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Japón hipoteca su futuro, da prioridad al crecimiento sobre el medioambiente

Inundacion de estación de metro Nara, Japón, ante la proximidad de un tifón de 2014. En 2018, Japón sufrió una temporada sin precedentes de tifones, inundaciones y destructivas tormentas que golpearon gran parte de la región oeste de Japón durante tres meses. Foto de James Gochenouer (CC BY 2.0).

En junio de 2018, entre temores de que las temperaturas de verano alcanzaran temperaturas de hasta 45 grados centígrados, la contienda por el cargo de primer ministro de Japón conservó su conservador curso.

Para el actual primer ministro, Shinzo Abe, era un proceso necesario para afirmar la lealtad del Partido Liberal Democrático. Necesitaba asegurarse de que no hubiesen cambiado las alianzas de las facciones tras los numerosos escándalos asociados a su círculo de allegados durante el segundo período en el cargo. Aparentemente, perdió vigencia el escándalo de Moritomo Gakuin, donde se creía que el primer ministro había apoyado secretamente la formación de una escuela de ultraderecha en Osaka, creada con el fin de revivir la educación militarística y el culto fanático al emperador. Y a pesar de que las encuestas de opinión revelaban la sospecha de que el primer ministro había comprometido sus principios en el caso de Moritomo y de otros escándalos, Abe ganó las elecciones con un margen considerable.

Pocos días después de haber asegurado su victoria, Abe publicó un artículo en The Financial Times. Con el título “Únete a Japón y actúa ya para salvar el planeta”, el artículo de Abe invitaba al lector a dar los primeros pasos para enfrentar el cambio climático, mientras que su gobierno, paradójicamente, avanzaba en la instalación de una peligrosa planta eléctrica de carbón.

Tsuruga Thermal Coal Power Station Hokuriku

Central eléctrica de carbón de Hokuriku Denryoku, Tsuruga. Foto de Nevin Thompson.

La gestión de Abe ha sido criticada dentro y fuera del país por su falta de conciencia ambiental y por su explotación despiadada de recursos limitados. A mediados de año, aunque los asociados de Abe interactuaban en un lenguaje articulado amablemente, el resto del país empezaba a exigir respuestas más eficaces a las catástrofes naturales que ya parecen habituales en Japón. En junio, el terremoto ocurrido en Osaka y que dejó cinco muertos inauguró una temporada nunca antes vista de tifones, inundaciones extremas y destructivas tormentas que azotaron gran parte del oeste de Japón durante tres meses. El Aeropuerto Internacional de Kansái, el segundo mayor del país, quedó fuera de servicio varios días debido a la inundación de las pistas y el derrumbe de un puente.

Prioridad al cambio climático

Aun frente a un innegable cambio climático en Japón, el plan del gobierno de Abe está fijado de manera inamovible en las Olimpíadas de Tokio 2020, la reforma constitucional y, por supuesto, el crecimiento económico. A pesar de que se critica mucho el hecho de organizar las Olimpiadas de agosto por las altas temperaturas y la humedad, el Partido Liberal Democrático (PLD) de Abe prometió mantener todo como está, porque cambiar la agenda de los juegos olímpicos podría tener efectos adversos para la economía de Japón. Es una postura irónica si tenemos en cuenta que las Olimpiadas de Tokio de 1964 se llevaron a cabo en octubre, época en la que se celebran tradicionalmente los festivales deportivos japoneses (undokai).

‘Cambio climático’ (kiko hendo) y ‘calentamiento global’ (ondanka) son palabras muy conocidas en japonés, desde luego, pero los aumentos de las temperaturas no se han vinculado lo suficiente al ilimitado crecimiento económico y la avaricia corporativa. Hace dos décadas, Japón se presentaba como una nación con conciencia ecológica cuando propuso el Tratado de Kyoto, pero en cuanto Abe y su camarilla neoconservadora tomaron el gabinete, las prioridades del partido volvieron a centrarse en el libre comercio y el crecimiento económico con menos restricciones. A pesar de la visión del PLD de “regresar a Japón” (Nihon wo torimodosu) a su nivel de ascenso económico anterior a la burbuja financiera, la brecha entre ricos y pobres se hace cada vez más difícil de ignorar.

El crecimiento económico por encima del medioambiente

Frente a predicciones que van desde que la malaria y el dengue se propagarán rápidamente apenas la temperatura suba unos grados hasta el pensamiento aún más devastador de que la principal isla de Honshu se volverá inhabitable si la población no se encierra en edificios con aire acondicionado permanente, quizá las respuestas más frecuentes de Japón senn mantener su testaruda renuencia o encogerse de hombros y decir la trillada frase shikataganai (no se puede hacer nada).

Al igual que en otros países de Europa y Norteamérica, parece que muchos ciudadanos japoneses piensan que la generación adicta al trabajo ya jubilada, conocida como dankai sedai, alcanzó un asombroso milagro económico reconstruyendo un país totalmente devastado por la guerra. Se deja de analizar la realidad de que este “milagro” se tradujo en la promoción de un estilo de vida de consumismo excesivo que resulta claramente insostenible, dado que la población mundial sigue aumentando y los recursos naturales se reducen, corrompen o destruyen. Se puede especular que el militarismo japonés de principios de la era Showa se canalizó hacia la devoción fanática por el principio del crecimiento económico.

¿Qué pensarán las próximas generaciones?

¿Cómo evaluarán, finalmente, las futuras generaciones la “abeconomía” que prioriza el crecimiento económico a expensas de la naturaleza y el medioambiente? ¿Serán las empresas las que paguen el precio de crear mayor desigualdad económica y, simultáneamente, exigir jornadas laborales más largas para ambos géneros, casados o solteros y sin importar los compromisos familiares, a cambio de salarios mínimos? La destrucción final de numerosas especies animales y vegetales en pocas décadas, ¿será un precio aceptable por el crecimiento económico?

Incluso en una nación que se aferra al status quo, hay protestas ocasionales. Durante la Restauración Meiji que empezó a fines de la década de 1960, y antes y después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un momento clave en el cual el público culpó a los líderes japoneses y a los magnates económicos por casi destruir el tejido social.

¿Llegará, algún día, un punto en el cual las generaciones jóvenes tomarán las calles con alarma y enojo para protestar contra los riesgos del consumo excesivo?

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