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Tres días en prisión por el “delito” de periodismo: Diario de un periodista nigeriano

Samuel Ogundipe. Fotografía de PREMIUM TIMES, usada con permiso.

El 14 de agosto, 2018, el Escuadrón de Tácticas Especiales de Nigeria detuvo a Samuel Ogundipe, periodista de investigación nigeriano, por rehusarse a nombrar sus fuentes para una historia que trató sobre cómo el servicio de seguridad nigeriano participó en el impedimentoe de ingreso de funcionarios en la Asamblea Nacional Nigeriana a principios de agosto de 2018.

Ogupdipe, quien trabaja para el periódico privado en línea Premium Times, estuvo por tres noches y le leyeron las acusaciones sin la presencia de sus abogados. Fue liberado bajo fianza el 17 de agosto a insistencia de sus abogados. Este es un breve resumen del incidente narrado en primera persona, escrito por Samuel Ogundipe y publicado originalmente en Premium Times. Global Voices editó y publicó esta versión como parte de un acuerdo de publicación de contenido con Premium Times.

Durante tres días, estuve sobre una dura cobija dentro de una celda del centro de detención del Escuadrón de Tácticas Especial es(STS) de la policía en Abuya, capital de Nigeria.

Sudaba copiosamente mientras leía un viejo ejemplar de una guia cristiana, impresa por el Centro de Evangelización Dunamis de Paul Enenche –libro escrito precisamente para evitar que las personas estén en una situación como esta. No obstante, durante tres días, esta fétida y mohosa jaula –que compartí con docenas de sospechosos de delitos violentos– fue mi espacio para leer, comer y dormir.

El libro, que un devoto del dunamis ingresó de manera clandestina, fue mi primer encuentro con la obra del señor Enenche y su ministerio, por lo que traté de disfrutarlo. Leí un pasaje que predicaba acerca del valor de la libertad, y lo que deben realizar los creyentes para evadir toda forma de encarcelamiento. En caso que las personas fuesen arrestadas sin haber cometido delito alguno, la recomendación era aferrarse fuertemente a la fe.

Fue un sermón interesante, pues tuvo relevancia para mi situación, y me brindó la seguridad de que la justicia prevalecería al final.

Estuve tres días en prisión por el delito de periodismo. Durante ese tiempo, descubrí, por medio de otros, cómo las personas ingresan y salen del centro de detención de STS por el mediocre trabajo de investigación de la policía. Sus relatos me brindaron alimento mental que me ayudó a soportar mi primera experiencia como recluso.

La experiencia que tuve con STS me dejó con la percepción de que es una unidad de policía más discreta que las demás, aunque algunas tácticas aún reflejan al infame Escuadrón Especial Antirobo (SARS). La instalación del STS está formada por una cabaña ubicada dentro del gran complejo para delincuentes reincidentes de SARS –da la impresión de que es solo para arresto temporal, pero no parece del cierto.

De manera similar que SARS, los detenidos de STS están condenados desde el primer día, comienza con un método de interrogación arcaico y contraproducente, y condiciones de vida insoportables. Y, como SARS, el objetivo de STS es torturar psicológicamente a sus reclusos: mantenerlos en aislamiento en un intento de destruir su espíritu y debilitar su voluntad para obligarlos a ceder. Muchos sucumben. La única diferencia es que el personal de STS parece ser más ordenado, educado y menos cruel que sus colegas de SARS, cuya mala reputación hizo que los habitantes de Abuya bautizaran al lugar como el “matadero”.

Cómo empezó

Mi travesía por la dependencia policial comenzó el 11 de agosto cuando mi colega Azeezat Adedigba, reportera de Premium Times, recibió una llamada del superintendente de la policía para informarla que la investigaban por algunos delitos. Ella alertó a nuestra oficina y nuestros gerentes le aconsejaron proceder con precaución.

Dos días más tarde, a solicitud de ella, la policía envió una carta formal a nuestra oficina en la que alegaba que la señorita Adedigba había cometido conspiración penal, delito informático, intento de secuestro y fraude, y por consiguiente solicitaban que se entregara de manera voluntaria a las 10:00 horas del 14 de agosto.

Mi colega se presentó ese lunes, según lo indicado, acompañada por nuestro editor en jefe, Musikilu Mojeed. Mientras esperaban para hablar con el superintendente de la policía, Emmanuel Onyeneho, un oficial subalterno completamente armado confiscó su teléfono y luego la arrestó.

Horas más tarde, el señor Oyeneho apareció, le devolvió su teléfono y solicitó que llamara a un número que ahí aparecía. Resultó ser el mío. El detective después solicitó mi presencia en la estación. Estaba degustando un pastel de chocolate cuando entró la llamada. Devoré el resto antes de tomar mis llaves y dirigirme hacia allá.

Estaba degustando un pastel de chocolate cuando entró la llamada. Devoré el resto antes de tomar mis llaves y dirigirme hacia allá.

Llegué alrededor de las 2:30 p.m., y me recibió una avalancha de preguntas del señor Oyeneho, con el objeto averiguar la fuente de nuestra historia sobre el informe provisional que el inspector general, Ibrahim Idris, realizó para el entonces presidente Yemi Osinbajo con respecto el asedio al servicio de seguridad estatal que la la asamblea nacional realizó el 7 de agosto.

Escribí ese artículo la noche del 9 de agosto, tras recibir la información de una fuente confiable que verifiqué con dos oficiales de policía de alto rango. La policía no tuvo queja alguna sobre la veracidad de la historia. Solo asumieron que no era para el difundir al público. Para ser justos con el jefe de la policía, el documento de cinco páginas, aparte de estar mal hecho, contenía demasiados errores que le daban una mala imagen.

A mi llegada, el señor Oyeneho liberó a la señorita Adedigba. “Solo la utilizamos como un blanco fácil para capturar a nuestro sospechoso principal”, dijo el oficial.

‘El señor Oyeneho no pudo obligarme a revelar mis fuentes de inmediato’

Pronto, fue evidente que nos iban a arrestar al señor Mojeed y a mí. Repentinamente, un oficial vestido con pantalones vaqueros y camiseta tomó asiento a nuestro lado, bloqueando todos los caminos. Tenía el cabello al estilo rastafari y usaba botas militares amarilla. Mantuvo una cara seria y estuvo completamente atento a nuestra conversación.

El señor Onyeneho exigió mi teléfono cuando me recibió en la entrada, pero le dije que no lo tenía. Le pareció curioso y caminó lentamente alrededor de mí para asegurarse. Mis editores me habían advertido que nunca debería llevarlo si me convocaban a un interrogatorio, ya que los agentes podrían terminar encontrando información no relacionada con su investigación, y que además podrían intervenir el dispositivo.

Justo antes de que el señor Oyeneho comenzara el interrogatorio, hizo alarde de que habían congelado la cuenta de mi sueldo en Ecobank horas antes. Recordé inmediatamente la transferencia que no se pudo completar a través de la aplicación móvil del banco, justo antes de recibir la llamada para presentarme en la estación. Antes de que pudiera preguntar si obtuvo una orden judicial antes de tomar esta medida, su enojo comenzó a aumentar cada vez más con respecto a la fuente de mi historia.

Cuando el señor Oyeneho no pudo obligarme a revelar mis fuentes de inmediato, el superintendente de la policía informó a su superior en STS y dio con el siguiente paso. El oficial administrativo a cargo del centro de detención STS dijo que nos deberían trasladar al cuartel general de la Fuerza para proseguir con el interrogatorio.

‘Intentó muchas veces decirme qué escribir’

Cuatro oficiales vestidos de civil, el oficial administrativo y Oyeneho nos condujeron a las entrañas del cuartel general.

Llegamos a la oficina de Sani Ahmadu, comisionado de la policía que supervisa la Unidad de Seguimiento del inspector general de la policía (IGP); STS forma parte de esta unidad.

Mientras tomamos asiento, el señor Oyeneho intentó alardear de la “operación de inteligencia” que ejecutaron para arrestarme, pero el señor Ahmadu le interrumpió. Al parecer sintió que era demasiada información para el señor Mojeed y para mí.

El señor Ahmadu nos dijo que la historia que publicó Premium Times había infringido la ley, aunque nos aseguró que sus hombres serían civilizados al tratar el el asunto. Me entregaron un bolígrafo y dos hojas de papel para escribir una declaración.

Agentes de policía nigeriana completan su entrenamiento en 2015. Fotografía de AMISOM, publicada para el dominio público.

Mientras escribía, el señor Oyeneho me interrumpía. Intentó muchas veces decirme qué escribir, pero yo me rehusé. Insistió en que declarara la cantidad de veces que escribí historias desfavorables sobre el señor Idris, el jefe de Policía de Nigeria, o la policía como institución, o incluso del Gobierno nigeriano en general. No le presté atención.

Cuando escribía mi declaración, un agente que asistía al señor Oyeneho susurró que yo estaba “en problemas”.

Después de una hora y media de intercambiar opiniones con los agentes, presenté mi declaración, justo en el momento en que entregaron la cena al señor Ahmadu. Tendríamos que esperar, le indiqué al señor Mojeed con una seña, quien permanecía sentado a un metro de distancia.

‘Todo al que traen para interrogar es sospechoso “principal”’

Mientras esperábamos, observé que el señor Ahmadu se comunicaba con alguien a través de su teléfono Samsung. Trataba de conseguir una orden judicial para mantenerme bajo arresto. También pudimos escuchar a otro agente discutiendo a fin de convencer a un magistrado para que emitiera la orden. Aproximadamente 45 minutos más tarde, un fiscal de la policía adjunto al STS llegó con documentación.

Extrajo un documento y lo mostró al señor Ahmadu y a los demás agentes. Con una seña, el señor Mojeed me indicó que era una orden judicial y me pidió que permaneciera en calma.

Escuchamos a los oficiales decir que la orden judicial sería válida entre el 15 y el 25 de agosto. Para entonces, el señor Ahmadu había terminado de comer. También había leído mi declaración y estaba listo para concluir la sesión.

Luego, los teléfonos del señor Mojeed comenzaron a sonar incesantemente. Al parecer, Azeezat y Tosin Omoniyi, otro colega que también estuvo en STS antes de que liberaran a Azeezat, le había contado la noticia a los demás colegas en la oficina. Estaba a la mitad de mi declaración cuando el señor Oyeneho comenzó a recibir llamadas de nuestros abogados y otras personas interesadas.

Justo antes de que mis escoltas me regresaran a STS, el señor Ahmadu preguntó por última vez si podía revelar mis fuentes. Me negué nuevamente. De camino hacia la salida, el señor Mojeed dio la vuelta y le dijo:

“Solo quiero informarle que esta acción que está tomando, este intento de encerrar a un reportero por escribir una historia, avergonzaría a este país seriamente”

“No me interesa”, el señor Ahmadu dijo mansamente antes de contestar de manera brusca: “¡Vaya y dígale eso a los que le temen a los medios! ¡Nosotros no!”.

“No me interesa”, el señor Ahmadu dijo mansamente antes de contestar de manera brusca: “¡Vaya y dígale eso a los que le temen a los medios! ¡Nosotros no!”.

Mientras descendíamos las escaleras, tras salir de la oficina del señor Ahmadu, los agentes le preguntaron al señor Mojeed cómo avergonzaría al país el detener a un periodista por publicar un documento confidencial.

“Su pregunta demuestra que ustedes no entienden la repercusión de la tarea que les fue asignada”, respondió el señor Mojeed.

Antes de que pudieran brindar una respuesta coherente, llegamos al parqueo. El bus Hiace dio un giro para trasladarnos de vuelta al centro de detención de STS.

En cuestión de minutos, regresamos al centro de detención. El señor Oyeneho preparó rápidamente un expediente para mi detención.

Solicitó que me quitara mi reloj de pulsera, cinturón y zapatos mientras se preparaba para trasladarme a la celda. A pesar de estar obviamente enojado y alterado, el señor Mojeed mantuvo la compostura, y reprendió al señor Oyenedo sobre la necesidad de asegurar que no fuera torturado ni lastimado físicamente mientras estuviera recluido.

“Está bien. Le diré a los muchachos que están en la celda que no lo toquen”, el agente respondió, para mi alivio. “Eso sería suficiente”, dije.

“Está bien. Le diré a los muchachos que están en la celda que no lo toquen”, el agente respondió, para mi alivio. “Eso sería suficiente”, dije.

Una agente que realiza el registro de los reclusos entregó la llave de la celda al señor Oyeneho y me señaló la dirección de la misma. “Sígalo”, ordenó.

A todo al que traen para interrogar es sospechoso “principal” en este centro y lo tratan con desdén, incluso, la situación puede empeorar si está detenido.

‘Le diré a los tipos de la celda que no lo toquen’

A eso de las 5:30 p.m., me escoltaron hacia la celda. Mientras se abría la puerta con barrotes de hierro, un olor a moho emanó del lugar. Solicitaron señor Sr. Mojeed que retrocediera, al mismo tiempo que los agentes me ingresaron a empujones. Por casi un minuto, el señor Onyeneho llamó a los líderes de la celda y les advirtió a cada uno que se aseguraran de mi bienestar.

“Presidente, IG, OC Torture”, dijo, dirigiéndose a varios prisioneros por los “papeles” que desempeñan dentro de la celda, “este es periodista y visitante del inspector general (en referencia al jefe de policía de Nigeria, el señor Idris), no vino de la misma manera que los demás”, dijo el señor Oyeneho.

“Si presenta queja de alguno, esa persona pagará seriamente por la ofensa, ¿entienden?”.

“Entendemos”, exclamaron al unísono.

Después, señaló una cobija que estaba en una esquina de la celda y dijo que me adecuarían un espacio ahí. Antes de que pudiera susurrar mi agradecimiento, el agente había desaparecido y cerrado la puerta.

Me habían dicho que a los nuevos reclusos los torturan normalmente, en especial los que llegan con las manos vacías. Es como un ritual que pretende doblegarlos a fin de que se sometan a la autoridad existente en la celda.

“”¿Y ese quién es?”. Una voz somnolienta masculló desde una montaña de camisetas de fútbol sucias.

“Na one oga oh and dem don talk say make we no touch am”, respondió el presidente de la celda. Es un
hombre importante y nos dijeron que no lo toquemos.

“Esta persona que acaba de llegar hoy, se sentará al lado del presidente, dormirá sobre su cama, ¿y no trajo nada para el presidente?, dijo enfurecido otro sujeto.

“Jefe, mi gente quiera saber si trajo pan”, me preguntó el presidente.

“No, vine sin pan, pero tengo monedas en mi bolsillo, en caso de que necesiten comprar algo”.

Toda la celda estalló en éxtasis.

“¿Nuestro nuevo periodista está a la altura de las circunstancias?”, preguntó el presidente con ritmo en la voz.

“¡Es importante! Claro que lo está”.

“Si están convencidos de que lo es, entonces denle la bienvenida con siete gbosa (vítores)”, dijo el presidente.

“¡Gbosa! ¡Gbosa! ¡Gbosa! ¡Gbosa! ¡Gbosa! ¡Gbosa! ¡Gbosa!”

Tenía aproximadamente 6000 naira (casi $17 USD) en mis bolsillos. El señor Mojeed me aconsejó llevar a la celda solo la mitad del dinero que tenía. Incluso, si no hubiera tenido efectivo, el presidente me hubiese protegido de cualquier daño, basado estrictamente en la advertencia del señor Oyeneho.

Me enteré de que existen celdas peores dentro de la instalación, a donde pueden llevar a las personas. El presidente me pidió que sujetara bien mi dinero hasta la mañana siguiente, cuando lo necesitarían para un pedido de comida.

Apenas había transcurrido 15 minutos en la celda y ya sentía caliente la cabeza. Éramos 34 y ocupábamos una habitación de 12×12. Dentro de la celda de concreto, decenas de jóvenes permanecían sentados en filas, algunos con barbas sin afeitar y cabezas polvorientas, como una plantación de orquídeas durante la temporada del harmatán. Era difícil imaginar cómo dormían en la noche en un lugar tan comprimido.

Entre los 34 hombres que conocí había sospechosos de secuestro, robo armado e incluso miembros de Boko Haram. No los habían llevado a la celda de sospechosos “con sentencia” porque daban información a la policía, y algunos negociaban su salida.

“He estado en esta situación desde finales de febrero”, me dijo el presidente. “El anterior presidente ingresó esta cobija de forma clandestina en mayo y me la heredó cuando lo trasladaron”.

En ese momento, me percaté de que la cobija en la que estaba sentado no se había lavado en tres meses.

En ese momento, me percaté de que la cobija en la que estaba sentado no se había lavado en tres meses.

“Traeré algunas prendas para que las enrolles y utilices como almohada. Están un poco sucias pero te las puedes arreglar, “, el presidente dijo en un intento de ayudarme a adaptarme a mi nueva realidad.

Él estaba preso por acusaciones de robo de vehículo a mano armada. Un cómplice que fue arrestado junto con él salió después de pagar su fianza. Pero el presidente no tenía los medios para librarse de los cargos.

“No quieren llevarme al tribunal de nuevo”, dijo. “Mi mamá y hermano no tienen dinero suficiente para luchar por mí”.

“Solo úumale 18 minutos”

Eran las 7:30 p.m. cuando nos llamaron a rezar las oraciones cristianas; los reclusos musulmanes ya habían concluido con sus rezos. Un reloj de pulsera digital que usaba el presidente marcaba las 7:12.

“Sabemos que está equivocado, pero así lo usamos”.

“¿Por qué no lo arreglan?”, pregunté. Lanzó el reloj hacia mí y de inmediato noté que la corona estaba rota.

“Solo súmale 18 minutos a lo que veas en la pantalla”, me dijo.

Tras concluir las oraciones, que duraron casi una hora incluidas las alabanzas, era hora de la cena. Una fuerte atmósfera de irritación irrumpió el aire. El presidente de la celda había ordenado la comida a las 4:40 p.m., pero el vendedor todavía no hacía la entrega.

“¡Celador!”, dijo alzando la voz, en un intento por hacer que el agente de policía de turno buscara al vendedor de comida.

“Jefe periodista, así es cómo nos tratan aquí”.

Los muchachos saben exactamente qué agentes se comportan bien y quiénes son poco amables. Tomaban nota mental.

Los muchachos saben exactamente qué agentes se comportan bien y quiénes son poco amables. Tomaban nota mental.

Alrededor de las 9:00 p.m., llegó la cena. El presidente, con la ayuda de IG y OC Torture, entregó los paquetes con comida a 26 compañeros de celda. Algunos comieron fideos, otros pidieron papilla de frejoles. Dividieron la comida, y cada uno recibió apenas una pequeña porción.

Más de una docena solo comió garri (cereal de harina de mandioca) y kulikuli (tentempié a base de maní) para la noche. Me informaron que esos eran reclusos que ya no tenían dinero y que no tenían ningún familiar ni compañero que se interesaran lo suficiente por ellos como para venir a visitarles, mucho menos llenar sus bolsillos.

Mientras los demás comían, me dormí rápidamente. Por fortuna –y por extraño que parezca– no había mosquitos. Cuando desperté, eran ya las 5:00 a.m. Para las 6:40 a.m., tanto los hermanos musulmanes como los cristianos habían concluido sus oraciones.

A las 7:00 a.m., el celador se acercó para realizar su conteo rutinario de reclusos. Los demás sabían que el oficial iba a llegar, así que se pusieron de pie.

“¿Quién es el que está sentado como un jefe, allá?, el agente dijo mientras me apuntaba a los ojos con una poderosa linterna.

De todos los reclusos, yo era el único que el guardia, que reanudaba su turno esa mañana, no conocía. Me pidió que me uniera a los demás en uno de los extremos del concreto abierto. Uno por uno, solicitó que nos moviéramos al lado opuesto mientras nos contaba.

En algún punto, empujé a OC Torture. “Es tu turno”, dije.

“El que duerme en Aso Rock eres tú, así que te toca primero”, respondió. Los reclusos llaman Aso Rock a la zona donde está la cobija del presidente –una irónica alusión de la villa presidencial de Nigeria, que se llama igual.

Los reclusos llaman Aso Rock a la zona donde está la cobija del presidente – una irónica alusión de la villa presidencial de Nigeria, que se llama igual.

Antes de que concluyera el conteo, ya me había integrado con mis compañeros reclusos, y mis comentarios generaban ovaciones con frecuencia.

La impresión que tuve de las celdas de la prisión era de violencia y explotación. No obstante, me di cuenta en el transcurso de un día que los reclusos, sin importar cuánto tiempo estuvieran en prisión, también podrían ser personas sinceras.

Confraternizamos y discutimos nuestras terribles experiencias sin temor. Algunos hablaron abiertamente sobre sus delitos dentro de la celda, y admitieron cosas que mantenían ocultas de los investigadores. Una convención no escrita indica que los compañeros de celda no deberían divulgar las confesiones compartidas, y que desobedecer podría costar muy caro.

Algunos dijeron que ya habían confesado ante la policía y que estaban a la espera de la lectura de cargos. A menudo, la policía promete ayudarlos durante el juicio si confiesan, pero como estos acuerdos rara vez se realizan con la presencia de un abogado, es difícil hacerles cumplir su parte del trato. Aún así, el tribunal continúa aceptando la confesión verbal de los sospechosos como evidencia.

Experimenté una pequeña parte de esta práctica unilateral en mi propio caso cuando me condujeron secreta y apresuradamente hacia el tribunal la tarde del 15 de agosto. El fiscal y los agentes prometieron dejarme realizar una llamada a la oficina o a nuestros abogados si cooperaba con ellos, pero resultó ser una artimaña.

Solo en la sala de vistas

El señor Ahmadu visitó el centro de detención para interrogarme por segunda vez.

El comisionado tenía la esperanza de que divulgara la fuente de mi historia porque me había separado del señor Mojeed. También prometió liberarme de inmediato y que recibiría beneficios sin especificar. No obstante, mantuve mi postura al respecto, y terminó siendo un desperdicio de 40 minutos para ambos, principalmente para él.

Alrededor de las 11:00 a.m., mi desayuno llegó acompañado por el gerente administrativo de Premium Times, William Obase-Ota. Se presentó con uno de nuestros abogados, y los dos se aseguraron que comenzara a comer antes de que se fueran, casi al mediodía.

A la 1:00 p.m., me informaron que se estaban llevando a cabo los preparativos para trasladarme al tribunal, por lo que pregunté si me permitirían hacer una llamada al señor Mojeed o a nuestros abogados. Se rehusaron. A la 1:30 p.m., me ordenaron subir a una camioneta Nissan para trasladarme al tribunal en Kubwa, que está a casi 25 minutos de distancia. Insistí en que me permitieran realizar las llamadas, pero me lo negaron nuevamente.

Abuya de noche. Fotografía de Jeff Attaway vía Flickr (CC BY 2.0).

El fiscal me apartó por un momento, y dijo que no debería oponerme pues me permitiría hacer la llamada en el camino y que no tenía planes de presentar otra solicitud para mantenerme detenido por más tiempo.

Subí al vehículo acompañado por tres agentes. El fiscal se adelantó en su propio automóvil. Llegamos al tribunal del juez en Kubwa alrededor de las 2:30 p.m. El fiscal solicitó que permaneciéramos dentro del vehículo, y luego ingresó a su despacho para reunirse con él.

Al final, ingresamos alrededor de las 3:45 p.m., después de que la discusión entre el fiscal y el juez se extendiera por más de una hora. En el momento que ingresamos a la sala de vistas, me colocaron de inmediato en el banquillo. Cuando esperábamos afuera, cada vez que le insistía al fiscal que cumpliera con su palabra y me permitiera realizar la llamada, se rehusó.

Estaba solo en la sala de vista. En el lado de la fiscalía se encontraba el fiscal, otro abogado a quien llamó para que se reuniera con él en el lugar, y dos de los tres policías que me habían acompañado. Dieron lectura a los cargos: violación de las secciones 352, 288 y 318A del Código Penal de Nigeria, delitos relacionados con agresión sexual y asesinato, no invasión ni obtención de documentos de la policía, como habían acusado en un principio los agentes de policía.

Pese a no haber leído atentamente los cargos, me declaré inocente. El fiscal, quien prometió no extender mi estadía en prisión, solicitó al juez que me mantuviera bajo arresto para que los agentes pudieran continuar con su investigación.

El juez concedió la solicitud de manera inmediata, y afirmó que debería permanecer bajo arresto por cinco días más y regresar al tribunal el 20 de agosto.

Tras haber escuchado los cargos y tras la curiosa reunión que sostuvieron los dos, el fiscal había revelado mi identidad y to debía esclarecer ante el magistrado.

Justo antes de que el juez concluyera la audiencia y se retirara a su despacho, rápidamente le informé que yo era periodista de Premium Times. Le dije que no ingresé al cuartel general de la Fuerza a robar documentos de la oficina del IGP, como el fiscal había insinuado en el primer informe.

El juez quedó atónito, y miró fijamente al fiscal, al parecer sintió que lo habían manipulado. “Necesito realizar una llamada”, le dije. “Me han negado establecer comunicación con mi oficina y abogados”.

El magistrado quedó atónito, y miró fijamente al fiscal, al parecer sintió que lo habían manipulado. “Necesito realizar una llamada”, le dije. “Me han negado establecer comunicación con mi oficina y abogados”.

En un principio, dijo que el fiscal debería permitirme hacer la llamada después. Luego, cambió de parecer en un instante, y solicitó al secretario del tribunal que me llevara su teléfono para que pudiera llamar a quien yo quisiera.

Toda la diligencia duró alrededor de 10 minutos. Después, llamé al señor Mojeed para informarle lo sucedido y di suficiente información antes de que me regresaran rápidamente al centro de detención.

Regresé a la prisión sintiéndome devastado, desconcertado al pensar que pasaría encerrado todo el fin de semana. Me pregunté por qué me negaban tener comunicación con mi oficina o abogados.

‘Quieren quebrar tu espíritu lo más que puedan’

Al día siguiente el señor Mojeed me visitó y exhortó a que fuera paciente, y dijo que saldría pronto. En ese momento, fue la primera vez que insinuó que mi arresto provocó un enojo incluso mayor entre los amantes de la libertad dentro y fuera de Nigeria.

“Te sentirás muy orgulloso de ti cuando salgas”, dijo el señor Mojeed. “Solo sé paciente y continúa soportando cualquier trato que te den aquí, porque saldrás pronto”.

Justo antes de que llegara el señor Mojeed, un agente me negó la oportunidad de lavarme los dientes afuera de la celda, por no hablar de tomar una ducha. Había pasado dos días sin poder asearme, y lavarme los dientes solo una vez.

Le susurré esto al señor Mojeed dentro de la oficina del señor Agu. “Comprendo todo, es parte de sus tácticas”, respondió. “Quieren quebrar tu espíritu lo más que puedan. Solo resiste y no permitas que lo logren”.

Unos minutos más tarde, antes de que el señor Mojeed se dirigiera al señor Agu para discutir sobre mi bienestar, el oficial superior nos ofreció acarayés y agua. Esa fue la primera comida que probé en el día.

Después de discutir con el señor Agu casi media hora, el señor Mojeed estaba listo para irse. El señor Agu pidió que permaneciera en su oficina para sentir un poco de aire fresco, pero esto solo fue un gesto para guardar las apariencias. Unos segundos después de que el señor Mojeed saliera del edificio, llamaron a un agente para que me escoltara de vuelta a la celda.

Para entonces ya eran más de las 7:00 p.m., y el presidente organizaba a los reclusos cristianos para realizar las oraciones. El acarayé fue muy pesado para mi estómago, por lo que me quedé dormido a mitad del rezo.

Cuando el celador llegó la mañana siguiente para realizar el conteo rutinario de reclusos, a las 7:00 a.m. del viernes, me pidió que saliera y que tomara asiento en recepción.

“Si tienes algo dentro, ve y tómalo”, dijo.

No tenía nada all, vestía la misma ropa desde el martes.

“Llama a tu jefe, dile que venga a firmar tu fianza”, indicó el agente.

Llamé al señor Mojeed, que estaba de camino hacia la estación. Luego supe que el trámite de mi liberación había concluido la noche anterior, pero como era demasiado tarde no pudieron llevarme al tribunal. Me tenían que presentar ante el juez, que ordenó la extensión de mi estadía en prisión, antes de que me liberaran el viernes.

“¿Qué tal si el juez niega la fianza de nuevo?”, le pregunté al agente.

“No fue él quien ordenó tu arresto, así que no tiene derecho a decirnos que no te liberemos”.

Al considerar mi experiencia frente al juez dos días atrás, comencé a ser consciente de la influencia dominante que ejercen la policía y las dependencias gubernamentales sobre ellos en todo el país. A menudo se dice que chasquean como las gallinas cuando están bajo la influencia de la policía, pero no sabía mucho al respecto, hasta ahora.

Justo antes de que el señor Mojeed entrara, el celador me pidió que tomara una ducha. Había una orden superior de que no me permitieran salir de la estación con la apariencia andrajosa que había tenido durante días. Llamaron a algunos sospechosos de secuestro que estaban en la celda para que acarrearan agua de un pozo cercano.

Tomé mi ducha y me vestí con la ropa nueva que mi colega trajo el día anterior, pero que me habían negado porque no podía asearme.

Libertad bajo fianza

Tras salir del baño, me reuní con el señor Mojeed en la recepción. “Ahora eres libre”, me dijo con regocijo. “Amén. ¡Gracias, señor!”, respondí con reserva.

Alrededor de las 10:00 a.m., nos presentamos en el tribunal. Nuestros abogados ya estaban allí, y poco tiempo después llegó el juez.

Los asientos y el piso estaban sucios. Un edredón sucio estaba tirado en el suelo, entre el banquillo y la pared. No había ninguna computadora ni reloj en la sala. Las bombillas ornamentales y las persianas estaban rotas.

El juez Abdulwahab Mohammed tomó su asiento alrededor de las 10:15 a.m. Mi caso era el número cuatro, pero el juez lo adelantó para que fuera el primero, segundos después de que el secretario llamó al primer caso en la lista.

Ingresé al banquillo antes de que me llevaran. Era una audiencia para fijar fianza, por lo que llamaron a nuestros abogados primero. Realizaron la solicitud y el fiscal no tuvo ninguna objeción. Fue un mero trámite.

El fiscal incluso pidió términos de fianza más leves para mí, incluso la obligación de comparecer ante el juez, dijo.

Al agradable juez, un treintañero, le pareció divertido, y trató de ocultar la risa con su bolígrafo en vez de usar la manga de su chaqueta.

“¿Es el presidente en funciones?”, le preguntó al fiscal. “Es un periodista famoso, su señoría”, respondió.

El juez aprobó el aplazamiento que solicitó el fiscal para el 7 de noviembre, y aceptó la moción de nuestros abogados, por lo que la audiencia concluyó rápidamente. En menos de media hora, era un hombre libre. Toda la audiencia y la emisión del papeleo para mi fianza concluyó en 20 minutos.

Los agentes que me trasladaron al tribunal fueron los primeros que solicitaron tomarse una fotografía conmigo. Al principio me rehusé, luego uno dijo que solo era una forma inofensiva de demostrar que no tenía reservas personales hacia ellos. Así que los complací.

También me tomé fotografías con nuestros abogados y el señor Obase-Ota, que estaba ahí para llevarme a la oficina. Mientras nos alejábamos, vi un artículo informativo que apareció en su teléfono que decía que la policía me había acusado de violar la ley del secreto oficial.

¿Por qué me acusarían de infringir esa ley cuando ni siquiera soy funcionario? Lo primero que pensé fue que el Gobierno tenía la intención de reprimir a la prensa, y que no cesaría ante nada, sin importar que no tuviera sentido alguno. Incluso ahí, era difícil describir al documento como secreto, puesto que nada daba la impresión de que lo fuera, un hecho ampliamente observado.

Además, Premium Times se enteró posteriormente, días después de mi liberación, de que el señor Idris estaba enojado por algunas de mis historias anteriores. Es comprensible, particularmente porque las bases reales de mi trabajo no estaban en bajo cuestionamiento. Pero ese no era fundamento suficiente para mantenerme recluido durante días. Por otro lado, ha habido varios casos de periodistas acosados en los últimos tres años, y sobre algunos escribí el año pasado.

La precaria labor del periodismo, con elecciones a la vista

Tomando en consideración las elecciones de 2019, existe el temor de que los periodistas se conviertan en objetivos deliberados o, al igual que yo, chivos expiatorios. Ya en el vehículo, mi colega me informó que otro periodista, Jones Abiri, fue liberado tras dos años en prisión. Lo liberaron el 15 de agosto, un días después de mi arresto.

También comencé a notar la magnitud del apoyo y cuán importante fue la historia de mi arresto, cuando mi colega del área de estrategia digital no me permitió ingresar a la oficina sin antes tomar fotografías mías para publicar la noticia de mi liberación. El señor Obase-Ota parqueó rápidamente el vehículo dentro de las instalaciones y tomó las fotografías en las resoluciones específicas. La imagen apareció en todas partes antes de que ingresara a la oficina, y tanto la gerencia como yo tuvimos que redactar agradecimientos por separado.

El gobierno de Buhari entiende el papel crítico de los medios de comunicación en las próximas elecciones, de manera similar que sus predecesores, incluso las que lo llevaron al poder tres años antes. Y, como mencionó The Punch en su editorial del 24 de agosto, Premium Times ha asumido un papel protagónico al sacar a la luz las equivocaciones de este gobierno, y esto convierte al periódico de investigación en un objetivo principal de acoso.

El analista político Babajide Otitoju también consideró mi arresto como parte de una estrategia desesperada de los actores gubernamentales con el fin de infundir miedo en los periodistas antes de 2019, y lo describió como una “exageración agrandada”.

El analista político Babajide Otitoju también consideró mi arresto como parte de una estrategia desesperada de los actores gubernamentales que tiene como fin infundir miedo en los periodistas antes de 2019, y lo describió como una “exageración agrandada”.

A principio de 2017, el alto mando del Ejército nigeriano estuvo inconforme con nuestro periodismo y causó que la policía arrestara a los editores Dapo Olorunyome y Evelyn Okakwu, mi colega del área judicial. Fueron liberados el mismo día y el tema nunca llegó al tribunal, aparentemente porque, al igual que en mi caso, no tenían acusaciones serias en el momento.

Estuve tres días detenido. Pero fueron suficientes para poder apreciar el precario destino del periodismo en Nigeria, pese a casi dos décadas de gobierno civil ininterrumpido.

Fue una experiencia terrible que me hayan encarcelado, aislado y acusado de delitos que evidentemente eran infundados.

No obstante, estoy eternamente agradecido con todos los que lucharon por mi liberación en todas partes del mundo. La increíble magnitud de apoyo que recibimos mi organización y yo durante este episodio ha fortalecido mi determinación para seguir siendo siempre una voz para los que no la tienen, y al mismo tiempo, luchar por el derecho a saber de las personas y la rendición de cuentas de nuestros líderes.

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