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Tensión política en Haití: ¿Déjà vu o la oportunidad de lograr un cambio importante?

Captura de pantalla de un video de las protestas de febrero de 2019 en Haití, tomada de un video de YouTube publicado por PBS NewsHour.

Desde inicio de febrero de 2019, las calles de Puerto Príncipe y otras importantes ciudades de Haití se han llenado de gente que protesta violentamente contra el gobierno actual y que exige la renuncia del presidente Jovenel Moise.

Los disturbios estallaron el 7 de febrero, fecha en la que se cumplían 33 años del final a más de dos décadas de dictadura para iniciar una nueva era de democracia, estabilidad y desarrollo. Sin embargo, la transición no ha traído –al menos, hasta ahora– el nivel de desarrollo ni estabilidad que se necesitaban, y el descontento no se hizo esperar.

Es casi la cuarta vez en menos de nueve meses que las fuertes protestas amenazan con hundir a Jovenel Moise y a su gobierno desde que asumió el cargo en febrero de 2017, tras un prolongado y reñido proceso electoral que duró más de un año.

En julio de 2018, la gente salió a la calle para protestar contra el aumento del precio de los combustibles y su impacto sobre los productos alimenticios básicos. Durante las protestas, varios comercios fueron destrozados, saqueados e incendiados. El descontento también se vio exacerbado por la corrupción endémica que rodea la participación de Haití en PetroCaribe. El programa energético regional, liderado por Venezuela, buscaba proveer de petróleo y de sus derivados bajo acuerdos de pago preferenciales, pero en Haití, en lugar de aprovechar la oportunidad para financiar el desarrollo, los funcionarios gubernamentales hicieron un desfalco de más de 3000 millones de dólares a través de contratos turbios, incluido uno con la empresa Agritrans, cuyo dueño es el presidente Moise.

En un contexto de décadas de inestabilidad política –diez gobiernos provisionales, siete presidentes electos, dos golpes de estado militares, otro intento de golpe y varias misiones de estabilización de Naciones Unidas–. el pueblo alcanzó un punto de quiebre. Las condiciones de vida se deterioraron enormemente, casi el 70 % de los haitianos vive muy por debajo de la línea de pobreza y, según las estimaciones recientes del Banco Mundial, el país tiene una tasa de desempleo de casi 14 %.

El país había experimentado cierto crecimiento económico después del devastador terremoto de enero de 2010, con un crecimiento del producto interno bruto de 5,5 0;% para 2011. Sin embargo, desde 2015, el crecimiento se desaceleró hasta quedar por debajo del 2 %. Haití es uno de los países con mayor desigualdad de la región: el 20 % más pobre comparte menos del 1 % de la renta nacional. Además de estos problemas estructurales, Haití sufre una fragilidad institucional debilitante y una corrupción sistémica.

Desafío a la corrupción

Los haitianos, especialmente los jóvenes, usaron las plataformas de redes sociales para crear lo que llaman el #PetroCaribeChallenge, con el fin de movilizar a la sociedad civil y a los ciudadanos en general para que exijan al Gobierno que lleve a la justicia a los involucrados en el escándalo de PetroCaribe.

En julio del año pasado, el Gobierno quedó tan sacudido por las violentas protestas y la firmeza de los “PetroChallengers” que el entonces primer ministro, Jacques Guy Lafontant, tuvo que renunciar. Su sucesor, Jean Henry Ceant, asumió en septiembre de 2018 con la esperanza de poder afrontar la crisis. Sin embargo, las protestas contra el Gobierno se mantuvieron durante octubre y noviembre.

La situación empeoró en enero de 2019 ya que el gourde, la moneda haitiana, siguió perdiendo valor. La inflación aumentó casi 15 %, y los precios de los alimentos básicos se dispararon. Desde diciembre, el presidente Moise pidió un diálogo nacional para abordar la crisis, pero la mayoría de los sectores de la oposición política del Gobierno se niegan a participar, pues insisten en que su renuncia es el único camino hacia adelante.

Tabula rasa

Ahora las protestas alcanzaron tal grado que paralizan Puerto Príncipe y otras ciudades importantes, lo que afecta seriamente a las escuelas, los hospitales y los mercados. Los manifestantes, algunos de los cuales se volvieron violentos, no solo exigen la renuncia del presidente Moise, sino que quieren un cambio radical: tabula rasa (‘cuenta nueva’), como la llaman.

El 14 de febrero, Moise rompió el silencio y se dirigió a la nación, principalmente para condenar la violencia. Una vez más, e pueblo sintió que no lo escuchaban. A su juicio, el presidente dejó pasar otra oportunidad de demostrar que tiene la capacidad de liderazgo y el carácter para sacar al país de la crisis.

El 16 de febrero, el primer ministro hizo lo mismo y se dirigió a la nación para anunciar un paquete de medidas con el fin de aliviar el sufrimiento de la población y apuntar a las raíces económicas y políticas de la crisis. Reiteró la necesidad del diálogo para establecer un pacto de Gobierno que beneficie a todos los haitianos.

Aún no se sabe si estas dos intervenciones servirán para calmar las protestas. Mientras tanto, no obstante, los manifestantes aseguran que “han bloqueado” al país hasta que renuncie Jovenel o se encuentre un modo de vivir. Los servicios básicos funcionaban con relativa normalidad el 16 de febrero, lo que dio la oportunidad de acopiar toda la comida y productos básicos que pudiesen costear.

Sin embargo, la crisis es profunda.

La élite política y los sectores más poderosos de la oligarquía del país, que gozan de un monopolio económico indiscutido, tienen capturado al Estado y han establecido un sistema de renta que va en detrimento del crecimiento económico sostenible.

Los grupos tradicionales de la oposición política quieren tomar el poder a toda costa, pero tampoco presentan alternativas buenas y coherentes al status quo. Los “PetroChallengers” aún están aprendiendo a transformar el activismo social positivo en acciones políticas eficaces. Al final, la gran pregunta que surge de la tensión política actual es si solo es más de lo mismo o si abre las puertas para un cambio real y sistémico en Haití.

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