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En semicuarentena: Vivir con el brote de coronavirus en Hong Kong

Afiche digital que llama a los hongkoneses a colaborar con el personal sanitario y a “salvarnos”(#SaveOurselves). Twitter.

Vivo en Hong Kong con mi marido y mi hija de seis años, y como todos los hongkoneses, las dos últimas semanas hemos estado en semicuarentena. La mayor parte del tiempo nos quedamos en casa, y evitamos las reuniones sociales y las salidas a comer.

Si el coronavirus de Wuhan (ahora conocido oficialmente como Covid-19) no se hubiese afianzado en las localidades mediante la transmisión entre humanos, esperaríamos reanudar la vida normal a comienzos de marzo. Sin embargo, parece que la situación de semicuarentena continuará un tiempo más. El caso más reciente es el de una reunión familiar de 19 personas que tuvo lugar el 25 de enero y que dejó nueve personas infectadas. Hasta el 11 de febrero, había 42 infectados en Hong Kong.

Puesto que el período de incubación del coronavirus va de dos a 14 días, y los últimos hallazgos revelaron que podría extenderse hasta 24 días, la epidemia se vuelve inevitable. La única forma de impedir su transmisión es mantener la higiene personal y pública, y reducir el contacto social. Durante el Año Nuevo lunar, la Oficina de Educación de Hong Kong anunció que cerrarían todas las escuelas hasta marzo. Las universidades migraron a las aulas virtuales, y muchas instituciones públicas y negocios permiten que los empleados trabajen desde casa.

El fantasma del SARS

Hace 17 años, en febrero de 2003, llegó a Hong Kong el primer caso de Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) desde Guangdong. Para junio de 2003, se habían detectado 1750 infectados y 286 personas habían muerto. Casi el 80 % de los contagios se asociaron al primer caso.

Aunque el coronavirus de Wuhan no es tan mortal como el SARS, la escala del brote es diez veces mayor, y por culpa del encubrimiento de las autoridades, no se informó del brote a los ciudadanos de China continental desde el principio y, por ende, no tomaron las medidas necesarias para protegerse durante la primera etapa.

A principios de enero de 2020, los habitantes de Hong Kong trataron de alertar sobre el brote a los cibernautas chinos continentales, pero los patriotas digitales respondían repitiendo las teorías conspiratorias de siempre: que la gente de Hong Kong buscaba crear pánico en China para socavar a las autoridades.

Los hongkoneses empezaron a usar mascarillas antes del Año Nuevo lunar; en cambio, los residentes de Wuhan seguían celebrando sus grandes banquetes y ceremonias de nuevo año sin protección alguna. Cuando las tiendas reabrieron tras el Año Nuevo lunar, los hongkoneses empezaron a abastecerse de productos de primera necesidad con el fin de prepararse para una vida de semicuarentena, pues preveían que el virus no desaparecería hasta mitad de año.

Estantes vacíos

La escuela de nuestra hija exige que los alumnos usen mascarillas cada vez que sus compañeros tienen gripe; por eso, siempre mantenemos en casa mascarillas de niño suficientes para dos meses. Casualmente, mi marido había comprado dos paquetes durante un reciente viaje de trabajo a Corea del Sur después del Año Nuevo Lunar, así que no tuvimos que hacer fila durante horas para comprarlas.

Debido a que el coronavirus se extendió a otros países asiáticos, la prohibición de comercializar mascarillas generó escasez. Si bien la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que no hacía falta usarlas a menos que la persona hubiese presentado síntomas de gripe, la densidad de población de Hong Kong hace muy difícil mantener la distancia recomendada de dos metros entre personas, y en lugares como los ascensores, la distancia se reduce a casi cero.

En la ciudad de Macao, cercana a Hong Kong y también regida por el principio chino de “un país, dos sistemas“, se adoptó una política de racionamiento para garantizar que todos los ciudadanos pudieran comprar diez mascarillas cada diez días por un valor equivalente a un dólar estadounidense. Por el contrario, el Gobierno de Hong Kong no garantizó la provisión de mascarillas para civiles, ni tampoco las mascarillas ni equipos de protección para el personal médico de los hospitales públicos. La Autoridad Sanitaria solo cuenta con suministro para un mes, y el Gobierno tiene que pedir aprobación para importar material de seguridad desde Pekín, con el telón de fondo de una escasez aún más grave en China.

También, desde finales de enero de 2020, escasean los limpiadores a base de alcohol, la lavandina, el arroz y el papel higiénico en los mercados de Hong Kong. A inicios de febrero, estuve en cinco supermercados de mi barrio y no encontré ni un paquete de arroz. Finalmente, mi marido tuvo que hacer cola muy temprano afuera del supermercado para conseguir un paquete. Cuando necesité una botella de medio litro de lavandina para la desinfección habitual de la casa, tuve que contactar al concejal de mi municipio para que me diera una muestra gratuita. En enero, la mayoría de los concejales había aprobado un presupuesto para abastecerse de mascarillas y productos de higiene a fin de ayudar a paliar la epidemia localmente.

Estantes vacíos en un supermercado de Hong Kong. Foto tomada por un amigo de la autora y usada con autorización.

Salvémonos nosotros mismos

El Gobierno de Hong Kong sigue pidiendo a la gente que no entre en pánico, pero, por supuesto, tras las prolongadas protestas que desencadenó el movimiento antiextradición, pocos creen que el Gobierno tenga la voluntad o la capacidad de proteger a la ciudad o de anteponer los legítimos intereses del pueblo a los intereses políticos de Pekín. La falta de suministro de mascarillas y su indecisión sobre restringir los viajes entre China continental y Hong Kong son ejemplos muy obvios.

A los ojos del público, el Gobierno de Hong Kong solo está decidido a salvarse a sí mismo, y se ha usado muchísimo la etiqueta #SaveOurselves (港人自救, ‘salvémonos nosotros mismos'en Twitter, Facebook y otras redes sociales para criticar al Gobierno y para difundir información sobre medidas de protección, como la higiene personal y de la casa, cómo hacer mascarillas reutilizables e, incluso, una sencilla fórmula química para hacer limpiador casero con alcohol, entre otras cosas.

Con la idea de “salvarnos”, la gente también se solidariza con quienes lo necesitan. Por ejemplo, cuando le dije a mis amigos de Facebook que mi familia se estaba quedando sin arroz, en menos de 24 horas, dos conocidos me ofrecieron una parte de su excedente. Las organizaciones con contactos comerciales en el exterior ayudan a facilitar el suministro de mascarillas para los trabajadores locales, y los grupos voluntarios usan las redes sociales para pedir a la gente que done sus mascarillas excedentes para los mayores.

La decisión de luchar contra el Gobierno se convirtió enseguida en una decisión de combatir la expansión del coronavirus.

Manejar el miedo

La escasez de productos de necesidad básica y la semicuarentena complicaron la vida de todos. Para las familias con niños, el brote triplicó el trabajo cotidiano. Ahora tenemos que cuidar a nuestra nena de seis años durante las 24 horas, perseguir los productos básicos, mantener la higiene de la casa y preparar tres comidas diarias mientras cumplimos con nuestras funciones laborales habituales.

También, con el fin de reducir el uso de mascarillas, tratamos de no salir con frecuencia. Con mi marido nos turnamos para salir tres veces por día: Por la mañana, para comprar pan y visitar supermercados y farmacias; por la tarde, para llevar a la nena al parque unas horas; y al atardecer, para ir al mercado a comprar verduras y frutas. El parque está casi vacío porque la gente tiene miedo a la transmisión del coronavirus entre los niños. Recibí algunas advertencias amistosas dentro de los grupos de padres en WhatsApp sobre el riesgo de llevar a los niños al parque, pero nosotros igual quisimos que nuestra hija saliera y disfrutara unas horas de sol todos los días. Decidimos no permitir que el miedo se apoderara de nosotros, aun cuando las circunstancias son aterradoras.

Hay algo que me preocupa mucho más, y es la propagación del miedo y el odio en el discurso público, ya que puede escalar fácilmente a sentimientos de intolerancia contra los chinos continentales. Está claro que el centro del brote es Ia ciudad de Wuhan, y que varias provincias de China están al borde de una epidemia de gran escala. Estoy de acuerdo con que se limite el ingreso de viajeros desde el continente a Hong Kong y entiendo que otros países impongan las mismas restricciones para los residentes de Hong Kong, pero creo que tildar a los chinos continentales de consumidores egoístas de carne de caza y propagadores deshonestos de virus es totalmente indefendible, especialmente porque ignora que la mayoría de los viajeros que ingresan a Hong Kong durante el Año Nuevo Lunar son residentes locales que vuelven de visitar a sus familiares en el continente.

La propagación del miedo y el odio trajo como consecuencia algunas protestas extremistas del estilo “no en mi patio“. Ciertamente, el Gobierno no hizo una consulta popular para definir los centros de aislamiento para personas que habían tenido contacto con pacientes de coronavirus, y los habitantes tenían derecho a expresar sus inquietudes. Sin embargo, lanzar bombas molotov para destruir las instalaciones no tiene justificación.

Ojalá disminuyan el miedo y el odio contra los chinos continentales en la medida en que surjan más historias humanas desde Wuhan y la provincia de Hubei. Tragedias como la muerte del doctor Li Wenliang recuerdan a los hongkoneses que la desgracia que afecta a Wuhan y otras ciudades de China es el resultado del encubrimiento del Gobierno sobre la epidemia en nombre de la estabilidad política por sobre todo lo demás. Nos guste o no, los destinos de China continental y Hong Kong están inevitablemente ligados.

Ya empecé a hablar con mi hija sobre la epidemia: Primero, le expliqué por qué tiene que usar una mascarilla cuando juega en el parque, y le dije que no es solo para protegerse uno mismo sino también a los otros, especialmente a los mayores y a los bebés, cuyas defensas son más débiles y resisten menos las enfermedades. Luego, le conté la historia del doctor Li Wenliang y su arresto por haber difundido rumores cuando lo que había dicho no era más que la verdad.

“Aférrate a la verdad y ten empatía hacia los demás”, le dije. Así es como nos salvaremos.

Visita la cobertura especial de Global Voices sobre el impacto del coronavirus de Wuhan.

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