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Para lograr la libertad en Irán y los países árabes, la región debe unirse

Protestas de Free Iran delante de la Casa Blanca en Washington DC el 31 de diciembre de 2017. FOTO: Geoff Livingston (CC BY-NC-ND 2.0).

Las recientes revueltas en Irán tienen dos características destacables. En primer lugar, todo comenzó en la ciudad de Mashhad, que es conservadora religiosamente. En segundo, la difusión de las protestas más allá de las provincias persas étnicamente homogéneas a regiones más periféricas donde predominan etnias minoritarias, como los árabes ahwazíes, Kurdistán, Baluchistán e incluso regiones turcas en territorios azerbaiyanos.

La extensión de las protestas se vio acompañada de afirmaciones y acciones valientes por parte de los manifestantes. En escenas poco comunes en un estado estrechamente controlado, los manifestantes quemaron imágenes del Ayatolá Jomeini, fundador de la República Islámica, y del actual líder supremo, Ali Jamenei. Ambos son los símbolos del régimen iraní. El hecho de que la gente, bastante consciente de las graves penas por atacar los símbolos de la República Islámica, arriesgara tanto demuestra el nivel de rabia de los manifestantes.

Los acontecimientos también han revelado la verdadera personalidad del presidente Rouhani. También han demostrado que sus llamamientos hacia la moderación y el reformismo son una simple máscara que esconde la naturaleza de los amos a los que sirve y el intento de desviar la indignación popular del liderazgo teocrático que controla el país. El amplio rechazo público hacia el régimen de Rouhani en todos los sectores de la población durante las últimas protestas –a diferencia de la Revolución Verde de 2009, participan los más pobres del país– es la prueba de la desilusión del pueblo y del rechazo de la propaganda que el régimen emplea para justificar su dominio.

A diferencia de protestas anteriores, esta vez no hay vuelta atrás. El régimen que destruyó el futuro de los jóvenes iraníes y que jugó un papel esencial en la destrucción salvaje de toda la región –que redujo la riqueza de Irán y facilitó el fin del tejido social de naciones como Irak, Siria y Yemen– no puede continuar. La pregunta no es si el régimen caerá, sino si caerá antes de arrastrar a Irán y al resto de la región hacia un caos destructivo. Poco se puede esperar de un régimen que retrasa su propio final provocando nuevas crisis, y que no cumple con las exigencias del pueblo, casi igual que su predecesor, la brutal monarquía del Shah Pahlavi.

En lugar de trabajar desde el principio para servir al pueblo iraní y para mejorar sus derechos, el gobierno de Rouhani se ha centrado en “exportar la revolución“, que no es más que un eufemismo de incitación de conflictos sectarios y sangrientos en la región, todo con el objetivo de dividir a la población y de retener el poder. Pese a los discursos y lemas sobre “resistencia” y el apoyo manifiesto a la libertad de Palestina (en realidad, una explotación cínica con el objeto de engrandecerse personalmente), el régimen de Teherán se ha “resistido” en la práctica a la libertad y a los derechos de los iraníes y de otros.

Tras cuatro décadas de República Islámica, la mitad de la población iraní vive bajo el umbral de la pobreza. Los iraníes tienen claro que los ayatolás tienen nada que ofrecer, ni a ellos ni a los pueblos de países vecinos. Antes de la revolución que acabó el régimen brutal y corrupto del Shah, Jomeini prometió liberar al país de la dependencia en exportaciones de petróleo y de gas. Treinta y nueve años después, la economía iraní, bajo el control de otro régimen brutal y corrupto, depende aún más de las ventas internacionales de petróleo y de gas.

El régimen clerical nunca tuvo otra cosa que ofrecer a los iraníes y a los países de la región que lemas grandilocuentes y vacíos cantos de igualdad (“Muerte a Estados Unidos” y “Muerte a Israel”). Jomeini y sus sucesores tampoco han hecho más que herir, ya sea a Israel o a Estados Unidos. Estados Unidos no ha muerto. Todo lo contrario: su superpoder sigue siendo indiscutible y ve de cerca cómo Irán difunde la miseria. El poder estadounidense en la región no se ha visto mermado por el aumento de las milicias sectarias –en realidad, sucede lo opuesto.

Retórica aparte, Estados Unidos e Israel se encuentran bastante cómodos con el expansionismo regional de Irán. La huella estadounidense en la región y la capacidad de intervenir directamente han aumentado, incluso mientras el régimen de Teherán presume aún de supremacía en la región y de poder implantar una política expansionista. Por su parte, Israel nunca ha tenido más confianza en sí mismo. Treinta y nueve años después de que los líderes iraníes cercenaran las relaciones, los asentamientos israelíes en territorios ocupados crecen con rapidez y Netanyahu se prepara ahora para anexionar todo Jerusalén. El derecho del pueblo palestino a la autodeterminación está en mayor peligro de lo que ha estado en décadas.

¿Y qué se puede decir de los alardes de los líderes iraníes acerca de su habilidad de intervenir en países árabes? ¿Qué vanagloria es haber gastado decenas, hasta centenares, de miles de millones de dólares (mientras tu propio pueblo muere de hambre) en hacer que países como Siria, Irak y Yemen acaben desolados y en la ruina? Las acciones del régimen han reducido a Siria a una pila de escombros bajo el yugo continuo de una dictadura genocida que, como los mulás, ha restringido su “resistencia” a periódicos discursos grandilocuentes mientras reserva sus armas para usarlas contra su propio pueblo. Yemen se encuentra amargamente dividido y en ruinas, debido en parte a la influencia del régimen iraní. En Líbano, bajo la dirección del régimen de Irán, Hezbolá ha detenido el progreso y el desarrollo del país, con el asesinato en 2005 de Rafik Hariri por parte de este grupo –respaldado por Bashar al-Assad–, lo que supone un claro indicio de cómo Teherán y sus representantes han violado la soberanía libanesa.

La “revolución” exportada por el régimen iraní también ha obligado a los países del Golfo a adoptar una posición defensiva, acercándoles a Estados Unidos y a Israel. Décadas después de que Irán exportara la revolución, los ciudadanos árabes ya no se atreven a ser optimistas sobre la perspectiva de lograr la soberanía o incluso derechos humanes y democráticos fundamentales. Nuestros hermanos árabes, por tanto, han hallado un nuevo optimismo en el alzamiento del pueblo iraní.

No obstante, los activistas de minorías étnicas en Irán conocen con dolor la brutalidad del régimen y aconsejarían a nuestros hermanos árabes moderar su optimismo. El régimen no se detendrá ante nada para preservar su control del poder. Aún así, está claro que han quitado la máscara a los ayatolás y que los iraníes están completamente desilusionados con el régimen. Tal vez resulte imprudente especular sobre la caída del régimen iraní, pero no hay duda de que no puede seguir gobernando como la hecho durante las últimas cuatro décadas. Incluso el salvavidas ofrecido por el gobierno de Obama, quien dio a Irán vía libre en la región tras negociar exclusivamente el programa de desarrollo nuclear –a un alto coste para Irak, Siria y Líbano–, se ha echado desperdiciado. Las canciones se han cantado, ahora se debe pagar la factura.

Y las facturas están venciendo. Irán se halla al borde de la quiebra. Al igual que antes la Unión Soviética, Irán está colapsando internamente como resultado de sus intentos por ejercer un poder militar en la región. Las semejanzas no acaban aquí. La Unión Soviética también fue derrocada por minorías étnicas que no querían seguir llevándose la peor parte de los costes económicos por apoyar a un estado totalitario y corrupto.

La tarea de los iraníes es hacer que acabe la crisis, unirnos a nuestros hermanos árabes para superar el daño provocado por el régimen, y aliarnos con grupos étnicos como los árabes ahwazíes, los kurdos, los baluchíes, los turcos y los turcomanos en sus esfuerzos por lograr la autodeterminación. Juntos podemos reconstruir la región y salvar a nuestros pueblos antes de que el régimen iraní nos eche por el precipicio hacia un abismo de derramamiento de sangre y de caos.

Rahim Hamid, árabe ahwazí, es un periodista independiente y defensor de los derechos humanos que escribe principalmente sobre la difícil situación de su pueblo en Irán.

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