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Sobre el activista pakistaní Raza Khan, a cuatro meses de su desaparición

Activista pakistaní Raza Khan con sus alumnos. (Foto de Aaghaz-e-Dosti, usada con autorización).

Por Tulika Bathija

Desde comienzos de diciembre de 2017, no he podido encontrar palabras para expresar mi pesar por la desaparición de mi querido amigo Raza Khan.

Cuando recibí el mensaje sobre la desaparición de Raza, me afectó en los más profundo de mi ser. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede suponer una amenaza un hombre que nunca alza la voz, casi no discute, maneja educadamente las discrepancias y no ha lastimado a nadie? ¿Qué se ganaría con su desaparición?

No puedo imaginar lo que debe estar viviendo. ¿Tendrá frío? ¿Habrá comido? ¿Habrá domido? ¿Estará herido o con dolor físico? No sé dónde está, pero es importante que todos sepamos quién es Raza y mover cielo y tierra para traerlo de vuelta. Ojalá pudiera caminar por la frontera de Wagha para buscarlo. Si lo abandonamos en este momento, no hay vuelta atrás de ese lugar de oscuridad.

Raza Khan es el Coordinador de Pakistán de Aaghaz-e-Dosti (AED) y Coordinador de Hum Sub Aik Hain, organización registrada en Pakistán que ofrece una plataforma para que las personas expresen sus sueños y esperanzas de un Pakistán pacífico a través de clases y religiones. Viene de un entorno humilde y decidió seguir la carrera de estudios de género en la década de 1930. El activismo social, llegar a la paz a través de la educación y la armonía entre confesiones religiosas era el trabajo de su vida.

Conozco a Raza desde 2014. Nos conocimos cuando enseñaba en una escuela internacional en Bombay. Pedí a AED que me pusiera en contacto con alguien que me pudiera conectar con educadores y escuelas en Lahore, Pakistán. La persona con quien me contactó Devika Mittalm, coordinadora de AED en India, fue Raza. Un intercambio epistolar entre fronteras se convirtió en amistad. Sin embargo, lamento profundamente no haber conocido a Raza en persona. No quiero que suene como si no nos reuniermos nunca, pero nos reuniremos pronto, si no es a través de alambres, será en otra tierra que no nos impida reunirnos porque se supone que somos enemigos y no amigos.

Recuerdo vívidamente el día que envié tarjetas por el Día de la Independencia a Lahore por medio de AED. Devika me había enviado la información de contacto de alguien llamado Raza Khan. La dirección no tenía código postal. El encargado del correo en la escuela iba a llegar en cualquier momento y se me hacia tarde. Recibí su número e hice una llamada internacional a Lahore. Estaba en un lugar atestado, y luego me contó que salió de su clase para atender mi llamada. Le agradecí inmensamente por trabajar conmigo en el proyecto de intercambio de tarjeras, y me respondió: “no nos estamos haciendo ningún favor. Estamos trabajando en este proyecto porque nos interesa construir paz entre los dos países”. Ese fue el inicio de una nueva amistad, no una mera alianza a través de fronteras para llenar nuestros muros de Facebook.

En marzo de 2016, Lahore sangró luego de la explosión en Gulshan-e-Iqbal, donde murieron cientos de personas, sobre todo niños y sus madres. Contacté con Raza para preguntarle si mis alumnos podían enviar tarjetas de solidaridad a sus pares en Lahore. Él encontró una escuela donde la mayoría de alumnos era de la comunidad cristiana atacada en la explosión, y además se aseguró de que las tarjetas llegaran a muchachos que habían perdido hermanos o amigos en el terrible incidente. Raza elogió mis esfuerzos, aunque fue él quien hizo el trabajo. Tuvo que buscar contactos, generar redes y organizar la entrega y distribución de las tarjetas. Iba con su bolso jhola, con una simple kurta y pijama. Era como Santa, pero no llevaba presentes sino un bolso lleno de amor, esperanza y sueños.

Le alegra enormemente mover corazones, brindar educación a los niños a quienes enseñó a cuestionar y desafiar los sistemas que defienden el odio y el rencoar. Cree firmemente que todos los niños tienen el derecho a la educación que les dé la libertad de conocer nuevas personas, franquear barreras y romper estereotipos.

Como maestra a tiempo completo, aunque veces tengo mucho trabajo, me he esforzado por hacer de la relación India-Pakistán el alma de mi carrera en educación, pero nunca he podido hacer suficiente. El embrollo de exámenes, evaluaciones y planificación no me permite muchas oportunidades. Fue Raza quien terminó guiando nuestras futura colaboraciones, quien viajó por las ciudades, cumplió con todas mis solicitudes, inición conversacioens en Skype, contactos en persona y a veces me persiguió para completar las fechas. He interactuado con activistas de salón que usan la oratoria y escritos elitistas para promover la paz. Pero Raza es diferente. De una humilde extracción urdu/punjabí, casi nunca se fija en sus logros, más bien destaca las voces y rosotros de los niños pakistaníes, facilita el diálogo tras bambalinas y capta sus historias de amistad.

Cuando Raza y yo nos contactamos para estos proyectos, empezamos analizando la armonía entre confesiones religiosas. Expresó la idea de que si no podíamos encontrar una manera de restaurar la armonía en nuestros países, ¿cómo podemos fortalecer los vínculos entre India y Pakistán? Analizamos la posibilidad de crear una programa de educación para la paz. Raza, siempre visionario, vio la oportunidad de construir una plataforma para facilitar conversaciones sobre relaciones entre confesiones religiosas, violencia, patriarcado, asuntos medioambientales y el rol del arte en para lograr la paz. Su idea creció y llegó a un espacio vibrante llamado Lowkey Lokai.

Después de que me mudé a Japón, no tuvimos la oportunidad de volver a trabajar juntos, pero Raza guardó las cartas, las mostró en lugar importantes en Pakistán, las cuidó y las guardó. Estas cartas serán el símbolo de nuestra amistad. Con frecuencia preguntaba por mi bienestar, mi dieta y cómo me adaptaba a un nuevo país. Le conté de la soledad y ansiedad de adaptarme a un nuevo ambiente y me envió palabras de aliento. Supe que no estaba sola, que nen la lejana Lahore este amigo atendía mis llamadas, incluso a mitad de la noche. Cuando lo llamaba o me llamaba, decía: “Buenas noches, Kaise hain aap?”, e iniciaba la conversación con su cálido tehzeeb lahorí. Me envió deseos en Diwali, preguntó por mis padres, mandó saludos para mi familia y siempre escuchaba con empatía y compasión. Si alguna vez no podía contestar la llamada, pedía disculpas. En mi cumpleaños, mientras comía sola en un restaurante en Japón, escuché un lindo mensaje de voz suyo.

Si alguna vez me hubiera ocurrido algo, este hombre se hubiera parado con un cartel en las calles de Lahore. Te hubiera defendido si hubieras tenido una opinión distinta a la suya.

Raza cree en el poder de la humanidas. Quiere y se preocupa profundamente por los demás más allá de la casta, secta, credo, género, fe y religión. El Estado, el pueblo de Pakistán, y también el pueblo de India que creen en la humanidad deben luchar por el regreso de Raza de donde sea que lo hayan llevado. Traigámoslo de vuelta.

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