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Un secreto detrás de una taza de té

Foto de la autora de 2016.

Hay cosas que empezaron con nosotros o que crecieron con nosotros en la niñez que no podríamos borrar de nuestra memoria. Hasta nos afectaron a pesar de que pudimos habernos acostumbrado. Muchas cosas me afectaron desde la niñez. Una era beber una taza de té en los cafés en las aceras y calles, algo que hacía con mi padre cuando era niña, cuando íbamos a beber una taza de té mientras mirábamos el tráfico y al a gente pasar. Era el mejor momento para mí, sobre todo en el aire entre el tráfico y mi padre, a veces dejaba que mi taza se enfriara e iba a los mercados. Sentía como si descubriera el mundo mientras mi padre esperaba que me tomara el té lentamente, disfrutándolo. Después, volvíamos a casa. Lo hicimos muchas veces en el mismo café, que estaba a pocos pasos de nuestra casa.

Los años pasaron y todo cambió. La situación ya no es la de antes. Crecí y ya no voy tanto a cafés, y esa cafetería, la que quedaba a pocos pasos de nuestra casa, ya no existe. La sociedad yemení no se acostumbra a que las mujeres se sienten en cafeterías abiertas en las calles a comer y beber té delante de las personas. En general, es grosero y vergonzoso. En Yemen, no es habitual ver mujeres en cafeterías en calles y aceras, esos lugares están llenos de hombres. Por lo tanto, ya no es tan habitual que mi padre y yo vayamos juntos a las cafeterías, como cuado él me compraba una taza que yo llevaba en el bus cuando iba a la universidad. Pero persiste el problema de las opiniones de la comunidad llenas de vergüenza que no cambian, aunque no me quedo con mi padre dentro de la cafetería. Me quedo cerca, esperándolo a que le entregue mi taza de té.

No obstante, siguen las miradas llenas de exclamación, ¿qué hace una muchacha cerca de una cafetería llena de hombres? Al final, mi padre me entrega mi té y un pan para comer camino a la universidad y se despide de mí. Subo al bus, sigo bebiendo el té con ese pan hasta el final de mi recorrido.

Pienso por qué no me puedo quedar con mi padre para beber el té y comer el pan, como cuando era niña, pero la comunidad y sus miradas morbosas se quedaron como una barrera y se impusieron en nuestras vidas. Terminamos haciendo cosas que no queremos, cosas que nos hacen falsos, no seres auténticos. La vida de mi niñez sigue vívida en mi mente y en mi alma, no puedo cambiar. Seguí haciendo muchas cosas, aunque muchos en mi comunidad las consideran infantiles o que no las debo hacer porque soy adulta. Para mí, en cambio, son naturales, parte natural de mi vida y parte de mi personalidad.

No dejé de ir a cafeterías en las calles, no con mi padre, como iba cuando era niña. Me acostumbré a ir sola y algunos lugares se han vuelto mis favoritos. A los meseros les sorprende ver que me siento a la mesa y que doy mi orden, pero cumplen con su servicio, se han acostumbrado a mi presencia y hasta se ha vuelto habitual para ellos, como era para mí desde el comienzo. He pasado momentos felices al aire libre con un taza de té mirando a la gente y el tráfico, como cuando era niña, mientras las personas me miran de mala manera y susurran: “¡Miren esa chica! ¡Es maleducada o indecente!”, mientras estoy en mi mundo de momentos de felicidad y niñez, disfrutando con cada sorbo de una taza de té caliente entre la multitud…

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