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Elecciones presidenciales de Nigeria — una prueba para la democracia en África

Manifestación del Congresos de Todos los Progresistas en las elecciones presidenciales de 2015 en Nigeria. Foto: Heinrich-Böll-Stiftung (CC BY-SA 2.0).

El continente africano presenciará 20 elecciones en 2019. Sin embargo, las elecciones presidenciales del 16 de febrero en Nigeria son especialmente significativas pues coinciden con los 20 años de gobierno democrático en el país. Nigeria es además el país con mayor población del continente —casi 199 millones, según las más recientes estadísticas— así que estas elecciones también tienen implicancias para el futuro de la democracia en África.

Por eso es útil echar un vistazo al proceso democrático —del que las elecciones son apenas una parte— y examinar aspectos como violencia electoral, poder de quien ejerce el cargo y la independencia de los observadores electorales y judiciales.

Infografía que muestra las elecciones que se llevarán a cabo en África en 2019. Crédito: Dominio público vía el Centro de África para Estudios Estratégicos.

Violencia electoral

Nigeria tiene antecedentes de violencia poselectoral. En 2011, unas 800 personas murieron tras disturbios en el norte de Nigeria después del anuncio de las elecciones. En 2015, cerca de 58 perdieron la vida en violencia preelectoral.

Por esta razón, los dos principales contendores en la carrera presidencial de Nigeria —el presidente Muhammadu Buhari (Congreso de Todos los Progresistas) y el exvicepresidente, Atiku Abubakar (Partido Popular Democrático)— suscribieron un pacto de paz en diciembre de 2018. Según el pacto, ambos candidatos han acordado no promover violencia antes, durante ni después de las elecciones presidenciales. Pero por más loable que sea el pacto, no garantiza elecciones libres de violencia.

La división étnica y religiosa entre el norte y el sur de Nigeria juega un papel importante para determinar los resultados electorales en Nigeria. Puede ser que tener a dos musulmanes norteños en competencia —Buhari y Abubakar— debería haber reducido las tensiones antes de las elecciones, pero no es el caso. Puede ser por el entusiasmo de la contienda, y la sensación de que si Buhari pierde puede no aceptarlo fácilmente.

Poder de quien ejerce el cargo

Las elecciones presidenciales fueron un punto de inflexión en Nigeria con la derrota del entonces presidente, Goodluck Jonathan, ante Muhammadu Buhari y la suave transferencia de poder que vino después. En una acción sin precedentes, Jonathan concedió la derrota y llamó a su rival para felicitarlo.

Como en todas partes, en el continente africano, quien ejerce el pdoer tiene ventajas y desventajas. Los presidentes que postulan tienen perfiles públicos más altos, una mayor capacidad de recaudar fondos para campaña y puede respaldar promesas de campaña con sus acciones en el cargo. Pero si esos logros son mínimos o de ética y legalidad dudosas, el presidente debe que realizar control de daños a su reputación.

Aunque Buhari, que ha completado algunos proyectos iniciados por el gobierno anterior, puede contar algunos planes de infraestructura entre sus logros, no cumple en rubros claves. La plataforma elecotral con la que hizo campaña y ganó en 2015 dependió de la lucha contra la corrupción, mejora de la seguridad y rescate de la economía, pero ha fracasado en los tres rubros.

Durante el ejercicio de Buhari, Nigeria pasó del puesto 136 (en 2016) al 148 (en 2017) en el Índice de Percepción de Corrupción de 180 países de Transparencia Internacional. En consecuencia, en 2018 Nigeria se ubicó en el puesto 16 de los países menos pacíficos del mundo del índice de Paz Global. Y en el informe del Banco Mundial 2018 sobre facilidad para hacer negocios, Nigeria se ubicó en el puesto 146 de 190 países, que significa un retroceso con relación a listaods anteriores. La economía de Nigeria entró en recesión en 2016 pero se recuperó en el segundo trimestre de 2017. Estos fracasos del gobierno de Buhari, según la Unidad de Inteligencia Economista, dan ventaja a Abubakar en la elecciones de 2019.

Independencia de los observadores electorales y judiciales

A lo largo de los años, la Comisión Electoral Nacional Independiente de Nigeria (INEC) ha mejorado su gestión de las elecciones en Nigeria, y su credibilidad aumentó después de las elecciones de 2015 en las que el entonces presidente fue derrotado. Pero las acusaciones lanzadas en 2018 de que la INEC se coludió con el gobernante Congreso de Todos los Progresistas para arreglar las elecciones en el estado de Osun, al sudoeste del país, el expresidente nigeriano Olusegun Obasanjo expresó sus dudas sobre la integridad e imparcialidad de la INEC.

A los nigerianos les preocupa también la independencia del Poder Judicial, que es el árbitro final en las disputas electorales. Recientemente, el presidente Buhari suspendió al juez supremo de Nigeria, Walter Onnoghen, acusado por un grupo de la sociedad civil vinculado al presidente de actividades ilícitas financieras. Esta acción inconstitucional ha aumentado los temores de la presión dictatorial de Buhari, ilegalidad del Ejecutivo e intentos de desarmar el Poder Judicial tan poco antes de las elecciones. Además, la acción ensombrece más la percepción de la neutralidad del Poder Judicial en litigación poselectoral.

¿A dónde va la democracia africana?

Establecer una comisión electoral fuerte requiere voluntad política, como ocurrió con la INEC. Las elecciones presidenciales de 2007 en Nigeria fueron muy criticadas porque la elección se vio llena de irregularidades causadas por la comisión electoral. El Instituto Democrático Nacional denunció votos de menores de edad, cédulas de votación que no tenían los nombres de todos los candidatos, robo de urnas electorales, intimidación, compra de votos y casos de violencia política, impunidad y parcialidad policial.

La INEC se vio liberada de ataduras con la presidencia en 2011 en virtud de una enmienda constitucional que cambió la manera de financiación de la comisión y designación de sus miembros. Desde entonces, la INEC está financiada por el Fondo Consolidado, que también financia al Poder Judicial y la Asamblea Nacional, y el presidente ya no puede contratar ni destituir unilateralmente al jefe de la INEC sin confirmación del Senado.

A pesar de estos avances, la INEC sigue sin ser totalmente independiente. Hay fuertes temores del público de que el ente electoral se coludirá con el partido gobernante para arreglar las elecciones de 2019, situación que empeora por una reciente metida de pata de Adams Oshimhole, presidente del partido gobernante, que dijo que “para que la democracia florezca, solamente personas que pueden aceptar el dolor del arreglo, perdón, de la derrota, deberían participar en una elección”.

Desde Ruanda hasta Camerún, de Togo a Uganda, de Malaui a la República Democrática del Congo, el continente ha visto con demasiada frecuencia un rastro de sangre y angustia y debilitada la posibilidad de generar una cultura genuinamente democrática. El temor a la violencia en Nigeria no se debe tomar a la ligera, ni el impacto de estos conflictos en la subregión y el continente.

En democracias avanzadas, el poder de quienes ejercen el cargo que se confabulan con un observador electoral comprometido suele ser revisado por un Poder Judicial independiente. Fue el caso de la Corte Suprema de Kenia, después de que una petición presentada por el candidato rival Raila Odinga anulara la victoria del presidente Uhuru Kenyatta en las elecciones presidenciales de 2017 y ordenara una nueva elección en el término de 60 días. Como observó el diario británico The Guardian, la decisión “sorprendio a muchos en Kenia, donde por mucho tiempo las cortes han estado subordinadas al presidente”. La corte culpó a la comisión electoral del país.

Si las elecciones presidenciales en el país más poblado de África son libres, justas y creíbles, sienta un fuerte ejemplo para las otras democracias del continente. Sin embargo, si la comisión electoral no cumple su deber o el Poder Judicial se ve amordazado e incapaz de decidir con justicia en disputas electorales, es probable que surja la violencia. Y la perspectiva de un conflicto a gran escala en Nigeria basta para dar escalofríos a todo el continente.

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