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Lo que los pañales me enseñaron sobre Europa

Imagen de un bebé de Clker-Free-Vector-Images en Pixabay. Imagen de la bandera de la Unión Europea de dominio público. Mezcla de imágenes de Georgia Popplewell (CC BY 3.0).

Cuando llegué a Alemania como estudiante hace dos años, me sorprendió ver que las madres utilizaban pañales de tela, como se hacía hace décadas en mi país, Turkmenistán. Aunque Turkmenistán pasa actualmente por una crisis económica, los padres aspiran a utilizar pañales desechables importados y dejar atrás la tradición centenaria de los pañales de tela, que hoy se percibe como un retraso. ¿Cómo es que los europeos occidentales, cuyo nivel de vida es más alto que el del turcomano medio, eligen tela, sobre todo cuando tienen a su disposición tantas distintas marcas de modernos pañales desechables?

Por causas similares, la juventud europea occidental me pareció rara y excéntrica. Los jóvenes parecían estar experimentando un insidioso hastío respecto a las marcas famosas: usaban bolsas de algodón en lugar de bolsos de diseño y llevaban ropa de segunda mano que los hacían parecer cualquier cosa menos acomodados. Como estudiante extranjera de Turkmenistán, no podía evitar preguntarme si algún tipo de pobreza romántica era un estilo de vida normal en la próspera Europa Occidental, una parte del mundo donde muchos turcomanos sueñan con instalarse.

Degustando schnitzel en el comedor y charlando durante la comida, también supe que muchos compañeros de estudios y profesores alemanes seguían una dieta denominada “consciente”, lo que significa evitar ciertos alimentos con el fin de reducir su impacto medioambiental en el planeta. No pude evitar preguntarme si yo, y por ende, todos los turcomanos, cuya dieta primaria incluye la carne, éramos lo suficientemente “conscientes”.

Pasé mis primeros días en Alemania sintiéndome rara porque no entendía la cultura alemana, y me costó bastante encajar en el país que me acogía. Para sentirme menos aislada y mimetizarme con mi nueva comunidad, comencé a autoeducarme sobre formas de saber y ser en Europa Occidental. Me informé sobre cambio climático, Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), economía circular, ecología, minimalismo y estilo de vida verde. Con un acceso sin restricciones a internet y a la información, mi conciencia crítica se despertó y comencé a reconsiderar términos como “desarrollado” y “anticuado” y a analizar de nuevo algunas políticas de Turkmenistán y de Occidente.

Me di cuenta de que aunque muchos ciudadanos alemanes bien informados y prósperos adoptaban una forma de pensar “posmaterialista“, y ahora daban más importancia a la calidad de vida y a formas de vivir más conscientes del medio ambiente, en Turkmenistán nos hacíamos cada vez más materialistas. Sin una educación de calidad y sin facilidad de acceso a internet, tener conciencia ecológica no es ni realista ni un objetivo posible para muchos turcomanos.

El acceso a la información también es necesario para asegurar que se rindan cuentas de forma pública. Por tanto, no sorprende ver adolescentes alemanes y de cualquier punto de Europa Occidental que faltan a clase para tomar las calles y pedir a los adultos que protejan su futuro de los desastres del cambio climático. Mientras tanto, muchos turcomanos no tienen ni idea de que Asia Central también se ve afectada desfavorablemente, y podrían estallar conflictos fronterizos conforme el cambio climático vaya reduciendo el acceso al agua potable.

La información medioambiental por parte de los Gobiernos, la educación sobre el clima en escuelas y el acceso a la información son la piedra angular para proteger el derecho de la gente a saber y la capacidad pública de participar o liderar los esfuerzos para preservar el medio ambiente. Para tener conciencia ecológica también es necesario que la información esté disponible y sea accesible para todos los ciudadanos, lo que no sucede en Turkmenistán.

Al haber tenido la oportunidad de vivir en Alemania y entrar en contacto con nuevas ideas, llegué a comprender que el uso de pañales de tela no es un retraso, y vestir con ropa de segunda mano no es un signo de pobreza, sino de respeto por el medio ambiente. Me temo que a muchos paisanos turcomanos les cueste mucho más tiempo darse cuenta de eso. Algunos quizás no aprendan a apreciar nuestro antiguo estilo de vida ahorrativo —recoser la ropa, pasarla de los hermanos mayores a los más chicos— por progresista y respetuoso con el medio ambiente. También temo que el acceso limitado a la información y la falta de campañas de sensibilización nos sigan haciendo despreciar nuestras tradiciones más ecológicas y la forma de vida a la que aspiran muchos occidentales.

Por otra parte, no creo que los europeos occidentales reconozcan totalmente que tener un estilo de vida ecológico y alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible es un privilegio. Probablemente, mis colegas alemanes no han hecho nunca filas de horas para conseguir una hogaza de pan, azúcar y aceite. Cuando no tienes que preocuparte por necesidades básicas como el alimento, tienes acceso a la información y a una educación de calidad, y vives en un país democrático, es más sencillo priorizar los problemas medioambientales.

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