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Sorry, I don't speak English. Hablo fotografía

Percusionistas urbanos en las calles de Detroit, Michigan. (Fotografía de la autora, publicada con permiso.)

No es fácil hablar de lo que significa emigrar. Tal vez el tiempo o la distancia permiten a algunos ver de manera más clara los procesos migratorios como un todo formado por sinnúmero de divisiones. Cada historia de emigración es única, y no obstante, refieren a significados que las sobrepasan y las igualan a otras historias de vida. ¿Servirá de algo decir esto a aquellos que se encuentran en el proceso de dejar su casa o que ya la hayan dejado? Para estas personas no hay palabra lo suficientemente sólida que valga como consuelo o consejo. Nadie está nunca completamente preparado para irse.

En la Venezuela de la que me fui yo era parte de una historia compartida por un grupo entero de personas que no requerían de mí explicación alguna. Todo era sencillo de leer: los gestos, las rutinas, los peligros, el pasado y la proyección de un futuro, incluso cuando ese futuro estuviese empañado por la neblina de la inestabilidad política. No existía la pregunta quién soy o quiénes son ellos porque la identidad individual y colectiva estaba implícita en cada una de las actividades cotidianas. En ese momento la emigración venezolana no alcanzaba los números escandalosos que encontramos hoy y todavía existía la idea romántica de que irse significaba inmediatamente estar bien.

El país que había empezado a construirse en el exilio desde 1999 era muy incomprendido por el país que se había dejado atrás. La queja por parte del emigrante ante su nueva situación de vida no era aceptada por sus coterráneos que, por otro lado, empezaban a sufrir lo que hoy se reconoce como la peor crisis política, económica y humanitaria de la historia contemporánea de Venezuela. Así, el emigrante iba perdiendo voz propia: su opinión política sobre el país era deslegitimada por la distancia y las dificultades venidas de su cambio de vida no eran aceptadas. La creencia de que un nuevo país ofrecía una vida desprovista de dificultades reales comparadas con las que se habían dejado llenaba la imaginación de los que los veían desde casa. Por último, el país que recibe al este migrante no considera válida la crítica del recién llegado. Mucho menos lo puede asumir como un auténtico actor político.

Los otros, las realidades ajenas, los mundos impenetrables 

Yo no sabía esto cuando llegué por primera vez a los Estados Unidos en el verano de 2011. En ese momento era muy poco lo que podía decir más allá de saludos y de la necesaria disculpa por no hablar inglés. La opción de llamar a los amigos que aún estaban en Venezuela para desahogarme estaba descartada. Para establecer cualquier nueva comunicación necesitaba de la ayuda de mi esposo: para escribir, leer, y traducir lo que yo le decía a los otros y a su vez traducirme lo que los otros me decían a mí.

Retrato tomado durante el festival de jazz de Detroit. Tras la joven, que mira directamente a la cámara sin ningún signo de timidez, se encuentra un manifestante religioso hablando de perdón y arrepentimiento. Un contraste total con la figura que se detuvo de pronto frente a mi cámara y posó sin yo haberle pedido nada. (Fotografía de la autora, compartida con permiso.)

En pocas palabras, a los 26 años me convertí en una mujer analfabeta que dependía completamente de su esposo para comunicarse. El miedo derivó en el autoconfinamiento del espacio doméstico unido a horas interminables de absoluta soledad. Cuando uno deja su país hasta el detalle más nimio durante el contacto con ese otro mundo exterior tiene un inmenso poder desmoralizante que hunde a cualquiera en la inseguridad más profunda.

Esconderse es entonces uno de los caminos que se pueden seguir, y fue precisamente ese el que yo escogí por mucho tiempo.

Durante ese confinamiento las ventanas se volvieron mi cámara favorita. Esa gran abertura en la pared me dio la oportunidad de acercarme a dinámicas sociales que yo consideraba impenetrables. Parte de la fascinación que subyace en la observación de los otros está en las preguntas que surgen del encuentro con una realidad ajena. Asimismo, la naturaleza de las respuestas que emergen de tales preguntas tienen la fuerza de devolver más interrogantes.

Viendo, preguntándome y respondiéndome aprendí que aquellos a quienes veía eran muy diferentes los unos de los otros. Mientras ese universo rico en diferencias florecía y se multiplicaba, mi identidad individual no hacía más que estrecharse. Ya no era yo de Barquisimeto, sino de Venezuela. Incluso entré a pertenecer a una categoría tan nueva como incompresible: latina, la misma que hace igual a un fueguino de un juarense.

Pero algo gané: me di cuenta de que casi sin falta, ni los venezolanos de aquí o allá, ni los estadounidenses de cualquiera de los cuatro puntos cardinales, rechazan el producto y las historias que resultan del encuentro con una foto o un fotógrafo. Eso lo supe cuando decidí dejar de mirar por la ventana y salí por primera vez a la calle en compañía de mi cámara; desde entonces no la he dejado nunca más.

Pedazos de mundos

Existe algo transgresor en el sólo hecho de tomar una fotografía. La imagen que se captura es el pequeño trofeo de un ladronzuelo travieso que juega a ser dueño del pedazo de mundo que ha congelado. La calle se vuelve pequeña y todos los gestos importan ya no para huir de ellos sino para tratar de recogerlos todos, coleccionarlos y entenderlos en la calma de la noche, ahí cuando se revisan las fotografías que han quedado del día.

Yo, que había permanecido encerrada durante años, de un momento a otro encontraba la valentía de salir y enfrentar a las personas con mi cámara. Cuando pude empezar a leer, las escenas de personas en la calle fueron incluyendo pequeños textos que iban apareciendo en el camino y que servían de fondo y sostén para fortalecer las imágenes.

Ann Arbor, Michigan. (Fotografía de la autora, compartida con permiso.)

 Todavía con grandes limitaciones de comunicación algunas personas me pidieron hacerles retratos. Tener el control de una situación y además, lograr que me mirara a los ojos una persona perteneciente a ese mundo indiferente que pasaba sin verme frente a mi ventana, fue el comienzo de una nueva manera de vivir la migración. También fue una pequeña victoria frente a las inseguridades que todos los emigrantes estamos signados a llevar a cuestas.

Así, como venezolana, he construido para mí y para mi supervivencia una idea de los Estados Unidos a través de mi cámara. Compartir mis imágenes hizo posible que pudiera volver a comunicarme haciendo uso de un lenguaje que dependía más del gesto que de la voz.

Con la cámara aprendí a leer mi nuevo mundo. Aprendí a hablar, no inglés o español, sino fotografía. Y sobre todo, aprendí a ser mirada a los ojos otra vez. La fotografía ha sido el puente con el que he descubierto que en este país yo soy el ‘otro’, pero también que la diferencia es buena. Tanto, que no existe una sola cosa que no pueda ser fotografiada y que no invite, en sí misma, a contar una nueva historia.

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