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Minorías amenazadas de Pakistán encontraron una voz. ¿El Estado escuchará?

Niña hazara en Quetta. Foto ampliamente difundida.

Es otro domingo en Quetta, Pakistán. En la sección hazara del distrito de Mehrabad, Nazar Hussain está a punto de iniciar su día de trabajo. Toma las llaves de su taxi amarillo y sale de su casa; podría ser la última vez que sale de su casa. Sabe que sus ojos almendrados son como una diana en su espalda, su fe, un lema para quienes lo quieren muerto.

Miembros de organizaciones militantes como Lashkar-e-Jhangvi (LeJ), Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP) están activas en Quetta, y buscan hazaras para matarlos. Por lo tanto, para los hazaras en Quetta trabajar no es una actividad ordinaria: es un acto de coraje. De todas maneras, Nazar Hussain no tiene opción —debe ganarse la vida.

Empieza a conducir por calles conocidas con un cliente en el asiento del pasajero. Pronto, un terrible estruendo de explosiones atraviesa el aire. Hombres armados abren fuego contra el taxi de Nazar. Segundos después, Nazar Hussain está muerto. Su pasajero se recupera en el hospital. Ningún grupo ha reivindicado la responsabilidad por el ataque.

Amenazados aquí y allá

Según un informe de la Comisión Nacional por los Derechos Humanos (NCHR) titulado ‘Entender las agonías de la etnia hazara’, 509 miembros de la comunidad hazara de Quetta murieron y 627 quedaron heridos en violencia extremista solamente en los últimos cinco años. Según Bostan Ali Kishmand, jefe regional del Partido Democrático Hazara (partido político de los hazara en Pakistán) el número real es mucho mayor.

Los terroristas justifican sus ataques según una lógica sectaria. Los hazaras son mayormente musulmanes shiítas, una minoría en Pakistán, donde dominan los suníes. En 2012, empezaron a circular cartas amenazadoras en las zonas hazara de Quetta. En esas cartas, Lashkar-e-Jhangvi advirtió a los habitantes que “abandonaran Baluchistán o se prepararan para más violencia, pues Lashkar-e-Jhangvi intensificará la ‘guerra santa’ contra los hazaras shiítas, similar a la guerra del Talibán afgano liderada por el mulá Mohammad Omar contra los hazaras shiítas en las provincias de Bamiyan y Ghazni, Afganistán”.

Pero no todos los hazara pertenecen a la secta shiíta, y es por eso que algunos expertos creen que hay otras razones detrás de las muertes.

La comunidad hazara ha vivido en Pakistán desde la década de 1880. La mayoría migró de Afganistán por la persecución del emir Abdul Rahman Khan, en cuyo reinado los hazara fueron calificados como “infieles” y los mataron en grandes cantidades cuando se rebelaron contra el gobernante.

Otro influjo tuvo lugar en la década de 1990 debido a un intento de limpieza étnica iniciado por el Talibán.

Después del asesinato de Nazar Hussain el 1 de abril, otros conductores de taxi hazara iniciaron una protesta en Quetta contra lo que dicen es solamente la última de una serie de muertes selectivas en la ciudad.

Por si no sabían, hay un plantón de protesta en la vía Alamdra, en Quetta, contra el genocidio hazara. Hasta ahora, ningún medio, salvo BBC Urdu, ha informado. La indiferencia de los medios es criminal.

Cientos de personas se unieron a la manifestación, que pronto se extendieron a otras ciudades de Pakistán, como Islamabad y Lahore.

Las protestas han involucrado a muchas activistas, pese a que las mujeres suelen ser los mayores blancos de ataques y amenazas en línea. Las protestas duraron ocho dias.

‘Ya no puedes asustar a un pastún con amenazas de muerte’

Hoy, Nazar Hussain reposa en un cementerio donde yacen miles de hazara, todos víctimas de ataques extremistas y muertes selectivas, que dan testimonio de un estado que es indiferente o cómplice de sus muertes.

Día 6: Continúa el plantón de los hazaras en Quetta contra las muertes sectarias selectivas que los obliga a estar detrás de barreras y dentro de sus casas. En realidad, no tienen derecho a disfrutar de la vida, libertad de movimiento o libertad de hacer negocios, a pesar de todos los puestos de seguridad de Quetta.

Pero los hazara no son los únicos que sufren violencia en el extremo de la violencia militante y la injusticia. Los pastún, otra minoría oprimida, han estado protestando desde enero, cuando ocurrió la muerte de un joven aspirante a modelo generó indignación en su comunidad.

Los pastunes de las zonas tribales en el noroeste de Pakistán han sufrido ataques militantes, desplazamiento interno, estereotipos étnicos y represión por parte del Ejército.

Manzoor Pashteen es el líder del Movimiento Pashtun Tahafuz (Movimiento Protección Pastún), que se inició en 2014 como una iniciativa para sacar las minas terrestres en Waziristán y pasó a ser un movimiento que exige derechos y seguridad para los pastunes.

El 8 de abril, decenas de miles de pastunes se reunieron en Peshawar para una manifestación masiva para exigir la protección de sus derechos.

Discurso de Manzoor Pashteen en el Movimiento Protección Pastún en Peshawar Jalsa:

“Nombrar o culpar a los servicios de inteligencia o inteligencia equivale a la muerte. Pero ya no. Pediré la salida de todo tirano y estoy orgulloso por eso. Ya no pueden asustar a un pastún con amenazas de muerte”.

La comunidad cristiana de Pakistán ha sido víctima de muerte selectivas. El 15 de abril, pistoleros no identificados abrió fuego contra un grupo de cristianos fuera de una iglesia en Quetta. Pocas semanas antes, mataron a cuatro cristianos en la ciudad. El grupo Estado Islámico se atribuyó el ataque, pero las fuerzas de seguridad han negado la presencia organizada de ISIS en Baluchistán, e indicaron que Lashkar-e-Jhangvi es el probable sospechoso.

El sistema pakistaní ha ignorado las penurias de estas comunidades. A los autores no se les arresta y las autoridades de Pakistán recientemente exhortaron a los cristianos a quedarse en casa como la única manera de garantizar su seguridad.

La comunidad internacional debería prestar atención a lo que está sucediendo en Pakistán y mostrar apoyo a los movimientos de personas que defienden el simple derecho a salir de casa sin tener el temor de que los secuestren, los hieran o los matan.

Sima Batool Sahar, Fatima Atif y el doctor Alia Haider Karmal colaboraron con este artículo.

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