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“Ya no pueden evadir la pregunta sobre la descolonización y la transformación”

La profesora Lesley Lokko da una charla titulada “Tropic Antics” (Los absurdos de los trópicos) en una charla pública y gratuita en Puerto España, Trinidad, del Instituto de Arquitectos de Trinidad y Tobago. Foto cortesía de Mark Raymond, se reproduce con autorización.

Esta es la tercera y última entrega de nuestra serie de entrevistas con la profesora y novelista Lesley Lokko, que además es la directora de la Escuela de Posgrado de Arquitectura en la Universidad de Johannesburgo en Sudáfrica. Haz clic aquí para leer el primer artículo y aquí para el segundo. 

Por el poder de su descendencia, mitad ghanesa, mitad escocesa, la profesora Lesley Lokko tiene una forma única de ver al mundo. Creció en Ghana al cuidado de su padre, médico que se había formado en el Reino Unido. A los 17 años, se fue hacia Inglaterra para asistir a un internado, y fue en ese momento donde de repente pasó de ser “mestiza” a ser negra o, mejor dicho, no blanca.

Lokko se ha destacado en este espacio entre negro y blanco durante toda su vida, tanto en su obras, como en su ojo de arquitecta y, ahora, en su forma de encarar la docencia; sus lecciones recurrentes hablan todo el tiempo sobre problemas relacionados a la cultura y la identidad.

Invitada por el Instituto de Arquitectos de Trinidad y Tobago y el Bocas Lit Fest, la mayor actividad literaria anual del país, Lokko visitó por primera vez las islas y dio algunas charlas públicas sobre la importancia de la arquitectura en la sociedad actual, la literatura y más.

Global Voices (GV): Elegiste vivir y seguir una carrera en Sudáfrica, el centro neurálgico en muchos aspectos de las relaciones blanco y negro. ¿Cómo se negocia ese espacio como profesional mestizo, después del apartheid?

Lesley Lokko (LL): Lo que me llama la atención sobre algunos sudafricanos blancos, y quiero enfatizar algunos, no todos, es esa sensación que tengo con frecuencia que detrás de nuestras conversaciones subyace que la responsabilidad en manejar el cambio debe ser mía, porque soy quien quiere el cambio. Como población negra, fuimos los que trajimos el cambio, por lo que debemos hacernos cargo de las consecuencias. Lo llamo el “síndrome Oprah”. ¿La responsabilidad de manejar sus emociones, la culpa? No quieren saber nada de eso, así que pasan el fardo. ¿Qué otra cosa es eso sino racismo? No estoy aquí para soportar tu dolor. ¡Tuviste 200 años para hablar de tu dolor! Ya basta.

Black Economic Empowerment (empoderamiento económico de los negros), programa gubernamental sudafricano que compensa la desigualdad del apartheid y brinda a los ciudadanos negros ventajas económicas (a las que no pueden acceder los ciudadanos blancos), ha reducido el debate sobre el progreso y la equidad a algo monetario. Pero no se trata solo de dinero. El dinero es el símbolo de toda una serie de problemas: clase, cultura, movilidad social, aspiraciones, autoestima, identidad… está todo en la misma bolsa. El dinero se vuelve el principio y el fin de todo, un medio en sí mismo, en lugar de ser un medio con un fin más progresivo.

GV: Es como una negación continua de la identidad negra. Gran parte de tu trabajo tiene que ver con la raza, la cultura y la identidad. ¿Qué papel juega la arquitectura, por ejemplo, en nuestra identidad de población caribeña multiétnica? 

LL: Por las relaciones históricas que los africanos han tenido siempre con el resto (Europa, Estados Unidos, el Caribe), estamos plenamente conscientes de “otras” culturas negras… afroamericanos, caribeños, negros británicos. Somos conscientes de que esas comunidades están conectadas con nosotros, pero a su vez dispersas, por lo que la psiquis de los africanos, sin importar en qué lugar del mundo nos encontremos, es muy fluida. No se trata del arraigo, de estar solo en un lugar, tener solo una identidad, hablar solo un idioma… es mucho más inconcluso. Sin embargo, y ese es el punto, la arquitectura se trata del arraigo, la ubicación, un lugar fijo en el mundo. Ese es el impulso de la arquitectura: sentar las bases, poner algo en ese sitio, anclarlo al piso y asegurarte de que se mantenga erguido tanto como sea posible. Por lo tanto, la naturaleza misma de la disciplina se encuentra siempre en tensión con la naturaleza de esa psiquis de diáspora africana, que se enfoca en el movimiento, el dispersarse, el multiplicarse.

¿Qué aplicación tiene todo esto en los arquitectos? Voy a intentar darte un ejemplo concreto (y no es un juego de palabras): una amiga muy cercana es una arquitecta dominicana. Se casó con un arquitecto suizo y tienen un estudio juntos en Basilea [Suiza]. Cuando ella estudió en la Universidad de Cornell hace 25 años, no se hablaba sobre raza, identidad ni fluidez. De todas formas, su estudio ganó el trabajo para reformar una escuela local y, durante la etapa de diseño, decidió llevar a las aulas un tipo de luz que le recordaba a Santo Domingo [República Dominicana], algo suave, dorado, vaporoso. La luz en Basilea es muy distinta; es mucho más fría… una luz azul, más dura. Por lo tanto, mi amiga llevó una paleta dorada de sombras para ojos de Estée Lauder a la reunión con los ingenieros que estaban haciendo las persianas y les dice “Quiero una persiana de metal que filtre la luz para generar este color”. ¡Y lo lograron! Y fue una pequeña victoria para ella porque se tradujo en que cuando bajaran las persianas en una tarde fría de invierno, los estudiantes en las aulas iban a estar bañados de esta luz caribeña, una luz que la gran mayoría nunca vio, ahí mismo, en Basilea. Me parece un ejemplo realmente interesante, en particular para los arquitectos africanos que viven fuera del contiente que ahora luchan para combinar sus respuestas emotivas, impulsos e historias con una disciplina que históricamente no los quería.

Aún nos queda un largo camino por recorrer. Recientemente estuve en la Bienal de Venecia y la pregunta de todos fue “¿Dónde está África?”. Ni un país africano representado (al menos, desde el punto de vista nacional). El Gobierno sudafricano tiene la concesión de un edificio en el Arsenal de Venecia. Sin embargo, como consecuencia de “irregularidades” financieras que se presentaron este año, no se presentaron licitaciones para los arquitectos sudafricanos. Por lo tanto, se gastó dinero en el edificio pero está ahí, vacío. En Sudáfrica, este tema genera una furia comprensible ante la actitud del Gobierno. Es algo increíblemente triste. El Gobierno tiene la obligación de generar oportunidades para que la cultura florezca… y no lo hace. Y esto es así para todos los países de la región. Ningún Gobierno africano pudo apoyar a un arquitecto africano en el encuentro de arquitectura más importante, y no se trata de que seamos demasiado pobres como para hacer frente al gasto. La situación es, a su vez, parte de una cuestión más compleja sobre la relación entre nosotros, los ciudadanos, con el Gobierno, y no creo que no existe lugar en que esta relación esté tan deteriorada como en el continente africano.

Somos, en lo interno, una sociedad feudal, y no lo digo a modo de juicio de valor; es la realidad. Con frecuencia, comparo la formación de la élite gobernante con la corte de Enrique VIII de Inglaterra. Algunos ministros se reúnen en torno a una figura central poderosa y su vida depende del padrinazgo de esta persona. Sin embargo, los ciudadanos, externos a la corte que tiene lugar en el siglo XXI, en un momento donde tenemos a disposición una cantidad importante de información en lo que respecta a buscar nuevos lugares, tener aspiraciones nuevas, aprender sobre otras maneras en que se pueden hacer las cosas… desde el estado de bienestar hasta los servicios públicos eficientes… y eso no lo vemos reflejado en los planes de nuestros líderes o en acciones concretas a nuestro favor. Es al revés. Vemos al Gobierno como una especie de figura paterna benévola que va a mejorar nuestra calidad de vida, pero en nueve de cada diez casos, esa figura paterna busca llenarse los bolsillos y los de quienes lo rodean, no los nuestros. Hemos heredado una estructura política que proviene de una fuente muy diversa, tanto en tiempo como en espacio, y es muy difícil adaptarse. Enrique VIII no se convirtió en Enrique VIII para ganar dinero; ya lo tenía. Podemos cuestionar de qué forma generó esa riqueza, pero la realidad es que lo logró en más de cuatro años, lo que genera una especie de presión y tentación propia. Así y todo, existen líderes que tienen el poder de generar el cambio. Y muchos de esos líderes provienen de África y de la diáspora africana… Mandela, Martin Luther King, Malcolm X.

[La profesora Lokko habla sobre las transformaciones radicales en la arquitectura para la serie Safe Space: primer episodio de UJ GSA en Vimeo.]

GV: Existe una dinámica muy similar con respecto al liderazgo en el Caribe. 

LL: Este es el cuarto año que que estoy al frente de la Escuela de Posgrado de Arquitectura, y cada día me demuestra que el liderazgo es una profesión, no es algo separado que se hace además del trabajo principal, ese es el trabajo. En el mundo corporativo, existe una cantidad increíble de ideas sobre cómo liderar, manejar, crear mejores empresas y equipos… Sin embargo, en el ámbito público, esto no ocurre tanto. Creo que en el mundo corporativo el fin máximo, la ganancia, es lo que motiva el éxito.

Veo a muchos líderes africanos gobernantes, me pregunto si alguno tuvo en su vida algo parecido al nivel de apoyo necesario para liderar. Es interesante que nunca hablemos sobre esos mecanismos de apoyo, el contexto que rodea a los líderes. La psicología, la historia, sus asesores… Esos complementos que pueden marcar la diferencia entre ser un gestor mediocre y un gran líder de verdad.

GV: Hablaste sobre abordar la docencia en el sentido de “abrir a los estudiantes”, buscar qué los motiva. ¿Cuál sería el impacto potencial que podría generar esta forma de trabajar? 

LL: Es una pregunta difícil de responder. Por un lado, tengo la esperanza de que el impacto de poner sobre la mesa temas complicados como raza e identidad hará una diferencia enorme pero, por el otro, también anhelo que en un futuro esas preguntas no sean consideradas marginales, o que no solo despierten el interés de estudiantes negros. Es en parte la razón por la que me encuentro aquí [en Trinidad y Tobago]. Es muy importante para nosotros (y me refiero en un sentido muy amplio) contar con espacios y lugares, como las escuelas de arquitecturas grandes, donde esas preocupaciones sean centrales. Y lo son, en formas profundas, rigurosas, creativas, de investigación y exploración. No se trata solamente de “permitir” que los estudiantes negros hagan las cosas solo por su color. Creo que ese es el potencial que veo en la Escuela de Posgrado de Arquitectura. Sudáfrica, por muchas razones, es el lugar indicado para poner todas estas cuestiones sobre la mesa y ver que tengan éxito. Contamos con la infraestructura, los fondos para la educación y, por primera vez, hay una urgencia política. Desde la protesta de los estudiantes en 2016, las palabras “descolonización” y la “transformación” están en boca de todos. La urgencia moral y la voluntad política para generar el cambio está presente. Esta cuestión ya no puede ser ignorada.

GV: Para conseguir el cambio efectivo, algo que ya estás haciendo en la Escuela de Posgrado de Arquitectura, seguramente te inspiraste en otras personas. Cuéntanos sobre algunos arquitectos y escritores que te han influenciado. 

LL: Para mi, la arquitectura comienza y termina con Mies van der Rohe. Es un cliché, lo sé, pero es la verdad. Su trabajo me conmueve de formas que no puedo poner en palabras. Sus edificios tienen “sentido” para mí y ese es el resultado de siete años de un entrenamiento modernista que está profundamente enraizado. Con la literatura fue distinto. Nunca la estudié, por lo que mis preferencias son con seguridad más intuitivas, menos “entrenadas”. Influyen en mí tanto el tema como el estilo, algo de lo que estoy muy agradecida. Son dos los escritores que, en particular, han tenido un gran impacto en mí. Uno es la escritora sudafricana Nadine Gordimer, y no solo por su temática principal, algo que la mayoría asume, sino porque usa el lenguaje como un arquitecto usa el espacio; es estructural, formal, muy muscular. No es una autora fácil de leer porque no sigue las convenciones con respecto a la puntuación y demás, pero en mi opinión, es la mejor. El segundo es el australiano David Malouf. Ambos son algo así como escritores poscoloniales, pero su obra es un ejemplo real de la misma temática que puede articularse de formas muy diversas. En lo que respecta a los autores de las Antillas Occidentales, de joven leí mucho de WalcottNaipaul. ¿De los contemporáneos? Patrick Chamoiseau, Junot Diaz.

La profesora Lesley Lokko habla sobre literatura en la sede de el Bocas Lit Fest en Pueblo España, Trinidad y Tobago. Foto de Mark Raymond, se reproduce con autorización.

GV: ¿Qué hay de los autores africanos? 

LL: Me cuesta un poco con los autores africanos. Hay un talento inmenso y casi una cantidad infinita de historias para contar, pero para muchos, el hecho de que sean africanos aún domina la narrativa. Quiero vernos liberados de esa atadura o ese velo de sentirnos fuera de lugar a través del cual con frecuencia tenemos que escribir… va a llevar algún tiempo.

Estoy comenzando con unas charlas literarias [con la fundadora del Bocas Lit Fest Marina Salandy-Brown] con dos conversaciones que mantuve con mis editores luego del tercer y el sexto libros. Todos me decían que la segunda novela iba a ser muy difícil puesto que la primera había ido muy bien. Sin embargo, la tercera fue el problema. Mi contrato era por una novela cada año, y la tercera me tomó tres años y llegó el momento en el que mis publicistas se cansaron y me dijeron “Ya tráela a Londres”. Nos reunimos y me preguntaron por qué me resultaba tan difícil escribir la novela. Al final, una editora, una mujer muy amable, me dijo: “Lesley, por el amor de Dios, no podemos entender qué es lo que  no entiendes. Un chico conoce a una chica, el chico consigue a la chica, el chico pierde a la chica, el chico la recupera”. Mi representante, que creo que sentía pena por mí, se inclinó y me susurró: “No te olvides, eso es exactamente de lo que se trataban los clásicos”. No sé si me consoló, pero sí tuvo el efecto de convertirme en algo menos valioso. No obstante, al llegar a mi sexta novela, me encuentro nuevamente en la sala de reuniones para una reunión extraña que, a partir de ese momento, se convirtió en el título de una de mis charlas: “No más de tres, por favor”.

Portada de una novela de Lokko. Imagen cortesía de Lokko, se reproduce con autorizacion.

GV: ¿A qué hace referencia “No más de tres”? 

LL: [Sonríe pícaramente] Mi editor me dice: “Lesley, conversamos entre nosotros y la realidad es que nos encantan tus libros… Es decir, nos encantan“… Y mientras tanto pienso: “¿Qué rayos va a pasar ahora?”. Luego me dice “Pero de verdad consideramos necesario poner límites. Por eso tuvimos esta charla y revisamos todo, y lo que hemos decidido es que, en realidad, nos gustaría que te quedaras con tres. No más de tres”. A esta altura, estoy absolutamente confundida, y les pregunto: “¿No más de tres qué? ¿Me lo puedes decir de una vez?”. Y me dice: “No más de tres personajes negros”.

Lo que me estaban diciendo, en esencia, era: “Mira, que en todas tus novelas sientas la necesidad de que uno de los personajes sea negro es un rasgo que nos gusta, pero, ¿podrás ponerle un límite? Porque, a final de cuentas, tu público está aquí”. Fue uno de esos momentos en los que el sientes que te quitan el aliento. ¿Era una decisión de mercado, moral, ética? Y luego, en tono sarcástico le dije “¿Cuentan los mestizos? Al fin y al cabo, yo no sabía que me había pegado a eso: algunos libros tienen más, otros menos. Pero, para mí, ese fue el principio del final de esa etapa de escribir ficción porque me di cuenta de que lo que yoellos pensaban que yo hacía eran dos cosas completamente distintas. Yo pensaba que estaba combinando distintos géneros, como literatura para mujeres, suspenso, ficción literaria, novela histórica, memorias políticas. Pero, en esencia, solo estaba escribiendo sobre los éxitos de la vida de una chica que todavía seguía reglas muy particulares. Paré de escribir luego de once novelas y mis editores y yo quedamos en buenos términos, pero aún considero que subestimaron al público.

Lo que me resulta interesante es que todavía las ventas en Italia van muy bien: en relación con el número total de lectores, este es el mercado más grande. Vendo más libros en números en el Reino Unido, pero en ese país la audiencia es mucho más grande. Si ves las tapas de las ediciones italianas, pensarías que soy una escritora completamente distinta y las preguntas que me hacen cuando hago charlas en Italia no me las hacen nunca en el Reino Unido. Por sobre todo, los libros que escribo no hablan sobre los problemas de los “negros” de la forma en que el mundo literario los entiende… Mis editores en el Reino Unido eran buenísimos, pero siempre tenían dudas al poner en primer plano esos problemas y promoverme como una escritora negra, en gran parte porque pensaron que yo terminaría en la sección de autores negros y vendería 300 copias… Y ni siquiera soy tan negra.

Si ves autores como Taiye Selasi or Chimamanda Ngozi Adichie, dos autoras negras muy diferentes, se las publicita como autoras negras o africanas, en parte porque el mundo de la ficción literaria, un mundo muy diferente al de la ficción comercial, prospera en esas distinciones, y en parte porque su trabajo habla de forma muy clara (y hermosa) al cuestionar la identidad de una forma muy contemporánea. Creo que es un aspecto difícil para un editor.

No obstante, Meghan Markle va a cambiar todo eso. Vi la boda real el día anterior a irme de Sudáfrica para hacer este recorrido de charlas. Me dio la impresión de que estábamos viendo algo muy profundo de verdad, aunque solo podamos darnos cuenta en retrospectiva. Me gustaría explayarme un poco en este punto. Si alguien me pregunta de dónde vengo, siempre respondo “Ghana”. Jamás diría “Inglaterra” o “Escocia”, a pesar de que nací en Escocia y de que mi madre era escocesa. Pero hacerle esa pregunta a un mestizo es siempre una cuestión más compleja. Invariablemente, es seguida de “Pero, ¿de dónde eres realmente?” o “¿De dónde son tus padres?”. Si me presionan, podría llegar a decir “Bueno, soy en parte británica”. Ahora bien, estudié en el Reino Unido durante las décadas de 1980 y 1990, una época muy especial. Fue el comienzo de la Cool Brittania, en particular para todos los que estaban relacionados con los movimientos artísticos. De repente, y es algo que recuerdo con mucha claridad, existía otra identidad disponible para los que no éramos ingleses, galeses, escoceses (al menos en el sentido blanco y original de la identidad). Esa identidad era lo británico contemporáneo, y dio a todos los trozos del anterior imperio un significado distinto y legítimo, especialmente en Londres. Para mí, el matrimonio de Meghan Markle ha ido en la dirección opuesta, directo al corazón de lo británico, como no se había visto antes. No sé qué repercusión habrá en el corto plazo pero, y no recuerdo otra ocasión, lo británico se ha desmontado

Tal vez, el desmoronamiento de la situación ocurrido en la arquitectura, la literatura y otras expresiones culturales durante tanto tiempo será el impulso para un cambio permanente.

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