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¿Está Rusia tomando a China como modelo de autoritarismo digital?

Entrada de un templo confuciano en Pekín, que durante siglos han sido el centro tradicional de la filosofía china. Foto de Filip Noubel, usada con autorización.

El autoritarismo digital será el tema de conversación de la década que ahora empieza. De la tecnología de vigilancia a la inteligencia artificial para la censura en medios sociales o los ejércitos de bots, los gobernantes tienen hoy al alcance de la mano recursos tecnológicos cada vez más sofisticados. Pueden limitar el acceso a los flujos de información, con lo que ejercen una gran influencia en la opinión pública nacional e internacional al servicio de los intereses del Estado.

Como todo el mundo sabe, China ha desarrollado la forma más avanzada de autoritarismo digital conocido hasta el momento. Estos avances han sido posibles gracias al progreso tecnológico del país, sus ambiciones de poder mundial, su enorme población y sobre todo, al apoyo ideológico que justifica una vigilancia generalizada y el control estatal del ciberespacio. En 2019, Rusia también apostó por incrementar el control de las autoridades sobre su parte de la red implementando una ley de “internet soberano”. Los observadores internacionales señalan ahora paralelismos evidentes entre ambos métodos. Pero ¿hasta qué punto tienen razón?

Mientras Pekín exporta su modelo a los países vecinos, peguntamos a Maria Repnikova, experta en comunicación política china y en políticas mediáticas comparadas chino-rusas, hasta qué punto se inspira y aprende Moscú de la receta de Pekín para controlar el ciberespacio.

Repnikova es profesora adjunta de Comunicación Global en la Universidad Estatal de Georgia. También es autora de Políticas mediáticas en China: Improvisar poder bajo el autoristarismo, publicado en 2017 por Cambridge University Press. Su entrevista con Global Voices se ha editado con el fin de resumirla.

Filip Noubel: Las voces progubernamentales rusas señalan a menudo el ejemplo de China para justificar la necesidad de un “internet soberano” en Rusia. ¿Cuáles son las similitudes y diferencias en la forma en que los discursos oficiales ruso y chino legitiman el autoritarismo digital? 

Maria Repnikova: One of the key commonalities in China and Russia's justification of cyber sovereignty is the emphasis on cyber security or protection of national borders against external cyber attacks, as well as domestic extremist threats. In many ways, this narrative wasn't so much borrowed by Russia from China, but gradually evolved internally. In the mid-to-late 2000s, anti-extremism legislation was used to keep traditional media in check when it came to publishing sensitive stories, and was later adopted for the digital domain. More recently, with growing tensions with the West, protection from external powers has become a more powerful narrative to legitimise internet sovereignty.

In China, similarly, sovereignty is about non-interference from external powers, especially the West, and about China's maintenance of social stability internally and its fight against domestic extremist elements, whether they are minority groups, dissidents, or anybody who spreads rumours. One additional narrative in China that I found less prominent in Russia is that of promoting national tech development, and as such protecting national tech giants, by limiting access to western cyber companies.

This idea of technological self-sufficiency has become an inspiration in the developing world.

La profesora adjunta Maria Repnikova, foto utilizada con autorización

Maria Repnikova: Una de las semejanzas entre la justificación de la cibersoberanía por parte de Rusia y por parte de China es la insistencia en la ciberseguridad o la protección de las fronteras nacionales contra ciberataques externos, así como contra las amenazas extremistas dentro del propio país. Rusia no ha tomado totalmente esta narrativa de China, más bien ha ido evolucionando internamente. Entre los años 2005 y 2010 se utilizó la legislación antiextremista para mantener a los medios tradicionales bajo control en cuanto a la publicación de historias delicadas, y después se adoptó en el ámbito digital. Más recientemente, la creciente tensión con Occidente ha provocado que la protección contra poderes externos se haya convertido en una poderosa narrativa para legitimar la soberanía de internet.

De la misma forma, en China la soberanía se equipara a la no interferencia de poderes externos, sobre todo de Occidente, al mantenimiento de la estabilidad social interna y a su lucha contra elementos extremistas nacionales, ya sean grupos minoritarios, disidentes o cualquiera que difunda rumores. Una narrativa adicional china que considero menos destacada en Rusia es la que promueve el desarrollo tecnológico nacional, y por tanto protege a los gigantes tecnológicos nacionales limitando el acceso a las empresas occidentales.

Esta idea de la autosuficiencia tecnológica se ha convertido en la inspiración del mundo menos desarrollado.

FN: ¿Ve más coincidencias o diferencias en cómo gestionan Pekín y Moscú los ejércitos de troles, el control de las plataformas de medios sociales nacionales y las empresas de internet?

MR: In terms of management strategies, I see more differences. First, the Chinese state has a much larger human capacity when it comes to digital propaganda. Thus the operation also has far more of a domestic than an international focus. In the case of Russia, those trolling operations that have caught global attention were aimed towards international disinformation campaigns; they focus predominantly on destroying western legitimacy and any cohesion within the liberal democratic system. In the realm of social media control, China has both a larger human capital and is more technologically advanced. A “Great Firewall” of the type widely used in China and was perfected by Beijing does not yet exist in Russia. Although Russia's sovereign internet bill presents the possibility of isolating Russia's internet from the global web, it is not yet clear how that will play out in practice. It would still rely on cruder instruments than the constant monitoring and filtering practiced in China.

MR: En términos de estrategias de gestión, veo más diferencias. Primero, el Gobierno chino tiene una capacidad humana mucho mayor para la propaganda digital. Por tanto, la operación también se centra mucho más en el ámbito nacional que en el internacional. En el caso de Rusia, las operaciones con troles que han captado la atención global eran campañas de desinformación internacional: se centran sobre todo en destruir la legitimidad occidental y cualquier coherencia en el sistema democrático progresista. En el campo del control de los medios sociales, China tiene un mayor capital humano y está tecnológicamente más avanzada. En Rusia todavía no existe un “gran cortafuegos” del tipo que se usa habitualmente en China, perfeccionada por Pekín. Aunque la ley de internet soberano de Rusia ofrece la posibilidad de aislar la red rusa de la red global, aún no está claro cómo se materializará este aislamiento en la práctica. Seguirá recurriendo a instrumentos más burdos que la constante vigilancia y filtrado que se ejerce en China.

FN: Los medios independiente chinos han desaparecido virtualmente desde que Xi Jinping llegó al poder en 2012. En Rusia, los medios independientes aún existen, pero se encuentran bajo un ataque constante del Kremlin. ¿Cree que Rusia acabará por parecerse a China al reprimir cualquier disidencia, o se impondrán las diferencias y los contextos históricos?

MR: I think that independent media still enjoys more space in Russia than in China. In part, this is because these outlets have relatively narrow audiences in comparison to China, so the regime is less concerned about their critical articles and has settled for more of an “ignore, isolate, and occasionally punish” approach. Another difference is their approach to media management styles. In China, the regime settles for multi-dimensional control: both pre-emptive and post-facto. In Russia, the history of repression in the past few decades has demonstrated more of an occasional but uncompromising reaction, either in the form of shutdowns or physical violence against journalists. This approach is more effective for the Russian state given its more limited media management resources, such as manpower and technology. The Chinese regime has both these in ample supply.

Finally, the history of journalistic critique is different. In China it has primarily been aimed at a within-the-system approach, targeting local officials or matters that can be relatively easily resolved by the government. In Russia, there is more of a tradition of western-style watchdog journalism that aims at exposing the highest corruption, and is less interested in serving as an “adviser” to the state. I think this difference is linked with the experience of glasnost in the Soviet Union and the turbulent 1990s when media had much influence. That's very different from the Chinese radical approach to change in 1989, which in turn transformed into a more compromised approach at shaping governance through criticism. However, it is difficult to predict the fate of Russia's independent media over time. Much would depend on Vladimir Putin's sense of security and popularity, as well as the nature of societal movements that could be seen as interlinked with or somehow fuelled by critical media.

MR: Creo que los medios independientes siguen disfrutando de más espacio en Rusia que en China. En parte, porque estos medios tienen audiencias relativamente reducidas en comparación a China, por lo que al régimen le preocupan menos sus artículos críticos y ha optado por una táctica de “ignorar, aislar y ocasionalmente castigar”. Otra diferencia es su planteamiento de gestión de medios. En China, el régimen prefiere un control multidimensional: preventivo y posterior. En Rusia, la historia de la represión de las últimas décadas ha demostrado una reacción ocasional pero inflexible, ya sea en forma de bloqueos o de violencia física contra los periodistas. Este método es más efectivo para el Gobierno ruso, dadas sus mayores limitaciones en cuanto a recursos de gestión de medios, como mano de obra y tecnología, que el régimen chino tiene en cantidades más que suficientes.

Finalmente, la historia de la crítica periodística es distinta. En China, está pensada sobre todo para ejercerse dentro del sistema, dirigida a funcionarios locales o a asuntos que el Gobierno puede resolver fácilmente. En Rusia hay una tradición de periodismo vigilante de tipo occidental cuyo fin es el de exponer la corrupción de altos cargos, y tiene menos interés en servir de “consejero” del estado. Creo que esta diferencia está vinculada con la experiencia de la glasnost en la Unión Soviética durante la turbulenta década de 1990, cuando los medios tenían una enorme influencia. Muy diferente del radical planteamiento del cambio en China en 1989, que a su vez derivó en un planteamiento más comprometido: moldear la gobernabilidad mediante la crítica. No obstante, es difícil predecir el destino de los medios independientes rusos en el tiempo. Dependerá en gran parte de la sensación de seguridad y popularidad que tenga Vladimir Putin, además de la naturaleza de los movimientos sociales que se consideren vinculados o activados de alguna forma por los medios críticos.

FN: ¿Se puede hablar de un acercamiento entre China y Rusia destinado a contrarrestar la influencia occidental? Y en ese caso, ¿en qué rubors del gobierno digital es más probable que colaboren o tengan una postura similar Pekín y Moscú?

MR: I think that the shared agenda of “cyber sovereignty” and the promotion of this agenda within international organisations is at the heart of today's current Sino-Russian collaboration against the West.

While their tools of managing the internet are still different, both the governments in Beijing and Moscow do strongly share the idea that internet governance should be left in the hands of states, countering the internet freedom agenda promoted by the United States.

MR: Creo que el meollo de la colaboración actual entre China y Rusia contra Occidente es la agenda compartida de la “cibersoberanía” y la promoción de esta agenda entre las organizaciones internacionales.

Aunque sus herramientas para gestionar internet siguen siendo distintas, ambos Gobiernos comparten la firme idea de que el gobernabilidad de internet debe recaer en manos de los Estados, para contrarrestar la agenda de libertad en la red promovida por Estados Unidos.

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