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Las historias no son propiedad privada: Periodistas cubanos bajo presión del Estado

Reflejos. Fotografía por Felko. Suministrada por Periodismo de Barrio y utilizada con permiso.

Reflejos. Fotografía por Felko. Suministrada por Periodismo de Barrio y utilizada con permiso.

Esta historia forma parte de nuestra colaboración con el medio digital cubano Periodismo de Barrio. A través de esta alianza, nuestros lectores podrán conocer historias de Cuba distintas a las que aparecen en los medios de comunicación tradicionales.

El chofer entregó sus documentos y preguntó si había algún problema. Los policías dijeron que habían recibido una denuncia por robo en Guatemala, pueblo de Holguín que alguna vez fue próspero y ahora es los retales de lo que fue: desolación, jirones. En el auto, el reportero Jesús Jank Curbelo y una fotógrafa. Los policías les piden bajarse. Cachean al reportero y la fotógrafa pide que la cachee una mujer así que nadie la toca. A la patrulla. Un policía dice que van a investigarlos por aquel robo porque, casualmente, las descripciones de los delincuentes eran las suyas; luego 15 minutos de silencio hasta la estación de Mayarí.

Los periodistas llevaban tres días yendo a Guatemala. Querían contarlo. Él había hablado, al menos, con una docena de personas y ella había hecho cientos de fotos: mar de fondo, las ruinas de un central azucarero, las ruinas de todo lo demás, retratos. Los llevaba en la cámara que le quitaron al bajar del auto, con los carné de identidad y los móviles.

La estación tiene esos carteles de “esta es la mejor policía del mundo” y fotos de gente ensangrentada y triste antes del 59, paredes azul turbio, el oficial que atiende el teléfono, sofá, butacas, un baño oscuro y sucio cerca de la reja que da al calabozo y la oficina del oficial de guardia. Por una escalera se llega al cuarto donde los van a interrogar más tarde. Ahora están sentados: piden agua, les responden que hay que esperar que la traigan de fuera, con la comida; piden fumar, les dicen que no se puede; preguntan y son las cuatro de la tarde. En el portal se mecen policías que no dejan de revisar sus móviles. De vez en cuando llegan denuncias: a una pareja le robaron los bolsos en un taxi, una mujer porque unos manganzones amenazaron a su hijo adolescente. De vez en cuando llega algún pariente de un detenido.

El Mayor Damián Arcos lleva camisa a cuadros y jeans oscuros. El Mayor Nelson es un segundón canoso y artero. Suben la escalera. Cuando llaman a Jesús Jank empieza esa rutina de forcejeo mental e interrogatorio sin sentido, porque ellos tergiversan las respuestas de tal manera que terminan convenciéndose de que él respondió lo que ellos quieren, o repiten y repiten preguntas para que el periodista se canse de repetir y repetir respuestas, así, por si él se molesta un poco o alza la voz o pone mala cara mandarlo a conducir: al calabozo. Le preguntan por el financiamiento y los objetivos de Periodismo de Barrio y que si está consciente de que el trabajo que hacen “le da armas al enemigo”. Por qué Guatemala y Jesús Jank dice que es un batey con una buena historia que merece ser contada tantas veces. Lo que todavía no han aprendido es que crowdfunding no es, como dijeron, una empresa yanqui, ni que un periodista no es un carné, ni una autorización del Partido Comunista y en muchos casos ni un título. A la fotógrafa también la ensartan a preguntas pero responde dura −ella, estudiante− incluso cuando le dicen que esa revistica, Periodismo de Barrio, la utiliza, y cuando la amenazan con botarla de la universidad.

Sobre las seis ya nadie recuerda el supuesto robo en Guatemala y están enfrascados en vigilarlos mientras el Mayor Damián entra y sale de la estación. Están horas sentados en el lobby, mirando oscurecer. Cuando anochece el Mayor Nelson revisa cada una de las fotografías en la cámara, frente a ellos, pregunta detalles de cada personaje, posibles significados de esas imágenes de desventura que están por todas partes en Guatemala. Luego le ordenan a Jesús Jank que suba a una moto con el Mayor Damián. Así llegan a la casa donde están hospedados, a casi un kilómetro de la estación.

El dueño abre con sorpresa falsa porque su hijo, que manejaba el auto que los traía desde Guatemala, le había hablado de aquel robo fantasma. “¿Usted tiene la llave de la habitación?”, le pregunta el Mayor y enseña un carné del Ministerio del Interior. “Sí, claro”, responde el hombre. Entran. El Mayor registra las cosas. Jesús Jank pregunta si es legal y el Mayor le responde que él es la autoridad; agarra la laptop de la fotógrafa. “Ni una palabra de esto a nadie”, dice, y el dueño asiente. Mientras regresan el Mayor habla de Usurpación de capacidad legal, un delito que se le imputa a quienes ejercen una labor determinada sin calificación profesional. Según él, mientras Jesús Jank no tenga un documento que lo identifique como periodista asociado a alguna entidad estatal, no puede hacer periodismo y, por tanto, está violando la ley. La otra vía, dice, sería que el Partido local diera autorización, pero como no existe forma de que la prensa independiente en Cuba obtenga dichos permisos, la única solución es que no trabaje y, por ende, no exista.

Ahora laptop, celulares y cámara están en manos de los policías y los periodistas siguen sentados durante horas. El Mayor Damián entrando y saliendo. Desaparece con el Mayor Nelson escaleras arriba y una hora más tarde llaman a los periodistas para informarles que analizaron y copiaron toda la información contenida en aquellos aparatos electrónicos, tanto de trabajo como personal. Antes de devolverlos el Mayor Damián ordena a la oficial de guardia que le levante un acta de advertencia a Jesús Jank; cinco minutos antes lo había amenazado con conducirlo si seguía negándose a cooperar, pues el periodista había protestado por el destino de su información que, por demás, fue borrada.

“Me comprometo a no hacer más entrevistas porque no estoy facultado para ello”, dice el documento que le piden firmar. Jesús Jank explica que está facultado porque es graduado de Periodismo, así que, en todo caso, no está autorizado. La oficial insiste en que no está facultado porque no tiene carné de periodista. Él escribe que no está autorizado —subraya autorizado— en la carta de advertencia, la firma y se la entrega.

Quienes laboran en Periodismo de Barrio están facultadísimos para ejercer su profesión. Su directora, Elaine Díaz Rodríguez, cuenta con una licenciatura en Periodismo (2008) y una maestría en Comunicación (2014) por la Universidad de La Habana; el editor Tomás Ernesto Pérez es graduado de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana (2013); Geisy Guía Delis, Julio Batista Rodríguez, Ismario Rodríguez Pérez y Jesús Jank Curbelo son graduados de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana en 2014, 2013 y 2016 respectivamente. Sus artículos han aparecido publicados en medios de prensa estatales y medios internacionales como The Guardian, New York Times, Univisión Noticias, Al Jazeera, Taz, entre otros. Incluso si no tuvieran los títulos que los acreditan, todos estarían facultados para ejercer esta profesión con la experiencia que han acumulado.

Aún así, según esta advertencia, el periodista Jesús Jank Curbelo puede ser arrestado si vuelve a ejercer el periodismo; puede, incluso, cumplir tiempo de cárcel.

A las diez de la noche, bajo llovizna, el Mayor Nelson indica a la fotógrafa cómo llegar caminando al hospedaje y el Mayor Damián, tan paternal, le dice a Jesús Jank que lo mejor es que no siga metiéndose en problemas, que proteja a su niño.

Republicado con el permiso de Periodismo de Barrio. Puede leer la versión original aquí.
Esta historia fue reseñada anteriormente por el Netizen Report de Advox, un proyecto de Global Voices en pro de la defensa de la libertad de expresion y contra de la censura en internet.

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