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Paraguay, el país donde los campesinos ocupan tierras para sobrevivir

Mariano Castro. Fotografía de Melanio Pepangi. Usada con permiso.

Este post es una versión reducida del trabajo hecho por Kurtural y se publica en Global Voices con permiso de sus autores. Forma parte de la serie de crónicas “Los desterrados no van al supermercado”, que será publicada y re-editada por Global Voices.

Mariano Castro tiene en su rancho una casa con cinco habitaciones, un corral con gallinas y otro con cerdos; tiene nueve vacas y un depósito con seis toneladas de maíz que él mismo cosechó. Tiene en su historia la fundación de su pueblo: Yby Pytã. Tiene cincuenta y cinco años, los ojos rasgados, la mirada apacible y la expresión vulnerable. Tiene un hijo preso y otro asesinado. Tiene decenas de árboles frutales, una cocina a leña y una cosecha reciente de enormes zapallos anaranjados. Tiene un matrimonio con Élida Benítez, con quien tuvo ocho hijos y cinco nietos.

Sin embargo, Mariano Castro no tiene  un papel que le asegure la tierra sobre la que trabaja.

Es una mañana de sábado de invierno soleado y caliente, como suelen ser los días de invierno en Paraguay. Mariano Castro está en la chacra, como siempre lo hace, antes de que el sol amanezca. Es un hombre que de vez en cuando sonríe tímidamente, con pudor. Nació en la ciudad de Caacupé en 1962, un año antes de la creación del Instituto de Bienestar Rural (IBR) y de la promulgación del Estatuto Agrario, hechos que marcarían su vida.

Según los cálculos de Mariano, cuando tenía dos o tres años, su padre dejó su casa en Caacupé en busca de una parcela para cultivar, y así mantenerlos a él y a sus hermanos. Emprendió camino a Caaguazú, una de las zonas de mayor colonización de la reforma agraria, un modelo de desarrollo que la región entera discutía en la década del sesenta.

El padre de Mariano Castro volvería a emigrar más al este para instalarse definitivamente en Curuguaty, en el departamento de Canindeyú, fronterizo con Brasil. Durante un verano, entre 1996 y 1997, con poco más de treinta años, Mariano repitió la historia de su padre y ocupó tierras.

Ese lugar, que hoy lleva el nombre de Yby Pytã I, y otras cuatro compañías o barrios rurales, en 2013 formaron parte del municipio de Yby Pytã, a 250 km de Asunción.

La ocupación ha sido el medio del campesinado para acceder a la tierra, y la familia de Mariano viene aplicando este medio hace tres generaciones. (Foto: Melanio Pepangi)

Las tierras de Yby Pyta tenía dueños, pero Mariano Castro cuenta que según el Estatuto Agrario, ese territorio tenía las características de un latifundio improductivo –una gran extensión de tierra en desuso–, expropiable legalmente. Además, para él la tierra es de quien la trabaja, y para trabajarla primero hay que ocuparla.

La ocupación ha sido el camino natural del campesinado para acceder a la tierra. “No hay asentamiento o comunidad en este país que haya nacido sin una ocupación previa”, dice Perla Álvarez, campesina integrante de la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Conamuri). La investigadora Mirta Barreto, quien escribió varios libros sobre el problema de la tierra en Paraguay, coincide en que la mayor parte de las tierras conquistadas por mujeres y hombres del campo han sido producto de ocupaciones.

Así se funda un pueblo

Medir, carpir, cortar, tirar. Sembrar, criar animales de corral, despertar y repetir toda la acción. Así se ocupa la tierra, se construye un asentamiento, y se fundan pueblos. Mariano Castro lo sabe porque durante año y medio lo hizo. Dieciocho meses en los que caminó 35 kilómetros desde Curuguaty hasta Yby Pyta, en medio de una caravana de hombres jóvenes y maltrechos de tanto carpir, cortar, tirar, volver a carpir, volver a cortar y volver a tirar.

Para Mariano la tierra es de quien la trabaja, y para trabajarla primero hay que ocuparla. Foto: Melanio Pepangi. Usada con permiso.

La travesía hasta consolidar la ocupación no fue fácil. “Muchas veces mis hijos preguntaban por qué no estaba, por qué les abandonaba. En varias ocasiones pasaron quince días, y como no había medios, y a pie era muy pesado, a veces pasaba mucho tiempo sin ir [a la casa]”, recuerda.

De a poco, el lugar tomó forma y cada integrante de la expedición fue marcando sus diez hectáreas, como lo establecía el Estatuto Agrario. Construyó una pequeña casa, con paredes de carrizo (tacuara) y techo de tablitas que él mismo cortó.

Una tradición interrumpida

En 2012, a Mariano no le dio miedo cuando tres de sus hijos, Néstor, Adalberto y Adolfo Castro, decidieron ocupar tierras para cultivarlas y tener allí a sus familias. Lo harían tal como lo hizo él, y tal cual lo hizo Enrique Castro, su padre. Bajo la misma premisa paterna, sus hijos eligieron Marina Kue, un terreno del Estado al otro lado de Yby Pytã I.

Pero la mañana del 15 de junio de 2012, Néstor, Adalberto y Adolfo Castro se encontraron con 324 policías de distintos rangos y divisiones que ingresaron a Marina Kué para desalojarlos. Seis policías y 11 campesinos fueron asesinados durante el desalojo, entre ellos Adolfo. Néstor fue condenado a 18 años de cárcel luego de un cuestionado juicio donde solo se investigaron las muertes de los policías.

Hijos y nietos de Mariano Castro en Marina Kue, un sábado a la tarde luego de una reunión de los nuevos pobladores del asentamiento. (Foto: Melanio Pepangi. Usada con permiso)

Después del 15 de junio, Mariano Castro abandonó la chacra para dedicarse enteramente a la lucha por la liberación de sus hijos Néstor y Adalberto en la ciudad de Asunción.

Mariano Castro se para firme contra el ventarrón en una parcela de mandioca. Se levanta todos los días a las cuatro y media de la mañana para ganarle al sol, desayuna y va a la chacra, ese lugar donde amanece y anochece, donde vive y muere en largas jornadas de carpida, arada o disqueo, donde lucha desde hace más de dos décadas contra el destierro.

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