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El futuro es una moneda de un sol que gira en el aire

Vendedores ambulantes venezolanos en Lima. Fotografía de LLs, publicada bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.

La siguiente es una re-edición de la pieza “Yo, xenófoba: Crónica de un desplazamiento migratorio“, escrito por Mélanie Pérez Arias y publicado originalmente por el medio venezolano en línea Prodavinci. El texto ha sido reducido y adaptado para Global Voices con permiso de la autora. La versión original contiene más detalles y cifras sobre el fenómeno del éxodo venezolano, además de reflexiones sobre encuentros y alteridades.

Decía mi bisabuela que “el muerto y el arrimado a los tres días huelen”. Soy venezolana, vivo en Perú desde hace un año y medio, y en los últimos meses he empezado a percibir el olor, mi olor.

Perú es el segundo país de Latinoamérica, después de Colombia, que ha recibido a más venezolanos. Al día de hoy somos 408.000 “venecos” en territorio inca. Acá y allá se ven las dos orillas visibles de este río infinito llamado migración que empecé a navegar no hace dos años cuando vendí lo que tenía para mudarme de país, sino hace cinco cuando me enamoré de un peruano.

La crisis nos llegó como una ola durante mucho tiempo advertida. Y nos arrasó.

Recuerdo muy bien el día en el que Luis, mi esposo, me propuso emigrar porque en el país no había pan. Ese día recorrió cinco panaderías sin éxito.

Luis nació en el Callao, Lima. Cuando tenía siete años su familia emigró a Venezuela debido a la crisis económica de los 80 y 90. Fue criado en un hogar peruano en el centro de Caracas donde se veneraba al pan con mantequilla y mermelada, al arroz y al Alianza Lima. El día que nos casamos su mamá sirvió causa de pollo. Un amigo nos regaló una piñata con forma de alpaca en honor a la peruanidad y a la alegría de habernos encontrado.

La vida del emigrante es en extremo solitaria. Tus amigos viven en Whatsapp, no haces otra cosa que trabajar y, en nuestro caso, lidiar con Venezuela en la distancia. Cuando llegamos a Lima el clima general respecto a la venezolanidad era de apertura y solidaridad. La migración venezolana, en general, era percibida positivamente por su alto nivel de profesionalización y nuestra proverbial buena onda caribe.

Un año y medio después las cosas son distintas.

Las facilidades legales dispararon la llegada de mis compatriotas al Perú, especialmente a los llamados conos urbanos, zonas de la ciudad que, a pesar de ser económicamente pujantes, tienen problemas de seguridad y de servicios públicos. Allí se ha instalado lo que algunos llaman la “invasión veneca”. Ya somos los suficientes para empezar a causar problemas.

Adicionalmente, el tratamiento de algunos medios del tema venezolano no ha sido responsable, y a esto se suma la postura abiertamente antivenezolana de algunos políticos. ¿Se entiende el coctel?

Mi primera experiencia con la xenofobia fue hace quince años, en Caracas. Pasábamos con mi familia por una de las zonas donde se habían asentado las comunidades ecuatorianas y peruanas en el oeste de la ciudad. De pronto una de mis primas le preguntó a mi papá qué haría él si yo me casaba con un “cotorro”, como le decíamos a los emigrantes andinos. Mi papá, al volante, me miró por el retrovisor como dándome permiso para responder, entonces solté lo que muchos años después entendería como una premonición: “Yo sí me casaría con un cotorro. Uff. Muerta de la risa, mija”.

Lo dije para provocar y el auditorio se rio de lo que parecía un absurdo. ¿Por qué? ¿Por qué era tan difícil creer que alguien como yo, cuyo único privilegio de clase era bailar salsa y picar aliños mejor que el promedio, no podría enamorarse de un migrante de esos países del sur? Mi yo xenófoba de dieciséis años aún no podía ver que ese rechazo, esa violencia sutil que se instalaba en la burla, era el germen de una enfermedad peor que afortunadamente pude sanar a tiempo.

Viajar cura la xenofobia. Leer cura la xenofobia. Enamorarse de un extranjero cura la xenofobia. Amar la diferencia cura la xenofobia. Informarse también: según Naciones Unidas, somos 266 millones de migrantes en el mundo, lo que significa un 3.3% de la población que, sin embargo, contribuye con un 9% del PIB global. Son casi 7 trillones de dólares al año en productividad. De hecho, las remesas solo representan un 15% de los ingresos del migrante; el otro 85% se queda en el país.

Esta anécdota superficial de mi adolescencia apenas roza lo que fue el fenómeno migratorio para nosotros. Los venezolanos éramos los primos millonarios y cocainómanos de un continente devastado por la violencia. Recibimos, sí, a miles de inmigrantes de Colombia, Ecuador, Perú y Centroamérica, familias enteras como la de mi esposo que llegaron a establecerse en un país donde todo olía a nuevo.

Los beneficios emocionales, por otra parte, calaron hondo al menos en las familias cuyo testimonio conozco de primera mano. Basta oír hablar a mi suegra sobre Venezuela para que a uno le nazca una flor en el pecho. Sus historias de casi cuarenta años en el país donde pudo criar a sus dos hijos profesionales y ver nacer a sus nietas me hacen sentir orgullosa de mi cultura. Sin embargo, no creo que la solidaridad sea una moneda de cambio. Ayudamos a los otros porque es lo correcto, punto.

El miedo, está dicho, es natural. Pero hay que saber qué hacer con él, dónde ponerlo, a quién entregárselo, cuándo es realmente útil para preservarnos o cuándo es una excusa para no cambiar. No hay una fórmula, cada quien lidia con sus demonios como puede. Pero en los últimos meses los casos de xenofobia en Perú han surgido de una manera que, aunque no tenga datos para sustentar esto, no me parece propia de los peruanos.

He pasado demasiado tiempo de esta semana leyendo comentarios antivenezolanos en las redes sociales con el ojo lo más limpio posible de chauvinismo y victimización. Luego los comparé con las muestras de apoyo que he recibido de personas desconocidas. Mi conclusión es que en la calle, en la práctica, los peruanos están a punto de escribir una historia nueva.  

Mientras tanto, los venezolanos nos hacemos conscientes de nuestra otredad, ese olor, al enfrentar una circunstancia inédita en nuestra historia: salir a buscarnos la vida lejos de todo lo que podíamos llamar mío: Mi país. Mi casa. Mis padres. Mis muertos. Eso nos está demandando habilidades de adaptación que tenemos que aprender sobre la marcha.

Nos quedan, sin embargo, algunas posesiones involuntarias: Mi acento. Mis rasgos. Mi lenguaje. Mi dolor. Posesiones que, según se decida, podrán ser puentes o serán abismos.

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