Como salvadoreña, veía a Estados Unidos como sinónimo de seguridad. Ahora, eso se desmorona

Ilustración de Pamela Chávez, de su corto animado Caracol Cruzando, usada con permiso.

Este artículo se publicó originalmente en Central American News.

Cuando tenía 12 años, mi mejor amiga, cuyo padre trabajaba en la Embajada de Estados Unidos en El Salvador, volvió a Washington D.C. Manteníamos contacto esporádico cuando éramos adolescentes y, en una ocasión, hablamos por mensaje de texto sobre la inmigración.

Por ser estadounidense, ella veía la inmigración como un asunto de seguridad nacional. En cambio, desde mi mirada de niña de la era posterior al conflicto de El Salvador, que fue objeto de una disputa de poder durante la Guerra Fría, la inmigración a Estados Unidos siempre había sido un asunto de derechos humanos. Mis familiares recibieron condición de refugiados, ciudadanías, permisos de trabajo y Estatus de Protección Temporal (TPS).

En esencia, desde mi perspectiva, inmigrar a Estados Unidos era una promesa de seguridad. Eso buscaba cuando llegué en 2019 con una visa de estudiante. Sin embargo, mi perspectiva fue cambiando desde entonces.

La raíz de mi cuestionamiento brota de la desesperación que me abruma de vez en cuando por ser una inmigrante en Estados Unidos. Es algo silencioso de lo que casi no hablo. Este sentimiento se acentuó con las incesantes restricciones de viaje y los cambios temperamentales del sistema migratorio de Estados Unidos, y con la forma en que estas políticas ahora interactúan con las fronteras cerradas de varios países debido a la pandemia de COVID-19.

En Estados Unidos, la Oficina de Inmigración y Aduanas anunció, y luego revocó, que los estudiantes extranjeros debían abandonar el país si no asistían a clases presenciales. A mediados de julio, la Corte Suprema ordenó al Gobierno empezar a aceptar la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA). La impresión de permisos de trabajo quedó demorada, y eso puso a los residentes permanentes en riesgo de ser deportados. Los turistas varados en Estados Unidos debido al cierre de fronteras de sus países corren el riesgo de que expiren sus visas antes de que puedan volver. Tanto o más alarmantes son los informes que señalan que los Servicios de Inmigración y Ciudadanía estadounidenses (USCIS) necesitan un rescate de 1200 millones de dólares del Gobierno para no dejar cesantes a 13 400 empleados. Y aún no hablé de todas las políticas que apuntan a frenar a los refugiados y a deportar indocumentados.

El Salvador, mi país natal, tiene los aeropuertos cerrados desde que se anunció la cuarentena en marzo. La situación se vuelve difícil para quienes estamos varados en Estados Unidos. Avianca es la única aerolínea que provee vuelos de repatriación, pero ofreció apenas dos vuelos en julio. Solo para entrar en la lista del Gobierno de ciudadanos autorizados a reingresar a El Salvador debemos llamar al consulado, esperar meses y pagar el boleto cuando nos den asiento en los pocos vuelos que salen de Estados Unidos.

Percibo la tensión, el gobierno de Trump obliga a la gente a salir aún cuando no tiene la posibilidad de llevar a cabo los procedimientos, y mientras tanto, por todas las normas para regular la vida de los inmigrantes, muchos estamos varados sin capacidad de sustentarnos.

Por ejemplo, se podría decir que mi visa de estudiante F1 asegura la sensación de seguridad por mi identidad queer y la oportunidad de acceso a la educación. Sin embargo, esta visa expira antes de la apertura del aeropuerto de El Salvador. Luego de examinar e interpretar la página web del USCIS, llené un formulario para cambiar mi estatus a una visa de visitante. A pesar de que me confirmaron que podría permanecer legalmente en el país mientras se lleva a cabo el trámite, no tendré noticias del estado de la solicitud en menos de dos meses y medio y hasta cuatro meses, o tal vez más, y sin tener la posibilidad de trabajar o estudiar. En consecuencia, mi familia ha tenido que sacar dinero de donde sea para ayudarme.

No son situaciones nuevas. Siempre se ha visto a los inmigrantes como problemas sin solución, cuyas vidas penden de un hilo de incertidumbre. Creo que no fue hasta que el ICE tuvo que revaluar la permanencia de los estudiantes extranjeros en el país que muchos ciudadanos estadounidenses tomaron consciencia del acoso del sistema de inmigraciones de Estados Unidos.

Y si bien me encantaría hablar de la crueldad con que el gobierno de Trump juega con las leyes migratorias en el contexto de pandemia, la realidad es que el sistema ya era brutal desde antes. Las leyes migratorias pueden cambiar cuando estás en proceso de ingresar, cuando ya vives en el país o cuando tu visa está próxima a vencer. Todo ese poder nos mantiene en un limbo. La pandemia de COVID-19 solo magnificó la situación.

Este tema está presente en las conversaciones entre inmigrantes, en voz baja por temor a parecer desagradecidos. Se habla durante la cena, con los servicios internacionales universitarios, y a veces, con nuestros amigos estadounidenses que no entienden el argot del sistema de inmigraciones. Finalmente, estas conversaciones fueron adoptando otro tono: Empezaron a reflejar que Estados Unidos no nos quería aquí y lo mucho que eso afectaba nuestras decisiones y nuestra psiquis.

He llegado a observar que, no importa qué clase de inmigrante seas, el sistema de inmigración estadounidense altera fácilmente tu sentido de esperanza, de oportunidad y de seguridad. A pesar de ya haber aprendido a manejar el estrés que conllevan las limitaciones de ser inmigrante, aún me conmociona enfrentar nuevos obstáculos, como tener que pasar meses sin empleo y sin respaldo financiera mientras espero la llegada de un documento. Aún más insoportable es la soledad de este limbo: no es solo el limbo donde los planes de todos se ven truncados, sino el limbo donde el Gobierno bajo el cual te encuentras tiene todo el poder sobre ti y lo ejerce arbitrariamente.

Una reflexión final: cuando mi familia se fue de El Salvador en calidad de refugiados de la guerra, y mi escuela salvadoreña promovía las universidades de Estados Unidos, una vida a largo plazo en el norte parecía una opción viable, aunque no fuese permanente. Nunca preví que la ejecución de la perspectiva de Trump me causaría semejante cambio de paradigma. Desde mi perspectiva, la presión del gobierno de Trump pone totalmente en duda la opinión tan arraigada de que Estados Unidos es un país de seguridad y oportunidades. Ahora cuestiono si hay un lugar para mí en este país. Definitivamente, las leyes y normas, y los cambios caprichosos me hacen sentir que no.

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