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Nuevas versiones de fábulas antiguas de escritora infantil kirguisa impulsan nueva narrativa

Dibujo de País cuadrado, cuento ilustrado por Natalia Ni. Uso autorizado por Altyn Kapalova.

Este artículo es una versión de una publicación asociada de EurasiaNet.org, cuyo título original es Kirguistán: La literatura infantil lanza una nueva mirada a las viejas fábulas. Se reproduce con autorización.

Esal, niña de siete años, nació en un país donde todo es azul y tiene forma cuadrada. Un día, un objeto extraño, rosa y esférico, aparece cerca de su casa. Cuando le ofrece la oportunidad de abandonar los rígidos confines de su tierra natal y viajar a un mundo de diferentes formas y colores, se lanza a la aventura.

Al principio, el viaje lleva a Esal a un país lleno de gente y edificios parecidos a la extraña bola rosa. Después, viaja a otro país habitado por formas triangulares verdes. Al final del libro, ella y sus nuevos amigos se reúnen para construir un nuevo espacio propio, multicolor y multiforme, y disuelven las fronteras que una vez los mantuvieron divididos.

“La primera vez que mi hijo leyó el libro dijo que era solo sobre formas”, comenta Asel Abdyrakhmanova acerca de la reacción de su hijo de diez años al cuento País cuadrado de la autora kirguisa Altyn Kapalova.

“Luego lo releímos”, recuerda Abdyrakhmanova, especialista en educación, que trabaja para una organización de desarrollo internacional. “La tercera vez que lo leímos, me dijo: ‘¡Pero mamá, si el libro habla de que las personas somos diferentes y de que eso es algo bueno!'”.

Las historias de Kapalova se encuentran en lugares de lo más inesperados, como en revistas de aerolíneas de Kirguistán, que transportan pasajeros de Biskek a Moscú. Ahí, en medio de anuncios de relojes y de los complejos turísticos de Dubái, podemos leer acerca de una hermosa criatura acuática, Suluusu, que vive en el fondo del lago kirguiso de Issyk-Kul, y a quien no le gustan los turistas que contaminan su entorno con ruido y basura.

Suluusu, la protagonista de un cuento embellecido por las atractivas y características ilustraciones kirguisas de la artista Dinara Chokotayeva, dista mucho de parecerse a la cándida heroína tan típica de la literatura infantil.

Se venga de los veraneantes robándoles las joyas que pierden mientras nadan y guardándolas en un rincón secreto de su profundo reino azul.

“Por eso las joyas que se pierden en el lago Issyk-Kul nunca llegan a encontrarse”, finaliza el cuento de Kapalova.

Kapalova, antropóloga de formación, que escribe libros tanto en kirguiso como en ruso bajo el seudónimo de Altyn Aman, parece ver en Suluusu un espíritu afín.

La autora admite encontrar inspiración para sus cuentos en sus trabajos de campo en regiones de Kirguistán, donde los libros escasean, pero donde cuentan con una rica tradición oral.

“Cuando visito las aldeas y conozco a los lugareños, me quedo con su habla, con sus reflexiones y con sus costumbres. ¡Soy una ladrona terrible!”, ríe.

Imagen de Bugu Ene, ilustrado por Dzum Gunn. Con autorización de Altyin Kapalova.

Sin embargo, aunque sus libros le han aportado reconocimiento y una dosis nada desdeñable de satisfacción personal, apenas puede permitirse dejar su trabajo.

El sector editorial en Kirguistán aún no se encuentra consolidado e historias como País cuadrado compiten por hacerse de un lugar en las estanterías de las librerías de Biskek junto a cuentos rusos y traducciones occidentales de cuentos populares. Sus competidores se encuentran respaldados por una considerable campaña publicitaria.

El hecho de que sus historias se estén leyendo más allá de Kirguistán se debe, en gran parte, a organizaciones internacionales que los han distribuido como parte de proyectos financiados por donaciones.

Durante la era soviética, los escritores escogidos recibían gran apoyo del Estado. Esto hizo posible que algunos escritores, que incluye al más famoso exportador de literatura de Kirguistán, Chingiz Aitmatov, viesen mejorado su perfil literario gracias a la fuerte promoción de las autoridades comunistas. Después de ganar reconocimiento en Kirguistán y en toda la Unión Soviética, sus libros se tradujeron a decenas de idiomas y se leyeron por todo el mundo.

Hoy en día, los escritores en Kirguistán “no cuentan con oportunidades para establecer contactos con editores internacionales”, comenta Dalmira Tilepbergenova, presidenta del centro PEN de Asia Central, que busca financiación para formar a escritores en conocimientos básicos de inglés, de modo que puedan acceder al mercado internacional. “Algunos buscan patrocinadores privados, algunos organizaciones patrocinadoras, mientras que otros ponen dinero para cubrir los gastos editoriales”.

El aumento del uso de internet ha permitido a un cuarto grupo de autores, quienes no cuentan con los medios económicos necesarios para desarrollar su afición, llegar a un público más amplio.

Polad Suleimanov, veterinario que ha ganado un buen número de lectores fieles al publicar sus relatos cortos en Facebook, ha conseguido que su obra se publique en la página web del periódico de la localidad.

Suleimanov comenta que escribe siguiendo la estela del famoso veterinario británico, convertido posteriormente en escritor, James Herriot, y de su homólogo estadounidense, John McCormack, pero admite que nunca se ha planteado seriamente escribir un libro. “He perdido la cuenta del número de relatos que he escrito. Puede que cien, o incluso 200″, explicó a EurasiaNet.org.

Suluusu, probablemente el cuento más famoso de Kapalova, ha sido traducido al coreano con nuevas ilustraciones.

Kapalova utiliza Facebook para promocionar su trabajo, pero ve la literatura infantil como un medio esencial para alentar la lectura de manera más general.

“Cuando salgo de Biskek compruebo que existe un deseo de leer que aún no ha sido satisfecho”, comenta. “En la capital, estamos tan saturados con la información que aparece en internet que nos cuesta encontrar tiempo para leer libros. En los pueblos el problema es que no cuentan con ningún material de lectura disponible”.

Conforme Kapalova va ganando mayor reconocimiento como autora nacional, va haciendo frente a las preguntas sobre su falta de tradicionalismo.

Algunos lectores de su adaptación del famoso cuento Bugu Ene (literalmente “madre cierva”) le preguntaron por qué no había elegido la región siberiana de Yeniséi, que ocupa un lugar destacado en la mitología nacional. Otros quisieron saber por qué no había boda en la historia.

“Tomé lo que me gustaba de la historia original y dejé de lado lo que no necesitaba”, explica Kapalova sobre su libro Bugu Ene, al que describe como un “cuento ecológico que plasma la relación de los humanos con el mundo natural”.

La autora, que se define como feminista, no se disculpa por salirse de los “mundos idealistas” creados por autores clásicos de la literatura infantil como Hans Christian Andersen, cuyo estilo admira.

“Es cierto que no hay bodas de cuento en mis historias, ni un príncipe guapo”, ríe. “Tampoco es que mis personajes lo estén esperando especialmente”.

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