcionan en el país. El gobierno central en Kabul es bastante débil para supervisarlas.

Se cree que en algunas de estas instituciones enseñan asignaturas fundamentalistas, aunque los egresados de la mayoría de madrasas generalmente no están bien preparados para trabajar más allá de establecimientos religiosos, un factor que le hace el juego al Talibán.

La batalla por la educación es estratégica y de larga duración, y ahí compiten dos visiones muy diferentes del futuro.

Para los niños que estudian en Afganistán, la pregunta más importante no es sobre el tipo de institución de la cual egresan, sino una más amplia sobre la sociedad a la que se integran.

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