Gobierno de Venezuela estigmatiza y culpa a migrantes que regresan por propagación del COVID-19

Migrantes venezolanos en Colombia esperan un bus humanitario para volves a casa. Foto: Joshua Collins, usada con autorización.

Cuando la pandemia empezó en marzo de 2020, Deisi había estado viviendo cuatro meses en Ecuador. Llegó con su esposo y cien dólares en el bolsillo, y pronto encontró empleo como vendedora de jugo en la calle. Su esposo trabajó como plomero y ambas remuneraciones les permitieron rentar una habitación en un sector pobre el sur de Quito. Pero tres semanas después de que se detectó el primer caso de COVID-19 en Ecuador, el país se convirtió en el epicentro de pandemia en América Latina. Las comunidades de migrantes se vieron particularmente afectadas cuando las medidas de confinamiento restringieron su capacidad de mantenerse y a sus familias en casa. En entrevista telefónica con Global Voices, Deisi dijo:

Nos sacaron de la habitación después de quitarnos el internet y el agua. Nos quedamos en la calle y tuvimos que pedir dinero para buscar comida, y con el miedo del virus que estaba por todos lados. Solo queremos ir a casa, porque cualquier cosa que nos pase nuestros hijos se quedan solos. En Venezuela tenemos familia que los puede cuidar. Pero ahora no podemos ir a nuestro propio país

La crisis de refugiados venezolanos, que empezó en 2016, se volvió la mayor en la historia moderna, solamente superada por Siria. Los venezolanos huyeron de lo que se conoce como una compleja emergencia humanitaria a otros países en la región, la mayoría de los cuales ya enfrentaban profundas crisis sociales, económicas y políticas. Esto ha dejado a los migrantes venezolanos en todo el continente particularmente vulnerables ante la pandemia pues dependen de empleos informales, no tienen ahorros ni redes sociales y están expuestos a la xenofobia. Tampoco pueden o no tienen capacidad de acceder a sistemas de salud pública por su condición migratoria.

Con más de 221 000 refugiados y migrantes venezolanos aún en Ecuador, 400 000 en Chile, 1,4 millones en Colombia, 800 000 en Perú y más de 213 000 en Brasil, Deisi no es la única migrante venezolana que no puede regresar a casa durante la pandemia.

En Venezuela, el régimen del presidente Nicolás Maduro declaró oficialmente la guerra contra los migrantes, los culpó por la propagación del virus en Venezuela. En una de sus transmisiones nacionales obligatorias el 17 de julio, dijo:

Por ahí se nos han metido, por las trochas, venezolanos irresponsables y inescrupulosos; connacionales que llegan de Colombia y de Brasil, y que han contaminado a sus familias y comunidades (…) No puede ser que vengan del exterior a echarle una broma a su propia familia, a su proprio pueblo, eso no lo podemos aceptar.

“Bioterroristas” y “bioarmas”

Desde el inicio de la pandemia, el Gobierno venezolano se he centrado en dos narrativas: “Venezuela está equipada para manejar la pandemia” –a pesar de una compleja emergencia humanitaria que ha dejado al país con un sistema de salud quebrado, poco acceso a servicios básicos e inseguridad alimentaria– y que el “virus lo están propagando venezolanos que legaron del extranjero”.

Aunque la “xenofobia” es la palabra que se usa para describir el rechazo de personas en otros países, no hay palabra para el rechazo de ciudadanos que entran a su propio país.

Maduro ha llegado a decir que el Gobierno de Colombia está infectando a propósito con COVID-19 a los a los migrantes que regresan para aumentar la curva de infección en Venezuela. Lo llamó el ““virus colombiano”.

¡Que nadie baje la guardia! Estamos dando una batalla intensa y dura contra el coronavirus, estoy seguro de que más temprano que tarde ganaremos con la conciencia y el apoyo permanente de nuestro amado y querido pueblo. ¡Sí se puede, Venezuela!

ONG, periodistas y organizaciones internacionales han criticado esta nueva narrativa que estigmatiza, que se refiere a migrantes que regresan como “bioarmas” y “bioterroristas”.

En julio, la vicepresidenta Delcy Rodriguez ordenó que los migrantes que entren al país por caminos “ilegales” queden detenidos en El Dorado, una de las prisiones más violentas y sobrepobladas de Venezuela.

Como más de 90 000 migrantes han regresado, sectores de la sociedad han repetido la narrativa del Gobierno, con las mismas etiquetas, como #trocheros, y promovido la idea de que los migrantes venezolanos que han regresado son delincuentes peligrosos y extranjeros indeseables que deben ser castigados por enfermarse y volver a casa.

Este tuit, de la cuenta oficial del Comando Estratégico Operacional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, pide a los venezolanos que denuncien a los migrantes venezolanos que han regresado. El tuit ya ha sido eliminado.

La periodista Luz Mely Reyes, directora del medio Efecto Cocuyo y el recién lanzado medio digital Venezuela Migrante, publicó  una guía para referirse a los migrantes de manera más segura:

En junio, la criminalización del Gobierno a los migrantes que han regresado fue abiertamente rechazada por la Asamblea Nacional de Venezuela, liderada por la oposición. los controles sanitarios en las fronteras para que se haga pruebas a quienes regresan en vez de recluirlos en refugios. El 19 de julio, Maduro dijo que “…si alguien se ofendió por alguna expresión que se dijo, solicitamos disculpas”.

Desde inicios de junio, solamente se autoriza que 300 venezolanos pasen por la frontera al día, una reducción of 80 % al regreso de ciudadanos venezolanos a su país. Una vez dentro de Venezuela, estos migrantes enfrentan una cuarentena obligatoria en refugios gestionados por el Gobierno. Migrantes y periodistas denuncian sobrepoblación, falta de agua potable, de personal médico para ayudar a quienes muestren síntomas de COVID-19 o tengan otras enfermedades, comida podrida y represalias de las autoridades

Las amenazas de cerrar el corredor humanitario entre Venezuela y Colombia continúan. Según el Gobierno colombiano, las autoridades venezolanas restringieron más la entrada de venezolanos a través de las mayores rutas, como el puente internacional Simón Bolívar.

Ahora, Daisi vive en una granja en Ecuador, lejos de la ciudad, trabaja más de 14 horas al día para sobrevivir en medio de una pandemia que ha dejado a ella y su familia expuestas:

Si pudiera volver a Venezuela, lo haría para abrazar a mi familia. Pero el camino es un peligro, y más cuando llegas.

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