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Kazajistán conmemora el terror de Stalin

Svetlana Tynybekova, 78 años, en su departamento en Astaná, Kazajistán. Nació en 1939, conoció el final del terror de Stalin que arrasó con su familia. Todas las fotos son de Joanna Lillis.

Este es un artículo de nuestro sitio web asociado EurasiaNet.org, escrito por Joanna Lillis. Se reproduce con autorización.

Svetlana Tynybekova nació en 1939, en la etapa final de la ola de terror de Stalin que arrasó con la Unión Soviética y que acabó con su familia.

A su abuelo, Sultanbek Khodzhanov, intelectual kazajo y exministro del Gobierno soviético de Asia Central, lo ejecutaron como enemigo del pueblo. Su abuela languidecía en un gulag.

“No es natural, es inhumano que un niño deba vivir sin conocer a su abuela ni ver nunca a su abuelo”, dijo Tynybekova, vivaz y atenta a sus 78 años, cuando recuerda el pasado de su familia durante una entrevista en su departamento en Astaná, en noviembre de 2017.

El 31 de mayo, Kazajistán llevó a cabo la conmemoración anual para quienes, como la familia de Tynybekova, quedaron atrapados en la represión soviética.

“Realmente afectó a nuestra familia. Mi madre adoraba a su padre, y cuando nos hablaba del abuelo, se ponía como una niña. Yo la miraba y pensaba: a esta persona le robaron la niñez. Tenía 16 años [cuando arrestaron a su padre]. La familia quedó en sus manos”, dijo.

Sultanbek Khodzhanov, el abuelo de Tynybekova, nació en 1894 en una familia de ganaderos en el sur de Kazajistán, que en ese tiempo era parte del Imperio Ruso. Tras la Revolución Rusa, se convirtió en un ciudadano soviético modelo.

Khodzhanov se empapó de sus ideas revolucionarias en Taskent, donde asistía a la universidad y estudiaba para ser maestro, y se unió a un movimiento estudiantil radical clandestino que pedía cambio un político en los días finales del gobierno zarista.

Antes y después de que los bolcheviques tomaran el poder, Khodzhanov se asoció con destacados intelectuales de Asia Central, incluido el kazajo Mustafa Shokay, que apoyaba los ideales del panturquismo, movimiento que buscaba la unión política de todos los pueblos túrquicos.

Shokay huyó a Turquía después de que un intento de establecer un gobierno autonómo centroasiático –popularmente conocido como Turquestán y Autonomía Kokand– fuera derrotado por tropas bolcheviques en 1918.

Sin embargo, Khodzhanov encontró una causa común con los bolcheviques, y ascendió hasta convertirse en Comisario del Pueblo –equivalente bolchevique a un ministro– en la República Socialista Soviética Autonóma de Turquestán, entidad administrativa creada para gobernar Asia Central.

“El abuelo tenía muchas esperanzas de la revolución”, dice Tynybekova, mientras muestra fotografías en blanco y megro de la década de 1920 de un atractivo joven en uniforme.

Esperaba que los soviéticos estuvieran a la altura de sus pretenciosos lemas sobre igualdad y poder para el pueblo, pero “gradualmente se desilusionó, vio todo lo que no estaba ocurriendo en la práctica”.

Sultanbek Khodzhanov, su esposa Gulyandam Khodzhanova, y su hija Ziba. Foto de Joanna Lillis.

En 1924, Khodzhanov fue enviado a Kazajistán. Pero su carrera en los altos niveles de las autoridades regionales soviéticas no duró mucho. En 1925, tuvo problemas con el nuevo líder de la república kazaja, Filipp Goloshchyokin, que llegó con planes radicales de modernizar una sociedad nómade tradicional que los soviéticos consideraban retrasada e inadecuada para la edad moderna.

Al mando de Goloshchyokin, la república pasó por una industrialización relámpago de la economía y la colectivización de la agricultura que a la larga erradicaría el estilo de vida nómade y causaría una devastatadora hambruna a comienzos de la década de 1930.

Desde el principio, algunos intelectuales y líderes políticos kazajos se resistieron férreamente a estos planes, incluidos ministros del gobierno de Goloshchyokin.

Uno de ellos era Khodzhanov, que expuso ardientemente su posición contraria, según su nieta. Lo mismo hizo un ministro llamado Smagul Sadvakasov, que captó los resentimientos con un lamento que aún hoy se enseña a los escolares en Kazajistán sobre cómo el gobierno de Goloshchyokin demostró que “Kazajistán era y ha seguido siendo una colonia”.

Las objeciones fueron dejadas de lado. A los críticos se les catalogó de “desviacionistas nacionales” y se les retiró de los puestos de poder.

A Khodzhanov lo enviaron lejos, primero a Moscú, luego de vuelta a Taskent para seguir con su trabajo en el Partido Comunista en roles menos destacados.

Indoblegable, siguió defendiendo la causa kazaja.

En 1928, cuatro años después de la muerte de Vladimir Lenin, escribió un folleto donde esencialmente acusaba a Stalin de traicionar el legado del venerado primer líder soviético porque no permitió la autodeterminación de los pueblos de la Unión Soviética. La premisa de Khodzhanov era que, independientemente de los nombres de las repúblicas soviéticas, “una colonia sigue siendo una colonia”, dice Tynybekova.

Casi un siglo después, la cuestión colonial sigue siendo un punto doloroso. A pesar de las conmemoraciones anuales de la represión de la era de Stalin, los críticos señalan que Kazajistán –qie aún está gobernado por su último líder de la era soviética, Nursultan Nazarbayev, 27 años después de la independencia– nunca ha tenido un debate abierto sober el legado o lecciones de su pasado totalitario.

Un recién formado movimiento político, Forum Jana Qazaqstan, ha señalado que sin una evaluación honesta de traumas históricos como la represión y la hambruna, Kazajistán seguirá estancado en el pasado y nunca logrará completar el proceso de descolonización.

Khodzhanov fue arrestado en su casa en Taskent una mañana de 1937 en medio de protestas de que era leal al partido y la revolución. Lo ejecutaron en 1938 por ser parte de una “organización antisoviética, nacionalista”, fue uno de casi 250,000 ciudadanos de Kazajistán que fueron ejecutados durante las represiones que la costaron la vida a casi toda la intelectualidad kazaja. Muchos, incluido Khodzhanov, fueron rehabilitados oficialmente después de la muerte de Stalin.

El estigma de ser parientes de un enemigo del pueblo oficialmente nombrado echó grandes sombras a la vida de los hijos de Khodzhanov, la madre de Tynybekova, Ziba, y sus dos hermanos.

“Los expulsaron del colegio, luego los desalojaron de su departamento y quedaron en la calle, porque dos meses después se llevaron a mi abuela”, dijo Tynybekova.

Considerada políticamente sospechosa, Gulyandam Khodzhanova fue despachada en un vagón de ganado a Karlag, campo en el centro de Kazajistán que era parte de una creciente red de colonias de trabajo soviéticas.

A Ziba y un hermano los acogieron parientes en Alma-Ata, para entonces designada la capital del Kazajistán soviético. Al final, logró completar su educación secundaria y empezó a estudiar Historia, pero la expulsaron de la universidad cuando se supo quién era su padre. Su hemano menor terminó en un orfanato, “donde a los niños les machacaban que sus padres eran enemigos del pueblo”, explica Tynybekova.

Khodzhanova pasó ocho años como esclava en Karlag, antes de ser deportada al sur de Kazajistán por tres años. Luego se mudó a Alma-Ata a vivir con Ziba y su familia, que fue cuando Tynybekova logró finalmente conocer a su abuela.

A Khodzhanova no le gustaba pensar en sus terribles experiencias, que llevaron tristeza a su familia, “pero sobrevivió”, dice Tynybekova. “Era una mujer de gran voluntad”.

En 1953, cuando Stalin murió, la nieta de Khodzhanova presenció una escena curiosa.

Khodzhanova, que había perdido a su esposo ante un pelotón de fusilamiento, que estuvo presa en el gulag y había visto a familia destrozada por las represiones de Stalin, lloró durante días.

“Yo no entendía nada”, reflexiona Tynybekova. “Tal vez lloraba por cómo cambió su destino debido a Stalin”.

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