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¿Es Jair Bolsonaro otro Rodrigo Duterte? Es más complicado de lo que crees

Jair Bolsonaro, presidente electo de Brasil, y Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, elegido en 2016. Fuente de ambas fotos: Wikimedia Commons.

Hay dos grupos que llaman a Jair Bolsonaro, el presidente electo de Brasil, orgullosamente homofóbico, misógino y elogiador, el “Trump de los trópicos”: periodistas norteamericanos y, bueno, el propio Bolsonaro, que concienzudamente modela su imagen a la del presidente estadounidense.

Es parcialmente cierto que la historia de las elecciones de Brasil es solamente la última entrega del espíritu de la época de la ruptura política que azota al mundo democrático, cuyo ejemplo más famoso de Donald Trump. El descontento, o el odio (aunque una sociedad no debería dejar lugar para el odio) del público hacia las prácticas de las élites políticas –dependiendo del sabor del análisis que se prefiera– encuentra un terreno fértil en los medios sociales diseñados para atrapar impulsos primarios en un incesante ciclo de recompensa, refuerzo y repetición. El descontento se convierte en paranoia, y toma teorías de la conspiración en las que se sataniza a una parte de la población –por lo general, privada del derecho al voto–, y al final se encarna en un aspirante a estadista, un mesías con una tendencia a la exageración que promete un cambio total del sistema político. Y ahí lo tienen.

No es que la analogía Bolsonaro-Trump sea mala. Pero hay otra encarnación del patrón descrito que se parece más a Bolsonaro: Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas. Tiene sentido que brasileños y filipinos se miren e intenten comprender sus propias versiones de la misma historia, aunque sea solamente porque sus líderes se han ofrecido a exterminar cantidad enormes de personas en sus respectivos países.

En algún momento de su campaña de 2016, Duterte declaró que si lo elegían, la bahía de Manila tendría tantos cadáveres que los “peces engordarían” con tanto alimento a su alcance. Bolsonaro expresó un sentir parecido en su campaña dos años después, cuando dijo que daría carta blanca a los policías para matar en el cumpllmiento de su deber. Duterte ha admitido haber matado sospechosos personalmente cuando era alcalde de la ciudad de Davao, y probablemente es el cerebro detrás del infame escuadrón de la muerte de Davao. Bolsonaro es un capitán del Ejército en retiro que dice abiertamente que está “a favor de la tortura”. Las promesas de Duterte no resultaron tan vacías: se dice que 20 000 civiles han muerto en su llamada ‘guerra contra las drogas’ desde 2016. La Corte Penal Internacional abrió una investigación en su contra por crímenes contra la humanidad, y en respuesta ordenó el retiro de Filipinas de la corte.

A diferencia de Trump, no fueron brasilleños y filipinos pobres y rurales quienes eligieron a Bolsonaro y Duterte, respectivamente. Ambos también atrajeron a las clases medias urbanas –pequeños empresarios, profesionales liberales, miembros de la Policía y las Fuerzas Armadas– que temen a la desenfranda delincuencia. Es la misma clase media que alguna vez apoyó con entusiasmo dictaduras en cada país, para luego ayudar a ponerles fin.

Aunque Bolsonaro y Duterte encarnan temor y descontento público y se presentan como ajenos a la política y portavoces del pueblo, ambos son políticos de carrera que saltaron los límites de la clase política en sus respectivos países hacia la presidencia. Bolsonaro ha sido diputado en cuatro periodos, ha cambiado ocho veces de partido y ha presentado satisfactoriamente el asombroso total de dos proyectos de ley. Duterte fue alcalde durante tres décadas de una ciudad del sur que ahora dice fue dejada de lado por Manila, e ignora el hecho de que apoyó el anterior gobierno del Partido Liberal hasta su último minuto como alcalde, y que se volvió en su contra cuando decidió postular a la presidencia.

No tan rápido

Los medios brasileños y filipinos han notado estas semejanzas, pero la verdad es que, además de la guerra contra las drogas, los dos políticos hicieron sus campañas con plataformas bastante diferentes.

Por ejemplo, la política económica de Bolsonaro: su ministro de Economía, egresado de la Universidad de Chicago, ha prometido reformas ultraortodoxas, que incluyen privatización de empresas estatales brasileñas y reforma del sistema de pensiones. También impulsa la ley de ‘subcontratación irrestricta´de Michel Temer, aprobada por el Congreso en 2017 que permite subcontratar los principales puestos de las empresas, con lo que se niega beneficios a los trabajadores.

La subcontratación también es importante en el debate político de Filipinas, donde se le conoce como contractualización. A diferencia de Bolsonaro, Duterte hizo campaña con la promesa de poner fin a la contractualización, y suscribió una orden en 2018 para apoyar su oferta. Sin embargo, grupos laborales lo han considerado un gesto vacío, y no ha prohibido que se practique.

Duterte también ha auspiciado un paquete de reformas tributarias, aprobado por el Congreso en 2017, que creaba nuevas escalas para los superricos y aumentaba los impuestos a bienes de consumo y servicios como combustible, bebidas azucaradas, autos, tabaco y cirugía cosmética. Con su emblemático programa “Construir, Construir, Construir”, ha puesto dinero –afianzado a través de préstamos de China– en infraestructura. La dutertenomía tiene un parecido con las políticas de la expresidenta brasileña, Dilma Rousseff, que terminaron con un mayor déficit presupuestario y la creciente inflación que ha avivado las dificultades en Brasil.

Y mientras Bolsonaro promete seguir imponiendo cuotas a las universidades públicas de Brasil –que siempre han sido completamente gratis–, Duterte suscribió la ley de educación superior gratuita, que ofrece acceso sin costo a educación superior pública para estudiantes calificados. No está claro si siquiera es factible, dadas las restricciones de financimiento del país, pero hasta los críticos de Duterte reconocen los potenciales beneficios de esta ley.

Desde su elección, Bolsonaro parece haberse retractado de su promesa de retirar a Brasil del acuerdo de París y de cerrar el Ministerio de Ambiente, pero no de sus promesas de anular toda la legislación a favor de los indígenas y de la conservación, que incluye poner fin a la adjudicación de tierras y abrir territorios indígenas para minería a gran escala.

De otro lado, Duterte ha estado en contra de la minería a gran escala a cielo abierto. Designó a un conocido activista ambientalista para encabezar el Departamento de Ambiente y Recursos Naturales (DENR) y no se opuso a la suspensión solicitada por DERN de varias empresas minera ni a los pedidos de una auditoría minera. Incluso con un nuevo secretario de DENR, Duterte continúa criticando a las empresas mineras y mantiene una prohibición a nuevas operaciones mineras a cielo abierto.

(No) es solamente la economía, tonto

Bolsonaro y Duterte también llegaron al poder en el contexto de dos realidades diferentes.

Brasil sigue tambaleante por una recesión económica –2016 vio la mayor caída desde la década de 1980. Una investigación a gran escala de la corrupción puso a docenas de empresarios y políticos tras las rejas, incluido el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva. Dilma Rousseff, que lo sucedió en 2011, fue destituida en 2016 por maquillar cuentas del Gobierno. Ambos hechos han dividido profundamente a los brasileños, que los ven como ataques flagrantes a la Constitución de una pequeña facción del Poder Judicial y un Congreso corrupto, o como la muy ansiada salvación que el país necesitaba, y sus jueces y fiscales son prácticamente héroes. En esa ola de caos es que Bolsonaro llegó a la victoria.

A Duterte, por el contrario, nadie lo vio venir. Su predecesor, Benigno “Ninoy” Aquino, del Partido Liberal Party, dejó el cargo con el 50 % de aprobación –casi tanto como cuando asumió el cargo seis años antes, logro del que pocos políticos pueden alardear. También en 2015, la economía de Filipinas tuvo un crecimiento de más del 6 %.

Duterte postuló a la presidencia como “izquierdista”, mientras Bolsonaro aprovechó el profundo temor multigeneracional que causa el comunismo. Esos temores han formado la base de la política de derecha de América Latina durante casi un siglo, y el Partido de los Trabajadores es la más reciente encarnación de esta fuerza del mal.

Como gran parte de América Latina y el sudeste de Asia, Brasil y Filipinas han tenido insurgencias comunistas a mediados del siglo XX. Pero mientras la dictadura de Brasil eliminó a sus rebeldes, muchos absorbidos por la democratización, la insurgencia armada en Filipinas persiste. Desde el regreso a la democracia en la década de 1980, ningún presidente filipino ha logrado suscribir un acuerdo de paz con el Nuevo Ejército del Pueblo (NEP), el ala armada del Partido Comunista, en cuyos cuadros hay apenas cerca de 3000 miembros (de los 20 000 en su mejor momento a fines de la década de 1970), según el Ejército.

Duterte tenía una relación amistosa con el NEP cuando ejerció como alcalde de Davao, la mayor ciudad de Mindanao, isla donde se concentra la mayoría de fuerzas del NEP. Como presidente, retomó las conversaciones de paz con los comunistas, dejó en libertad a algunos presos políticos y avanzó negociaciones sobre distribución de tierra gratis y servicios de irrigación para pequeños agricultores.

En 2017, Duterte retiró a los izquierdistas de su gabinete y las negociaciones de paz con los comunistas se han detenido. Como sus predecesores, Duterte ha emprendido una guerra sin cuartel contra el NEP.

De dictadura a democracia (de cacique)

Brasil y Filipinas y sus actuales sistemas políticos emergieron a mediados de la década de 1980 tras violentas dictaduras respaldadas por Estados Unidos. El régimen militar de Brasil, que gobernó entre 1964 y 1985, y Ferdinand Marcos, que gobernó Filipinas entre 1965 y 1986, aprovecharon sus ofrecimientos de erradicar a los insurgentes comunistas para darse legitimidad.

Revolución del Poder del Pueblo: multitud en la avenida Epifanio de los Santos, metro de Manila, Filipinas, 7 de febrero de 1986. Foto de Joey de Vera, publicada por Wikimedia Commons bajo uso legítimo.

La suspensión de elecciones libres, la supresión de la libertad de prensa, ataques violentos a disidentes y el uso generalizado de tortura y desapariciones fueron características de ambos regímenes. En ninguno de los dos países, los delitos de esos periodos han respondido a la justicia.

Las dos repúblicas regresaron a la democracia en la misma época –Brasil en 1983 y 1984 con Diretas Já, y Filipinas con la Revolución del Poder del Pueblo en 1986– ambas en medio de una fuerte recesión económica. El movimiento filipino derrocó a Marcos cuando alteró las elecciones de 1986, e instaló a Corazón Aquino como presidenta, junto con una comisión redactó una Constitución en 1987. Después de Diretas, los brasileños eligieron una Asamblea Constituyente en 1986 que redactó la Constitución del país en 1988.

Manifestación de Diretas Já en la ciudad de Porto Alegre, Brasil, 13 de abril de 1984. Foto: Alfonso Abraham/Senado Federal CC-BY-NC 2.0

Entre los muchos legados de ambos movimientos está la creación de las élites políticas que gobernarian sus países en las siguientes tres décadas. Pero mientras Diretas de Brasil unió a los liberales y a la oposición izquierdista más radical, el Partido Comunista de Filipinas boicoteó las elecciones de 1986 en lo que después admitieron fue un grave error táctico. A pesar de haber sido el centro de la resistencia a Marcos a lo largo de la década de 1970, el Partido Comunista permaneció en la clandestinidad mientras Filipinas hacía la transición a la democracia. Por su parte, la transición de Brasil se dio con una robusta fuerza izquierdista al mando, el Partido de los Trabajadores (PT) y su líder, Lula, que se alzó de los sindicatos de Brasil para presidir un auge económico sin precedentes entre 2002 y 2010.

Mientras la política del PT transformó la vida de los brasileños más pobres, no logró general cambios estructurales duraderos, y con el tiempo empezó a parecerse a sus predecesores liberales. De un lado, el PT respetó las instituciones democráticas de Brasil, y también intervino en el juego de la política, que es Brasil está amañado por una oligarquía ambiciosa y prácticas electorales clientelistas –como en Filipinas.

Temor por la democracia

No es coincidencia que Bolsonaro y Duterte hablen con nostalgia de anteriores regímenes represivos de sus países como presuntamente libres de violencia, corrupción y caos, y que adulen a sus líderes. El surgimiento de estas dos figuras políticas llega tras el fracaso de jóvenes democracias liberales. Estos países no han podido abordar las injusticias y los grandes niveles de desigualdad y corrupción generalizada de un cuerpo políticos al mando de un grupor de caciques.

No es de sorprender que Filipinas y Brasil se dejaran engañar por dos hombres que los atrajeron con exageradas promesas de erradicar toda la delincuencia y la corrupción, aunque sea a costa de las bases democráticas erigidas en las tres últimas décadas.

En sus dos años y medio como presidente, Duterte ha destituido al presidente de la Corte Suprema, y acusado y encerrado a sus opositores más abiertos en el Senado acusados de narcotráfico en un escandaloso juicio. Trató de retirar la licencia de Rappler, importante medio de noticias en línea de Filipinas, y expulsó a su principal reportero del palacio Malacañang, mientras legiones de partidarios a muerte de Duterte amenazaron a muchos periodistas más en línea.

Está por verse si Bolsonaro también desmantelará la democracia en Brasil. Muchos esperan que, al enfrentar sus responsabilidades de poder, modere su tono y sus políticas. Pero si Duterte –en muchos aspectos, la figura menos conservadora– sirve de ejemplo, los brasileños tienen suficientes razones para estar asustados.

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