COVID-19 revela deficiencias de los servicios para los adultos mayores de Azerbaiyán

En virtud de las estrictas normas de cuarentena del país, a los mayores de 65 años no se les permite salir de casa. Ilustración (c): Leyla Ali for Chai Khana. Utilizada con autorización.

El siguiente artículo es una historia de Chai-Khana.org y se reproduce en Global Voices bajo un acuerdo de colaboración. El texto es de Aytan Farhadova

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Sanuber Alakbarova, de 95 años, debería poder sentarse en el jardín y disfrutar del clima primaveral en Sumgayit, ciudad costera no muy lejos de Bakú, la capital del Azerbaiyán. Debería estar rodeada de sus hijos, que iban a visitarla y a hacerle compañía.

En cambio, Sanuber está confinada en el sofá frente a la puerta ya que su familia teme que pueda infectarse con el virus.

Azerbaiyán ha tomado algunas de las medidas más estrictas del sur del Cáucaso mientras su Gobierno intenta desacelerar la propagación de virus que ha infectado ya más de 1500 personas en el país. Bajo las nuevas restricciones, ningún mayor de 65 años podía salir de casa hasta el 20 de abril. Todos los demás necesitan permiso de la Policía para salir y eso se debe limitar a un grupo especial de trabajos o a una emergencia.

Ahora, la nuera de Sanuber la cuida lo mejor que puede, limita sus contactos con el mundo exterior y se lava frecuentemente las manos. Su nieto, a quien se permite salir de casa para trabajar, no puede pasar el tiempo con su abuela, por miedo a que le pase el virus.

“Dijimos a todos nuestros parientes que no nos visitaran. Mi suegra está mayor, y no hay esperanza de que se salve si contrae el virus. A menudo le lavamos las manos con alcohol. Ya que es una casa con patio, cuando hace calor se sienta en el sofá frente la puerta y sigue así. Tampoco nosotros podemos salir de la casa”, dice su nuera Chimnaz Alakbarova.

“Controlo todo. En el trabajo a mi hijo dieron una mascarilla. Compré guantes desechables para él y le dije que se los cambiara cada hora. También le prohibí ver a su abuela. Ella sabe que hacemos todo esto para evitar que se enferme”.

Las estrictas medidas recibieron algunos elogios mientras los Gobiernos se esfuerzan por contener el virus.

“Es loable que el Gobierno de Azerbaiyán haya respondido a la crisis de la pandemia de manera oportuna con un modelo de aislamiento social para proteger la población de la rápida propagación del virus y, en este caso, se prestó especial atención a la población de edad avanzada, que es más susceptible de contraer el COVID-19″, dice Farid Babayev, jefe de la oficina nacional de Azerbaiyán de la UNFPA (Fondo de Naciones Unidas para Actividades en Materia de Población).

Pero los críticos señalan que el sistema azerbaiyano se puso en marcha sin preocuparse demasiado en cómo afectaría a los mayores, que constituyen el 6.8 % de la población. Para quienes viven solos, con las nuevas restricciones les es imposible hacer cualquier cosa, ni siquiera cobrar sus pensiones o comprar alimentos.

El número 142, centro de atención del Ministerio del Trabajo y de Protección Social de la Población ayuda ahora a los ciudadanos de más de 65 años. Pero los ciudadanos afectados dicen que tienen que pagar por los servicios que reciben y no va a ser posible sin sus pensiones.

Al 2 de abril, el centro de atención había recibido 27 486 solicitudes de las cuales 5278 estaban relacionadas con la prestación de servicios sociales.

El 26 de marzo, Fazil Talibov, jefe del departamento de relaciones públicas y comunicaciones del Ministerio, escribió en Facebook que en algunos casos los ciudadanos llamaban al 142 para pedir ayuda alimentaria o servicio de taxi gratuito. “Los servicios sociales no incluyen ayuda alimentaria, incluyen asistencia en las tareas domésticas, compra de artículos de primera necesidad, medicamentos, pagos de servicios públicos etc… a sus expensas”, destaca.

El economista Togrul Valiyev dice que los problemas con el sistema demuestra que la situación tomó por sorpresa al Gobierno, que se apresuró en la aplicación de las medidas sin pensar a las consecuencias. “Si se establece como norma que los mayores de 65 años no pueden salir, entonces debería haber pensado por medio de la política. Por ejemplo, el Gobierno pensó que podía pagar las pensiones y eso es todo”, dice.

“Pero ahora, ¿cómo resolver el problema de retirar las pensiones de los cajeros automáticos si la gente no puede salir? Las autoridades dicen que se puede pedir a un pariente o a un trabajador social que retire el dinero con su tarjeta. En realidad esto va contra la ley ya que no puedes proporcionar tu clave a un extraño, ¿cómo controlas cuánto dinero retiran? […] Incluso los servicios sociales disponibles no trabajan tan eficazmente”, sigue el economista.

En respuesta, han empezado a surgir esfuerzos comunitarios en Bakú y en otros lugares.

Un grupo de voluntarios creó el Fundo de Ayuda Qaranqus para ayudar a las personas durante la cuarentena. Los miembros y los voluntarios trabajan con tiendas para proporcionar a los ancianos –y a quien los necesita– alimentos y artículos de primera necesidad. Inicialmente, la idea era hacer compras y luego entregarles los suministros a las personas en sus casas.

“Hemos analizado con el equipo cómo minimizar los contactos humanos mientras se proporciona a la gente comida, suministros de limpieza y otras necesidades esenciales. Hablamos con Bizim Market, cadena de supermercados en Bakú, establecimos un sistema de tarjetas y empezamos a transferir las donaciones a las tarjetas bono del supermercado… Hasta ahora hemos distribuido 45 tarjetas a las personas necesitadas”, explica Vahid Aliyev, miembro del grupo de la iniciativa.

El economista Nijat Garayev advierte que las soluciones ideadas para cada caso no bastarán para ayudar a la gente necesitada durante la cuarentena. “Las campañas de asistencia y apoyo al comercio (distribución de alimentos, etc…) de diversos organismos gubernamentales o sus afiliados (organismos, iniciativas, jóvenes financiados por el gobierno y acciones deliberadas, etc…) no son estratégicas ni sostenibles”, dice.

Garayev señala que el Gobierno enfrenta ahora un doble desafío ya que no está preparando para el virus y el precio internacional del petroleo se ha reducido drásticamente. Sin embargo añade que algunas tradiciones azerbaiyanas sobre los ancianos alivian la presión sobre el estado:

“El hecho de que la mayoría de los ancianos esté en casa y de que haya un fuerte apoyo por parte de la familia hace que el trabajo del Gobierno sea más sencillo. Esto significa que no tienen que lidiar con cientos de miles de ancianos que necesitan dinero y cuidado”, dice Garayev. “Por otra parte, hoy en día, hay muchas familias que están en casa, sin empleo y con los ingresos completamente bloqueados. Es probable que haya miles de familias que necesiten pensiones de vejez, especialmente en las zonas urbanas”.

Según Garayev, la única solución sostenible es una asistencia más proactiva del Gobierno. “Sería bueno que crearan una estructura centralizada de gestión de crisis, una estructura de defensa social. Están intentado hacerlo pero no parece ser un esfuerzo estratégico. Como resultado, no pueden lograr el nivel necesario de aislamiento social [para frenar la propagación del virus]”.

Por el momento, los ancianos que viven solos en Azerbaiyán han intentado arreglárselas lo mejor posible.

Mavsukha Nasirova, de 81 años de Bakú, dice que todavía no ha recibido ninguna asistencia, pero está intentando sobrevivir con la ayuda de sus vecinos.

“Mi hijo murió joven. Estoy sola desde entonces. Llamé el Ministerio una vez. Me dijeron “si puedes pagar, iremos a la tienda y compraremos cosas [para ti]”, recuerda. “Pero dije ‘si tuviera el dinero, pediría a mi vecino que lo comprara'”, dice Mavsukha.

Mavsukha sufre de hipertensión y diabetes por lo que su mayor problema es que, debido a la cuarentena, no puede ir a la clínica local para recibir medicación gratuita. Finalmente decidió pedir a un vecino que fuera la clínica por su medicación.

“Necesito medicina; el resto depende de quien la dé. Cuando no hubo cuarentena, fui a la clínica, donde me pusieron las inyecciones gratuitamente”, explica Mavsukha.

“Pero pedir medicinas a domicilio cuesta dinero. Recibo una pensión de 230 manat (135 dolares estadounidenses)”…Pero aún no he muerto de hambre: probablemente sobreviviré”.

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