Juventud de Moldavia espera cambios desde lejos

Hombre camina delante de una pintura de padres que esperan ansiosamente en la capital de Moldavia, Chisináu, 2014. Foto: Misha_Tokyo / Flickr (CC BY 2.0).

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La República de Moldavia está bendecida con un clima templado, paisajes campestres, vino popular y pueblos vacíos. Los moldavos se están yendo en masa, la población de su país es una de las que más rápidamente disminuye en el mundo. La pobreza, la agitación política constante y la corrupción profundamente arraigada han convencido a muchos de comprar un pasaje solo de ida. Algunos se transforman en migrantes económicos temporales, y regresan por pocos meses al año. Otros, muchos con educación superior, prefieren irse del todo. Según un estudio del Fondo de Población de Naciones Unidas (FPNU) realizado el 2016, si el Gobierno de Moldavia no toma medidas efectivas para mejorar la calidad de vida, en 15 años la población del país, estimada bajo los tres millones, podría disminuir en un 24 %.

Es difícil establecer el número preciso de moldavos que viven y trabajan en el extranjero. La Oficina Nacional de Estadística estima que son cerca de 800 000, pero pueden llegar a ser hasta dos millones si se cuenta a quienes se fueron del país con otro pasaporte. Moldavia reconoce varias nacionalidades y muchos moldavos pueden solicitar un pasaporte de la Unión Europea de la vecina Rumania (ambos países estuvieron unidos entre 1918 y 1940).

Casi el 80 % de los que emigra tiene entre 18 y 35 años, lo que aumenta la presión en la economía nacional, ya que la población en edad laboral disminuye. De acuerdo al Banco Mundial, el 40 % de quienes migran tienen educación superior, lo que contribuye a la “fuga de cerebros” del país. De manera similar a la situación geopolítica del país, las preferencias migratorias de los moldavos están divididas entre el este y el oeste. El 80 % de migrantes moldavos está concentrado en tres Estados: la Federación de Rusia, Italia y Portugal.

A la luz de los cambios políticos recientes, ahora es un buen momento para considerar los efectos que esta emigración en masa tiene en la política nacional de Moldavia. ¿Están los jóvenes moldavos en el extranjero aún dispuestos a luchar por un mejor futuro en el país que abandonaron? ¿Fue la emigración su señal de resignación a la espera de un cambio en casa? ¿La migración de la juventud despoja al país de su oportunidad para expulsar a una élite desprestigiada y conseguir un cambio duradero? Me comuniqué con varios moldavos que viven en el extranjero para entender sus perspectivas.

“A veces estoy un poco celosa de estos jóvenes en Occidente que nunca han tenido que enfrentar la idea de abandonar sus países porque no tienen algún futuro ahí… Creo que para ellos es difícil entendernos”, menciona Ana (seudónimo), moldava de 33 años que lleva viviendo la última década en Grecia.

Desde que su madre murió de cáncer cuando ella tenía nueve años, Ana soñaba con ser doctora. Los años de arduo estudio se vieron compensados cuando fue aceptada en la Facultad de Medicina en Chisináu, la capital moldava. “Estaba acostumbrada a las dificultades, así que no esperaba que esta nueva etapa fuera fácil”, recuerda Ana, cuyos dos hermanos se quedaron en su pueblo natal. “Aún debía cuidarlos, ya que mi papá se fue a Moscú para apoyarnos. Trabajé como enfermera un tiempo, pero con un sueldo de 2000 Lei (cerca de cien euros) era imposible ahorrar algo. Así que decidí irme al extranjero”.

La decisión de emigrar de Ana llegó varios años antes de que Moldavia asegurase un régimen libre de visa con la Unión Europea en 2014. “Obtener una visa de trabajo a un país occidental era un fastidio y habían pocas agencias que se encargaban de este trámite en comparación a hoy en día. Me consideré extremadamente afortunada cuando obtuve un trabajo de verano en Grecia. No estaba haciendo algo relacionado con mis estudios, pero me pagaban mucho más que cuando era enfermera en Moldavia, así que decidí quedarme por más tiempo y ahorrar más. Sabía que me convertiría en una inmigrante ilegal, pero hasta ese momento, no podía ver posibilidad alguna de supervivencia en casa. Tampoco lo veo ahora, luego de 13 años”, concluye Ana con una sonrisa triste.

Este desalentador panorama, ampliamente compartido entre emigrantes moldavos, tiene repercusiones en las políticas electorales de su país. De acuerdo a Denis Cenusa, investigador de ciencias políticas en la Universidad Justus-Liebig en Giessen, Alemania, “la emigración está envejeciendo tanto a la fuerza laboral como al grupo de votantes. Como consecuencia, las elecciones políticas y el comportamiento electoral de los votantes más viejos muestran más reticencia a puntos de vista y políticos progresistas. Además, el aumento en la emigración de los jóvenes afecta el activismo político de la población joven restante, que concentra sus esfuerzos en buscar oportunidades en el extranjero antes que mejorar la situación en casa, a través de mayor activismo cívico o político o participación”.

Vadim Pistrinciuc, experto en política pública del Instituto de Iniciativas Estratégicas, concuerda en que “el hecho de que muchos jóvenes migran y que los moldavos en el extranjero se conforman de gente activa y trabajadora, produce un déficit de votos por partidos que se comprometen con los valores europeos, con el rechazo a la corrupción y con políticas económicas comprometedoras. De este modo, los partidos recién surgidos sufren más para que la sociedad tome en cuenta sus ideas. Sería mucho más fácil para los políticos jóvenes y los partidos que sus ideas fueran escuchadas y votadas si más jóvenes permanecieran en el país… El populismo social de izquierda se vende más fácil a la población más vieja que ‘permanece'”, explicó Pistrinciuc, quien hasta 2019 también fue un parlamentario del Partido Liberal Democrático.

Sin embargo, algunos jóvenes decidieron quedarse, o incluso volver, para luchar por una Moldavia con mejores expectativas. Dorin Frăsâneanu de 26 años es uno de ellos.

“Cuando me fui, no quería volver. Pero, a tiempo aprendí a nunca decir nunca”, comienza Frăsâneanu, que primero dejó Moldavia hace diez años para irse a estudiar al Reino Unido con una beca HMC (Conferencia de Directores y Directoras de Escuela), antes de estudiar en Francia y Rusia. Sus viajes le permitieron contactarse con miembros de los emigrantes de Moldavia, específicamente en Rusia e Israel. “Escuché muchas historias terribles”, recuerda Dorin, quien en la Navidad de 2018 decidió que quería hacer algo para cambiarlas. Al final, Frăsâneanu volvió rápidamente a Moldavia para presentarse como candidato de la alianza de oposición proeuropeo (ACUM) en las elecciones parlamentarias de febrero de 2019. Dorin postuló en la circunscripción electoral 51 en representación de a ciudadanos que viven en países situados al este de Moldavia (el Parlamento del país incluye tres puestos que están reservados para ciudadanos en el extranjeros). Al final, obtuvo un 27,15 % de los votos, y quedó en segundo lugar por detrás de Gheorghii Para, candidato del prorruso Partido Socialista (PSRM).

Desgarrado por el sentimiento de haber decepcionado a sus constituyentes al no ganar la elección, Dorin no se arrepiente de haber luchado en su nombre. La experiencia simplemente lo hizo sentirse más curioso por volver a Moldavia un día, con el fin de trabajar en el servicio público. Dice que solo sería precavido con las circunstancias.

Las circunstancias cambiaron poco después de esa elección, cuando los partidos ACUM y PSRM inesperadamente se aliaron para expulsar al poco popular Partido Democrático de Moldavia (DPM) que se encontraba en el poder. Este último formó una coalición gobernadora bajo el poder de Maia Sandu, quien declaró como primer ministra que el mayor desafío de Moldavia era que la “gente no cree en este país y se va”. En este sentido, el gobierno de Sandu intentó atraer a ciudadanos del extranjero diáspora al servicio público de Moldavia. En noviembre de 2019, el gobierno proeuropeo liderado por Maia Sandu fue desestimado en una moción de no confianza iniciada por el PSRM al fallar en implementar una reforma judicial. El gobierno actual, formado mayoritariamente por exasesores del presidente Igor Dodon, está preparándose para su intento de reelección el 2020. Tal como lo hizo en las elecciones presidenciales de 2016, Dodon posiblemente se enfrentará a Maia Sandu que quedó en segundo lugar con un 47,82 % de los votos, pero con una notoria mayoría entre los moldavos en el extranjero, sin incluir a Rusia.

“Los moldavos en el extranjero podrían entregar los votos decisivos en las elecciones presidenciales de 2020. Este grupo de electores es más importante para la oposición que para el oficialismo, que utiliza inversión pública para persuadir a los votantes en casa”, explica Cenusa. “Para las elecciones presidenciales de 2020, el oficialismo puede tratar de estimular la actividad política entre los migrantes moldavos trabajadores en Rusia para contrarrestar los votos entregados por los emigrantes en Occidente”, detalla.

Aún hay que ver si estas propuestas a los moldavos en el extranjero rendirán frutos. Pero lo que sí es seguro, es que solo tendrán más importancia si la tendencia de emigración joven del país continúa.

En virtud de lo anterior, Pistrinciuc destaca que la juventud aún posee un rol fundamental en la política de Moldavia, donde quiera que se encuentre. “Son los que llaman a las puertas; son muy visibles en internet, especialmente en redes sociales y en los nuevos medios, donde causan revuelo. También envían mensajes a sus padres y abuelos para que vayan a votar, lo que fue bastante visible en las elecciones recientes cuando partidos o candidatos proeuropeos ganaron regiones o localidades importantes que nadie esperaba… El Parlamento de hoy en día es mucho más joven que el anterior, lo que demuestra que los votantes quieren que la juventud forme parte del proceso político. Quieren algo nuevo”, concluye.

“La gente se cansó de la situación política”, resume Dorin. “El constante aplazamiento de las reformas dificulta el que la gente confíe en los políticos. Hubo un momento de optimismo [en 2019] cuando el gobierno del oligarca [Vlad] Plahotniuc fue reemplazado, pero luego… lo que pasó después fue decepcionante. Elijo mantenerme optimista. Creo”, añade con una sonrisa enigmática.

Por el contrario, Ana está reacia a hablar mucho de política. A pesar de que nunca ha conocido a Dorin y sus trayectorias de vida no podían haber sido más diferentes, comparte sus preocupaciones. “Sigo las noticias, pero, para ser honesta, me importa mucho menos que antes. [Los políticos] hacen lo que quieren allá. Me gustaría volver algún día a Moldavia, extraño demasiado mi casa, pero no quiero que mis hijos crezcan en un país corrupto que no se preocupa de su gente”, declara.

Revisa la cobertura especial de la crisis política de Moldavia en Global Voices

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