Delirium, depresión y estrés postraumático: es tiempo de cuidar nuestra salud mental posCOVID-19

Crédito de la foto: Oscar Navarrete, utilizada con permiso.

Los seres humanos usualmente banalizamos nuestra salud mental y emocional de nuestro cuerpo. A modo de broma, hacemos comentarios como “ya estoy quedando loca/o” o “tengo memoria de pescado”; quizá sea un mecanismo de defensa ante la preocupación de un trasfondo real, una forma de escapar de algún deterioro cognitivo que estemos atravesando, o bien, simple ignorancia. Cualquiera de las tres situaciones es válida, ya que todas las personas actuamos, procesamos, interpretamos y sentimos de forma singular. Sin embargo, conversemos acerca del efecto COVID-19 sobre la salud mental de las personas y cómo ésta enfermedad potencialmente causaría un deterioro en las funciones cognitivas de los pacientes que la sobrevivan. Ese daño podría ser irreversible si no lo abordamos de forma correcta.

Posicionémonos en un país como Nicaragua, de donde soy, donde no hay ningún plan de acción en pro de la salud mental, es más, ni siquiera hay una legislación específica para el cuidado de la misma, siendo un país cuya historia se ha escrito entre conflictos sociopolíticos y desastres naturales. Como estudiante de medicina, pude ver y vivir desde adentro que el sistema de salud de mi país es uno con muchas carencias, el estado es negligente y no invierte lo suficiente en algo sumamente importante como es la salud. Por lo tanto el panorama para la sociedad nicaragüense es muy complicado cuando hablamos de una recuperación integral de las personas que hayan sobrevivido al COVID-19.

Después de haber conversado con alguien que sufrió experiencias traumáticas relacionadas a la falta de respiración y de haber leído un artículo de “The Atlantic” sobre el trastorno de delirium y su relación con el coronavirus, llegué a la conclusión que es necesario hablar sobre salud mental y como los trastornos mentales podrían exacerbarse en personas sobrevivientes de COVID-19.

Delirio o síndrome confusional

No podemos hablar de COVID-19 sin tomar en cuenta el Síndrome de distrés respiratorio agudo (SDRA), que consiste en una lesión grave en los pulmones y un grado alto de disminución de la presión parcial de oxígeno en las arterias (hipoxemia); este síndrome comúnmente requiere soporte agresivo como ventilación mecánica y por lo tanto, una terapia intensiva para poder estabilizar a los pacientes. Según investigadores, la hipoxemia, que caracteriza al SDRA, puede causar delirium, mejor llamado “síndrome confusional”, en los pacientes en unidad de cuidados intensivos (UCI).

En este estado, pacientes pueden pasar por una alteración de la consciencia y un cambio de las cogniciones que se desarrollan a lo largo de un breve periodo de tiempo, según el manual psiquiátrico de los investigadores Juan Lopez-Ibor Aliño y Manuel Valdés Miyar.

Si leemos el artículo de The Atlantic, encontramos relatos de personas sobrevivientes de COVID-19 que narran situaciones de horror, como que te amputen brazos y piernas, o estar en tu propio funeral. Desde hace muchos años, científicos expertos han estudiado acerca de la relación directa del SDRA con la generación de un estado de delirio en personas que están en UCI, pero resulta más impactante otra situación que han demostrado: a través del tiempo las personas sobrevivientes a este episodio desarrollan deterioro cognitivo en funciones que suelen pasar por desapercibido, como memoria, atención, concentración, velocidad de procesamiento o función ejecutiva de nuestro cerebro, según demostraron Hopkins y colaboradores.

Ansiedad y depresión

Ahora conversemos acerca de dos padecimientos que muchísimas personas sufren y de los que muy pocos estamos concientizados, ansiedad y depresión. Según la psicóloga nicaragüense Junieth Cruz, es muy probable que la mayoría de personas, al menos una vez en nuestras vidas, hemos atravesado un episodio de ansiedad, lo que sucede es que no tenemos la educación en salud suficiente para identificar estos síntomas.

Según estudios relacionados a la sobrevivencia a UCI, se ha demostrado que muchas personas, luego de la alta médica, desarrollan problemas psicológicos como pesadillas, ataques de pánico, agorafobia, ansiedad y depresión. Además, la presencia de la caracterización de algo conocido como estrés postraumático (EPT), experimentando situaciones como hipervigilancia, reviviscencia  del hecho traumático y evasión.

Al alta, los síntomas de depresión parecen mejorar en el transcurso del primer año, la ansiedad persiste más allá de un año, pero el EPT persiste en el tiempo según un estudio de Myhren y colaboradores. Por otra parte, Rothenhäusler H. y colaboradores demostraron que las afectaciones y deterioro cognitivo podrían observarse aun 6 años después del alta médica y que solo el 46% de las personas podrían reincorporarse a sus actividades previas.

Si nos referimos a la crisis de salud pública causada por el COVID-19, siendo realistas, ¿a cuantas personas sobrevivientes se les atenderá en materia de salud mental?, ¿el ministerio de salud hará algo para paliar la crisis de salud mental que le sigue a la pandemia?, esas solo son 2 de las tantas preguntas que nos podrían hacer reflexionar, no solo en Nicaragua pero en muchos otros países del mundo.

En conclusión, usualmente cometemos el error de concebir la salud como la ausencia de un malestar físico, sin darnos cuenta que para estar bien se debe considerar  el equilibrio entre salud mental y física. La satanización del auto-cuido o el tabú en torno a expresar los malestares psicológicos es algo que deberíamos batallar para evitar un colapso de los pacientes psicológicos y psiquiátricos, tomando en cuenta el impacto psicológico que va a generar la pandemia del COVID-19 a mediano y largo plazo, y deberíamos plantearnos apartar el ego en torno a la salud mental y empezar a aceptar la necesidad de ayuda.

Ahora más que nunca, debemos traer a colación este tipo de discusiones en torno a la concepción del bienestar integral de cada uno y romper los planteamientos arcaicos o desfasados de que “yo no voy al psicólogo porque no estoy loco”.

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