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Siria y libanesa: Sobre el conflicto de identidades

Frontera sirio-libanesa. Foto de la autora.

Yo estaba entre las personas que escriben. Ahora, parece que el acto de escribir es como un país que quiere que me vaya.

Me despierto con una temperatura gélida afuera. Saludo a la señora de la limpieza. Se sorprende de que alguien la salude en este edificio elegante. No sabe que soy una visita o que soy una refugiada. El cielo me arroja secretamente trocitos de nieve, como si no me sorprendiera darme cuenta.

Recibo una carta en el correo que me informa que mi cobertura de salud ha terminado. La carta abierta se queda en mi cama durante días.

¿Qué puedo hacer con esa noticia? Si fuera fumadora, hubiera fumado, y hubiera mirada la carta e insultado al mundo mientras exhalaba el humo de mi “descuido” al aire. Pero no fumo, así que me siento al lado de la carta abierta como una tonta mientras pienso en todas las ciudades que exportan su caos dentro de mí.

Pienso en Beirut. Es mi hábito, el hábito de un beduino. Porque soy una viajera nómada, pero con el corazón de un granjero local, que explica este actual —y despreciable— tormento.

No puedo quedarme demasiado tiempo en un lugar. Pero cada vez que me voy, lo extraño como si no conociera otro lugar, como si hubiera nacido en el vientre de su tierra y crecido de los frutos de sus árboles.

Beirut.

Pude llevar mi sensación de exilio a todas partes; no era una sensación fácil pero era soportable. Es la fuerza de la verdad y la lógica. Soy una verdadera extraña.

Foto de Beirut, tomada por la autora.

Pero no pude soportar mi sensación de exilio en Siria. No podía respirar sabiendo que rechazo el vientre de mi madre mientras el vientre me rechaza.

Así como un bebé no nacido necesita la placenta de su madre, me pregunté cómo nacería como ciudadana saludable si no me nutre mi madre patria.

Partimos como niños débiles y discapacitados. Me fui a los 17 años, un bebé nacido prematuramente a los siete meses de embarazo. Necesité mucho oxígeno político, libertad humana y de género. Necesité mucha comida básica para mi crecimiento intelectual.

Cada vez que sentía mi lado libanés, la verdad me pinchaba.

No tengo documentos a pesar de que el vientre que me cargó pertenece a una mujer de las montañas libanesas. Pero es solamente un vientre, una parte femenina que no cuenta en esta parte del mundo.

Cada vez que me molestaba con el Líbano, decía: “agradezco que mi madre no haya podido darme su nacionalidad. No quiero un país que no me quiere”.

Sentía náuseas al final de esta oración.

Preguntaba con inocencia infantil: “¿Siria me quiere? Sé que la Siria de Assad no. ¿Quién es Siria?”.

“¡Perro sirio! ¡Ladrón sirio!”. Así es como mi tío libanés describió al joven sirio que me llevó a casa liego de salir con él en Beirut.

A mis parientes libaneses no les importaba que yo estuviera en la habitación cuando hablaban de los trabajadores sirios de piel oscura con prejuicio infame, que venía seguido de solidaridad desagradable y falsa.

Elogiaban a mi padre por tratar a mi madre como igual, y no ocultaban sus celos por el hecho de mi padre no engañaba a mi madre. Envidiaban a mi madre por su esposo cada vez que se quejaban por la violencia que sus esposos ejercían contra ellas. Mi padre, que llevaba un vaso de agua, escuchaba con todo su corazón.

Mi padre no nació con piel particularmente oscura. Pero se oscureció, como todos los demás en Siria.

Mi padre era de piel oscura y sirio. ¿Se daban cuenta de eso?

“Mi esposa es mi corona”. “Mi esposa acaba de pasar y juro que no hay mujer como ella en todo Alepo”. – Estas son algunas frases que decían los sirios de piel oscura.

Ignoraba el hecho de que el tomo más claro de mi piel me ayudaba en el Líbano. Y por algún tiempo, hablaba a propósito en un dialecto libanés, por dos razones:

Primero, quería evaluar el nivel de odio en una habitación, aunque hablar en ese dialecto no me salvaba de todas las palabras llenas de odio dirigidas a mi identidad siria.

Segundo, era por miedo de ser acosada sexualmente. Pensaba que era más probable que me secuestraran o violaran si se sabía que era una refugiada siria.

Pero luego de liberar mi rabia con un hombre que intentó acusarme sexualmente en un bus, me di cuenta de que la posibilidad de ser acosada sexualmente no se veía afectada si era libanesa o siria, en tanto fuera mujer.

Ser medio libanesa y medio siria es como ser un hijo cuyos padres están separados y ambos te odian porque cada mitad tuya te recuerda al otro y ninguno lucha por tu custodia.

Por el contrario, quieren librarse de ti en todas las maneras posibles, y quieren que crezcas rápido y te vayas a vivir en el extranjero.

Crecí rápido, pero aún necesito mucho oxígeno para que mis pulmones puedan completar su crecimiento.

Un día aprendí que inhalar mucho oxígeno para gritar libremente durante una protesta contra el régimen era una mera coincidencia.

Pero en realidad, sigo en una incubadora enorme que se llama vida, cansada y sin poder construir este cuerpo que me llevará al futuro, futuro para el que nací temprano.

Este artículo se publicó originalmente en Al Araby en árabe con el título ‘في اشتباك الهويّة‘, y Mary Hazboun lo tradujo al inglés (con edición de Joey Ayoub). La versión en inglés se publicó originalmente en Hummus For Thought.

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