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Sobre el activismo y la persona

Activistas organizaron un mitín durante la celebración del Día de Independencia en Filipinas para promover una política exterior independiente. Fotografía de Obet De Castro. Fuente: Facebook

La versión original de este artículo se publicó en Bulatlat, sitio web alternativo en Filipinas.

A menudo se cataloga a los activistas como ignorantes dogmáticos que obtienen un perverso placer de organizar y asistir a mitines. Aunque ciertamente la participación pública en un movimiento colectivo es una experiencia emocionante, particularmente si involucra el exorcismo simbólico de los villanos de la sociedad, es una equivocación reducir el activismo a un simple acto de presencia en las protestas contra el Gobierno.

Detrás de la imagen de una persona de apariencia feroz con el puño en alto en Instagram, se encuentra una persona que racionaliza y reafirma constantemente su lealtad a la política radical. El activismo es una postura política que aspira cambiar al mundo y –de manera más realista pero rara vez reconocida– a la personas. Los objetivos más generales de la inconformidad se representan fácil y extensamente; lo que es más difícil de presenciar es la transformación casi milagrosa de la persona.

Cualquiera puede experimentar ser un activista al participar en actividades políticas sin comprometerse con la causa, además de una curiosidad efímera y un deseo de participar en una actividad poco convencional. Dedicarse realmente al activismo, no obstante, requiere nada menos que revaluar por completo el concepto que uno tiene de sí mismo en relación con la participación política.

Activistas de derechos humanos en las Filipinas protestan contra el incremento de los casos de desaparición forzada durante el gobierno del presidente Rodrigo Duterte. Fuente: Kodao Productions, socio de contenido de Global Voices. Usada con autorización.

Por lo tanto, la primera tarea fundamental de un activista es modificar su ser. Esta es una tarea desalentadora que involucra un proceso continuo de aprender y desaprender una cosmovisión particular y rechazar dolorosamente los hábitos y deseos necesarios para alcanzar el éxito en el mundo moderno. Esto requiere abandonar voluntariamente la idea de ‘mantener bienes’ y sumergirse a sí mismo en las bases.

Se suele confundir la politización intensa y el desarrollo de una conciencia social con sucumbir pasivamente al lavado de cerebro. Pero detrás de la fachada de un activista joven fuerte y determinado se encuentra una persona que lidia con pensamientos y emociones contradictorios. ¿Puedo sobrevivir a esta forma de vivir? ¿Estoy preparado realmente para renunciar a la comodidad de la vida y a la oportunidad de alcanzar fama y fortuna en la sociedad general? ¿No hay otras alternativas que exijan menos sacrificio?

Incluso cuando la educación política se aborda colectivamente –a través de sesiones de estudio, coordinaciones dentro de la comunidad, campañas masivas– es la persona quien decide al final si desea avanzar y aceptar los desafíos de ser un radical. Y la ambivalencia perdura incluso después de haber tomado la decisión de dedicarse al activismo a tiempo completo. Imagina la indiferencia de la familia, amigos, y la mayoría de personas que prospera y obtiene satisfacción del status quo; la opción siempre conveniente y tentadora de abandonar el activismo, reclamar tu vida anterior y redirigir tus esfuerzos para trabajar por alcanzar un estatus social y riquezas materiales.

La tentación de abandonar el radicalismo surge cada vez que el activista enfrenta un obstáculo en la vida política –el fracaso de una campaña masiva, el rápido deterioro de la situación nacional, el fascismo de estado, el impacto desmoralizante de las políticas partidistas. La prueba de un activista verdadero, por consiguiente, es la habilidad de no solo expresar un conjunto de doctrinas, sino ser la persona que se presenta –y continúa presentándose– contra viento y marea y pese a los desvíos en el camino, para afirmar y reafirmar un compromiso con el radicalismo.

El activista supera las tragedias personales y las dudas testarudas al fusionarse con la búsqueda colectiva de una política nueva. Es fácil condenar esto como una fuerza impersonal (el partido, el colectivo, las masas) que incorpora espeluznantemente a la persona. Pero esto no constituye perder su individualidad, sino el resurgimiento de la persona en el contexto de un movimiento masivo.

Allí los activistas encuentran lo siguiente: un nuevo propósito en la vida, las herramientas filosóficas necesarias para ver al mundo tal cual es y cómo debería ser, defensores y revolucionarios compañeros, y un sentido de deber para actuar decididamente. La inspiración del activista proviene de la resistencia de las masas que no tienen otra pretensión más que liberarse de la opresión de la pobreza, la injusticia y demás miserias evitables, con mentores nuevos en forma de agricultores y trabajadores activistas que ejemplifican lo que significa poner en práctica lo que denominamos en las Filipinas como “simpleng pamumuhay at puspusang pakikibaka” –vida simple y lucha intensiva.

Repentinamente, la vida del activista deja de ser una simple enumeración de las dificultades diarias, pues existe ahora un reconocimiento de que esas adversidades pueden aliviar el sufrimiento de otros, y más importante, acelerar la aparición de un mundo nuevo.

Centrados en lograr un conjunto de objetivos políticos, desde lo aparentemente trivial hasta lo estratégico, el sentido de satisfacción del activista no se fundamenta en contar las adquisiciones materiales, sino en la expansión holística de la organización masiva, y la idea de que las luchas personales se abordan mejor no por escapar ni aislarse, sino al involucrarse en la lucha colectiva más grande para acabar con la opresión humana en compañía de extraños que posteriormente se convierten en camaradas.

El activista llega a entender de manera vital que cuidarse no realza nada significativo, a menos que integre la ética de cómo ser alguien comprometido con la sociedad. Y el activismo, por consiguiente, se convierte en un enlace crucial entre el mantra popular de la autosuperación y la tarea más apremiante de proceder a una transformación social.

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