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Los rostros de la sequía en Cuba

Deivi. Imagen tomada de Periodismo de Barrio. Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 No portadaCC BY-NC-SA 3.0.

Deivi cultiva girasoles cerca del santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre. Imagen tomada de Periodismo de Barrio. Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 No portada (CC BY-NC-SA 3.0).

Esta historia forma parte de nuestra colaboración con el medio digital cubano Periodismo de Barrio. A través de esta alianza, nuestros lectores podrán conocer historias de Cuba distintas a las que aparecen en los medios de comunicación tradicionales.

En la zona suroriental de Cuba existe un corredor seco que abarca 11 municipios de las provincias Santiago de Cuba y Guantánamo. Allí viven 1 300 000 personas que han sido afectadas directa o indirectamente por la sequía. El progresivo despoblamiento de las zonas rurales adopta un rostro más crítico en esta región: el de la migración climática. Estas son las historias de vida de quienes deciden quedarse.

Reinaldo en stand by

Hace demasiado tiempo que Reinaldo Mestre hubiese querido sembrar café o plátanos en su parcela, pero le dijeron que no lo hiciera. Y no lo hizo, porque allá, justo donde tiene sus cultivos, debía correr la mayor vía de transporte de la Isla.

Reinaldo llegó en 1981 a El Socorro, uno de los asentamientos a la orilla de la Carretera Central, entre los poblados de Songo y La Maya, en Santiago de Cuba; cuando el sueño de la gran Autopista Nacional A1 –que uniría Cuba– aún estaba en marcha.

Pero a inicios de los noventa y tras el derrumbe del socialismo en Europa, Cuba tuvo que paralizar la construcción de la A1, y en El Socorro se entregaron parcelas a los campesinos para que no estuvieran ociosas, para que pudieran producir comida en medio de la crisis económica que vivió el país. Una de esas parcelas la recibió Reinaldo.

Por entonces les dijeron que la ubicación sería temporal, hasta que se reanudaran los trabajos constructivos. Y como la noticia podría llegar de un momento a otro, no debían sembrar cultivos que demoraran en cosecharse, como el café. Al menos eso le dijeron entonces y Reinaldo, obediente, siguió las instrucciones.

Lo temporal se ha extendido y la punta de la carretera inconclusa sigue en el mismo sitio en el que paró hace casi treinta años: a unos 12 kilómetros de Songo. En todo ese tiempo, en el campito que depende totalmente de la lluvia, sin sistemas de regadío y sin agua para hacerlos funcionar, Reinaldo se ha resignado a esperar y a soñar con una plantación de café. Esperando se le ha ido la vida.

Hoy, con 85 cumplidos, un riñón de menos y una chequera de 200 pesos, Reinaldo sigue en El Socorro; en la misma parcelita que a veces no produce lo suficiente como para vender; en la misma casa de madera, techos de teja y piso de tierra hasta donde no llega el agua corriente.

Lejos de allí, el sueño inacabado de la Autopista Nacional es apenas una línea en los mapas, un proyecto de prosperidad no concretado en cuyo nombre Reinaldo puso sus sueños en cola.

Adela y el pozo

Adela Pantoja quería ser enfermera. Pero cuando terminó la secundaria en la Isla de la Juventud, en los años ochenta, tuvo que virar para La Loma, donde nació, a unos 20 kilómetros de Madrugón, en Santiago de Cuba. Regresó a cuidar de sus padres viejos y enfermos. A trabajar el campo. Empezó en el café a los 19. Parió a los 20. Con 30 años y 2 hijos conoció a Mayito, que tenía un divorcio y 42 años. Se juntaron y fue a vivir con él. A trabajar el campo.

Desde entonces, todos los días de Adela se parecen. Despierta a las 5:00 a.m., hace el desayuno y luego sale a la finca. A las 11 suelta la azada y se va a hacer almuerzo. Cuela café, limpia el jardín, barre, les echa agua a los animales. A las 3:30 p.m. regresa al campo hasta que anochece. Su único tiempo libre es en la noche, para sentarse un rato frente al televisor.

Intento hablar con ella para que me explique cómo se cultiva la tierra en uno de los territorios más secos de Cuba, pero es Mayito quien relata, quien corrige las fechas y quien termina por dominar la conversación.

Él dice que a la sequía de hace tres años, que terminó por matarles casi todos los ovejos y reses, sobrevivieron gracias al pozo. Ese es el corazón de la finca de siete hectáreas, el que permite cosechar tonelada y media de frijoles al año, o cortar en una tarde 60 racimos de plátano para enviar a los mercados de Santiago de Cuba.

Poco más de tres meses tardaron en construirlo. Noventa y siete días para abrir un agujero de 17 metros de profundidad. “A pico limpio”, repite él para remarcar la hazaña familiar. Adela explica en voz baja que antes había otro pozo que se secó, que buscaron, buscaron, y dieron con este como a diez metros del anterior. Dice que ella no dio pico, pero que con el mulo haló una cantidad de tierra enorme. Me lee la inscripción en el brocal del pozo:

—Dice: “Fecha de inicio, 10/12/2011. Culminó el 15/03/12, en saludo al cumpleaños de mi hija Mayelín. En esta obra trabajaron Osmay Tejeda, Yordanis Tejeda, el mulo Clavel, el toro Coronel…”.

—¿Y usted, Adela…? –le pregunto.

—Ah, y nosotros…

Pero su nombre no está allí.

Nieves cocina para el pueblo

Sobre las 6 a.m. los campesinos salen camino al cafetal y Nieves oye esos pasos, murmullos, los sonidos del amanecer. Entonces se levanta y pone a hervir agua para bañarse y para el café.

Nieves Mojena llegó a Arroyo Llano en 1984, a visitar a su hermana. Se casó y se quedó. Trabajó un tiempo en la sala de televisión del pueblo, otro como custodio de la escuela, pasó cualquier cursito culinario y asumió sola, hace 12 años, el trajín de cocinar para la Cooperativa de Créditos y Servicios Romárico Cordero, que es cocinar para casi todo el pueblo. Cincuentona, pelirroja, nerviosa, mientras cuela el café Nieves calcula cuánta gente fue al cafetal y saca las cantidades exactas de ingredientes. Hoy, por ejemplo, preparó ocho libras de arroz (un caldero grande), tres libras de chícharos (dos ollas), plátano hervido y una pieza de pollo para cada uno, muslo o contramuslo. A veces hace chilindrón de chivo o carne de puerco o mortadela en salsa.

A las 11:30 a.m. los recolectores pesan el grano recogido y descansan. Es la hora de Nieves: hace entrada. Le gusta hacerla a tiempo porque, dice, “así se adelanta la producción. También recojo para que no haya un pico de maduración y se bote café”. Por cada lata recibe dinero extra. Su salario como cocinera es de 500 pesos al mes.

—Estamos pensando construir una casa en los cafetales y cocinar ahí. Más fácil, porque yo monto la olla y voy con la canasta, recojo un poco, voy, miro la olla… Así comen caliente.

Los días rápidos, Nieves vuelve del campo sobre las 3 p.m. Los días lentos, cuando oscurece. “Cuando llegue esta tarde hago congrí, y con el pollo que hice para la casa ya tengo la comida” (el almuerzo de los trabajadores corre a cuenta de la cooperativa; el de la casa, a cuenta de ella y su esposo). Por la noche prepara una merienda y ve televisión. Hasta que a las 10 p.m. apaguen la planta, el pueblo quede a oscuras, y Nieves duerma, y otra vez escuche a los campesinos camino al cafetal.

Nena

Nena tiene como 60 años –no está segura– y un patio de tierra sembrado con plátanos, frijol, boniatos; una parcelita a casi un kilómetro de El Socorro, un pueblo medio roto en Alto Songo. Nena sembró sola, cosechó sola y de ese trabajo comieron sus hijos, porque un día Nena sorprendió a su marido con otra, se dieron unos golpes, y el hombre se desentendió de Nena y de los cinco muchachos. “Desde entonces no tengo marido ni lo quiero”.

El rancho donde vive tiene electricidad y baño afuera. El agua hay que buscarla o esperarla del cielo. Nena va todos los días al pozo y a cortar leña que trae a la cabeza. Cocina con queroseno que le toca cada tres o cuatro meses por la cuota: 12 galones cada vez. Ya sus hijos tienen 40 años, ya se fueron, ya a Nena se le va la memoria con la vida. “Yo me levanto por la mañana y si tengo deseos voy al campo, si no, no voy. Me pongo a trajinar en la casa”: techo de tejas, muebles desvencijados, agujeros entre las tablas, un bombillo, penumbra, piso de tierra, tristeza.

Georgina Castillo, la madre de Nena, tiene un bohío frente al platanal y dizque 60 años, no se acuerda. Según Nena, debe tener 80. Una negra magnífica, encorvada pero imponente, la nobleza pura. Con siete hijos. Georgina hasta hace poco tenía su huerto pero ya no puede ni levantar un pico. Nena la atiende. En casas separadas viven juntas.

Hace dos días que Nena no baja al patio. La última vez desyerbó los cultivos. Ahora está atendiendo dos puercas que tiene preñadas en un corral. Le da alegría que uno de sus hijos viene a visitarla de vez en cuando. El resto del tiempo Nena y Georgina se lo pasan solas, tampoco tan seguras de qué día es, de qué hicieron ayer.

El aguacatero de El Caney

En la comunidad de El Caney, Santiago de Cuba, vive Kikito, un hombre de mediana edad que se ocupa de entregar agua a domicilio. Hoy su trabajo se ha vuelto más demandado debido a la sequía que atraviesa la provincia.

Los girasoles de la Virgen

Muy cerca del santuario de El Cobre, Deivi cultiva girasoles, una de las ofrendas más demandadas para la Virgen de la Caridad del Cobre. En este video nos cuenta cómo es posible cultivar en Oriente, a pesar de la sequía.

*Este artículo es un extracto exclusivo para Global Voices. Puede consultar la versión original de “Los rostros de la sequía” aquí.

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