“Hay personas que evitan acercarse, piensan que estamos contaminados”, dice enterrador de periferia de São Paulo

Cementerio de Vila Formosa, el mayor de São Paulo | Imagen: Léu Britto/Agência Mural

Este texto es de Lucas Veloso. Se publica aquí a través de una asociación para compartir contenido entre Global Voices y Agência Mural.

Tumbas abiertas, féretros y lágrimas de familiares forman parte de la rutina de trabajo de James Alan Gomes, vecino de Cidade Tiradentes, al este de São Paulo. Es uno de los más de 400 sepultureros que trabajan en los cementerios públicos municipales de la capital del estado.

James trabaja como enterrador en São Paulo desde hace más de cinco años, oficio en el que el prejuicio es una marca característica. “Hay gente que lo valoriza hoy, al ver que nuestro trabajo aumentó, pero hay otros que evitan acercarse porque creen que estamos contaminados”, dice sobre el aumento de los entierros por COVID-19.

En la mayor ciudad brasileña, la pandemia del nuevo coronavírus había cobrado la vida de 6454 personas hasta el 21 de junio, y aún se investiga si otras 5081 muertes fueron causadas por la enfermedad, con lo que la cifra aumentaría a más de 11 000. Actualmente, Brasil es el segundo país con más muertes por la pandemia, con un total de 43 000.

Los números impactan directamente en la vida de quien trabaja con la muerte todos los días, como los sepultureros. En Vila Nova Cachoeirinha, zona norte de São Paulo, Geraldo* dice que siempre sufrió prejuicios por trabajar en cementerios, pero que la situación empeoró con la pandemia. “Siempre tuve diversos comentarios, pero ahora es más”, cuenta.

Además del prejuicio, la cantidad de trabajo también ha sido un desafío extra. “La rutina está difícil por el aumento de entierros, se vuelve más agotador para nosotros”, comenta James. “Siempre tuvimos una rutina agitada, pero aumentó con el COVID-19”.

El trabajo en Vila Formosa se ha intensificado desde el comienzo de la pandemia | Imagen: Mural Léu Britto/Agência

El agente sepulturero trabaja en el mayor cementerio de América Latina, Vila Formosa, en el este de la ciudad. Por cuenta del aumento en la demanda, se cavaron 8.00 nuevas zanjas en el lugar desde el 19 de abril (la prefectura implantó 5000 sepulturas más que los demás cementerios públicos).

Según la prefectura, solamente en el cementerio de Vila Nova Cachoeirinha se cavaron cerca de 2000 zanjas y en São Luís, en la zona sur, cerca de 3000. Otra modificación fue la capacidad de entierros, que se amplió a 400 por día. De acuerdo con el promedio histórico son 240 entierros por día en verano y 300 en invierno.

James también siente el prejuicio de las familias que perdieron seres queridos en ese momento. Muchos lamentan la falta de cuidado de los familiares con la enfermedad. “Aquí oigo de muchas [familias] que murieron porque no tomaron en serio la pandemia”, cuenta.

Recuerda que el día más triste fue cuando identificó a un padre que había enterrado a su hija de nueve meses, y dos semanas después volvió para enterrar a su esposa. Ambas muertes fueron por COVID-19.

Además de todo, los riesgos de su trabajo generan mucho recelo. “Por más que usamos equipos de protección individual, por un descuido nos podemos contaminar”, dijo.

La tía del trabajador independiente Ronaldo Cavalcante, de 43 años, habitante de Jardim Real, en Grajaú, en la zona sur de São Paulo, fue una de miles de víctimas del nuevo coronavírus en Brasil. A los 81 años, murió tras 11 días después de los primeros síntomas de la enfermedad.

El diagnóstico tardó en aparecer, según el sobrino. “Era anciana y tenía problemas de salud. Se sintió mal y fue al hospital. Ahí vieron nada diferente y regresó a su casa. Después empeoró y fue a otro hospital, ahí vieron que estaba contagiada”, recuerda.

El momento de luto fue más doloroso con las medidas de protección para entierros. “La persona quedó sin poder recibir visitas. Después, todo eso es difícil para la familia”, sostiene.

Llevar un ataúd es una de las partes más cuidadosas del proceso, según los enterradores | Imagen: Mural Léu Britto/Agência

En la ciudad de São Paulo, los servicios funerarios pasaron a tener una serie de medidas adoptadas para evitar el contagio. El acceso las salas de velorio quedó limitado a un máximo de 10 personas. La A duración del proceso se limita a una hora, para evitar aglomeraciones.

Desde el 30 de marzo, a las víctimas confirmadas o sospechosas de COVID-19 se les envuelve en un saco plástico impermeable, que se coloca en el hospital, con el objetivo de dar mayor seguridad a los enterradores, choferes y demás trabajadores que puedan tener acceso a los cuerpos.

Triste por la muerte de su tía, Ronaldo dice que la gente es escéptica con la gravedad de la enfermedad. “Esto es bien serio. Ahora, por ejemplo, vamos a tener que hacer pruebas al resto de la familia para ver si no se contagió alguien”.

La epidemia obligó a la prefectura a aumentar la cantidad de profesionales que trabajan por la emergencia. En la primera semana de abril, 220 personas pasaron a trabajar en cementerios.

Según el Sindicato de Trabajadores Municipales de São Paulo (Sindesp), la ciudad tenía menos sepultureros de los necesarios. Eran cerca de 200, cuando en realidad se necesitaban como mínimo, 350. Con la pandemia, el número se superó con contratistas.

Homenaje a un familiar en Jardim São Luís (Léu Britto/Agência Mural)

En São Paulo, para trabajar como sepulturero es necesario presentarse a un concurso público, y tener al menos educación primaria completa. El salario inicial varía ente 775 a 1100 reales (entre 145 y 206 dólares), y puede llegar hasta los 1500 reales (cerca 280 dólares) por una jornada de ocho horas. Cuentan que hay días en que trabajan más horas por la demanda.

Con la pandemia, Manoel Noberto Pereira, director del sindicato, dice que la principal demanda del gremio es la supervivencia ante un vírus amenazante.

Equipos de seguridad, como delantales, guantes y máscaras son esenciales. “Nuestra mayor preocupación es con los equipos de seguridad para poder prestar el servicio a la población”, comentó.

Para él, la situación en otros países de América del Sul hizo que São Paulo tratara el caso como una urgencia. En Ecuador, en abril, decenas de cadáveres de pacientes de COVID-19 regados por las calles dieron la vuelta al mundo. Guayaquil, la ciudad más afectada, recibió cajas de cartón para intentar responder al aumento de la demanda provocada por la pandemia.

Manoel dice que la movilización de los sindicatos fue importante para que las autoridades entregaran los equipos a los trabajadores para que realizaran sus labores, a pesar de los estigmas. “El prejuicio hacia nosotros es antiguo, pero regresó con más fuerza con el oscurantismo y la falta de información a la población sobre nuestro trabajo”, define.

*Se cambió el nombre a pedido del entrevistado. 

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