Cómo las Iglesias se involucraron en la crisis política de Belarús

Catedral del Espíritu Santo en Minsk, capital de Belarús, 2018. Foto de Andrew Milligan/Flickr (CC 2.0).

Este artículo apareció originalmente en BelarusDigest, sitio web independiente que ofrece análisis sobre política y sociedad bielorrusas. Se reproduce acá con autorización y se ha editado por razones de estilo y brevedad.

El 31 de agosto, funcionarios fronterizos bielorrusos negaron la entrada al arzobispo Tadeush Kandrusievich, jefe de la Iglesia Católica, ciudadano bielorruso que regresaba al país.

En medio de muestras de solidaridad entre varios líderes de la sociedad civil en Belarús, las autoridades siguen respondiendo cada vez con más presión. Las organizaciones religiosas no han sido excepción en este país, en que la mayoría de sus diez millones de habitantes profesan la fe cristiana ortodoxa.

En las últimas semanas, Kandrusievich ha sido abiertamente crítico contra la brutal represión a las protestas pacíficas realizadas después de las elecciones presidenciales del 9 de agosto. Continúan las manifestaciones contra Aleksandr Lukashenko, que ha gobernado Belarús desde 1994 y tenía la esperanza de asegurarse un sexto mandato consecutivo.

El mismo sentir del arzobispo lo han repetido otros líderes religiosos en Belarús (judío, cristiano, ortodoxo y protestante). La postura del metropolitano Paval, jefe de la Iglesia ortodoxa bielorrusa, le ha costado el puesto. Con esta represión a los líderes  religiosos de la sociedad civil, las autoridades bielorrusas tienen el objetivo de romper la cadena de solidaridad entre bielorrusos y disminuir su capacidad de movilización.

Es improbable que los ataques contra católicos ayuden a Lukashenko

Hasta ahora, la Iglesia católica bielorrusa ha reaccionado de manera equilibrada pero consistente con respecto a las novedades en su país. El 15 de agosto, el arzobispo Kandrusievich hizo un llamado a las autoridades a resolver el conflicto pacíficamente y enfatizó que el “pueblo tiene el derecho de saber la verdad” (sobre la elección presidencial, cuyos resultados se consideran falsificados). También criticó al Estado por usar la violencia contra los manifestantes.

De todas maneras, y sin intención, la Iglesia católica se involucró más seriamente en la actual crisis política tras la intervención de las fuerzas estatales en la Iglesia Roja de Minsk, la capital del país. Durante la protestas del 28 de agosto, la policía antidisturbios bloqueó la entrada a la iglesia durante casi 40 minutos, cuando manifestantes y periodistas buscaban refugiarse ahí. El arzobispo Kandrusievich habló desde el extranjero del incidente y lo llamó “inaceptable e ilegal”.

El 31 de agosto, en una medida extraordinaria, al ciudadano bielorruso Kandrusievich se le negó la entrada a su regreso a Belarús sin explicación. Al día siguiente, al visitar Baranavichy, Lukashenko acusó enigmáticamente al arzobispo Kandrusievich de “participar en política”, de “ir repentinamente a Varsovia para consultas” y de recibir “encargos” para hacer a su vuelta a Belarús, pese a que no ofreció prueba alguna que apoyara esta teoría de la conspiración [N. del E. los católicos de Belarús viven mayormente en la región de Hrodna, al oeste del país, en la frontera con la mayormente católica Polonia, que tiene tensas relaciones con las autoridades en Minsk].

La prohibición de entrada del arzobispo Kandrusievich ha impactado al público en Belarús y muchos han expresado su indignación hacia la decisión estatal y las afiliaciones religiosas han expresado su solidaridad. A la misa, que se celebró el 5 de septiembre en la Iglesia Roja, asistieron miles de personas.

En su sermón, el obispo Jury Kasabucki usó fuertes palabras para denunciar la “persecución de la Iglesia católica en Belarús” (cerca del 12 % de los bielorrusos son católicos, según un Informe PEW de 2017) y rezaron por las victimas de la violencia estatal. “¿La oposición a la tortura equivale a entrar en política?”, preguntó retóricamente.

Cambios en la Iglesia ortodoxa

El caso del metropolitano Paval es similar: las autoridades esperan lealtad incondicional de él como persona y de la Iglesia ortodoxa bielorrusa en conjunto, y no gestos de solidaridad con las victimas y críticas de tortura que la Iglesia ha demostrado.

No obstante, inicialmente la Iglesia ortodoxa bielorrusa se esforzó por tener una posición consistente en la crisis política. Aunque el metropolitano Paval felicitó oficialmente a Aleksandr Lukashenko por su reelección, unos días después habló en un tono diferente. Se disculpó por la “prematura reacción”, que “ha causado indignación entre muchos creyentes ortodoxos” del país.

El 12 de agosto, en una reunión con periodistas, el metropolitano Paval reconoció que los bielorrusos “tienen derecho a tener sus problemas, pero que no se deben resolver con resistencia”. Lo más probable, debido a la presión adicional de los creyentes bielorrusos y con toda probabilidad también del clero ortodoxo, la Iglesia habló con más firmeza. El 15 de agosto, el sínodo de la Iglesia ortodoxa bielorrusa condenó fuertemente la dura reacción de las fuerzas estatales y algunos incidentes de provocación por parte de los manifestantes. El metropolitano Paval luego visitó un hospital y se reunió con victimas de la fuerte represión.

Poco después, el metropolitano Paval dejó su puesto repentinamente (tal vez con estímulo) y el sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa (a la que pertenece la Iglesia ortodoxa bielorrusa) procedió a elegir a su sucesor. Por primera vez, el elegido fue un bielorruso, el obispo de Barisau, Vaniamin.

A pesar de ser nuevo en el cargo, el nuevo metropolitano ya ha hecho comentarios sobre las novedades en el país. El 26 de agosto, hizo un llamado a los creyentes ortodoxos (algunos de los cuales trabajan en el sistema estatal), y enfatizó la naturaleza espiritual y moral, más que política, del conflicto. “Cambiar mentes, cambiar corazones del mal al bien, de las mentira a la verdad, de la división a la unidad […], esos son los cambios que nuestra sociedad necesita primero”, afirmó.

Cadena de arrepentimiento

Muchos cristianos protestantes también se han unido o apoyado las manifestaciones, y algunos han sido detenidos o sentenciados. El 14 de agosto, pentecostales y carismáticos apelaron oficialmente a las autoridades a pedir un alto a la violencia, que liberaran a los detenidos e iniciaran un diálogo pacífico con las personas.

Además, los miembros de una congregación de Minsk han lanzado la iniciativa “De Kurapaty a Akreścina. Nunca más”, que llevó a miles de personas a las calles a formar una cadena de 15 kilómetros. Muchos participantes de las manifestaciones sostenían en la mano copias de la Biblia, cruces y banderas blanquirrojas [que se han vuelto símbolo de la protesta].

Zmicier Dashkievich, activista y protestante, uno de los iniciadores de la cadena, enfatizó a Belarus Digest que la causa de la actual crisis y las demandas del pueblo son de naturaleza mayormente moral y no económica, a diferencia de lo ocurrido en la década de 1990. Los bielorrusos creen que les han robado la voz y han exigido conocer la verdad. Según Dashkievich, las Iglesias son las instituciones naturales en emerger para resolver la crisis política sin sangre y llevar una renovacion espiritual a la sociedad bielorrusa.

Es importante, “Kurapaty” y “Akreścina” ya han surgido como símbolos en el espacio y discurso públicos. Kurapaty es el lugar en las afueras de Minsk que rememora las atrocidades más extremas contra los bielorrusos en el régimen soviético. De otro lado, Akreścina es el centro de detención de Minsk, que ganó triste fama por tener presos políticos (como Paval Sieviaryniec del Partido Democracia Cristiana de Belarús) y manifestantes en condiciones intimidantes.

¿Qué hacen las Iglesias?

Con la represión al liderazgo católico, las autoridades han enviado un claro mensaje a sus críticos actuales y potenciales: sea cual sea el perfil público, puede haber serias consecuencias por participar (incluido el riesgo de perder la nacionalidad). Pero el Estado apunta a más, espera romper la cadena de solidaridad entre bielorrusos y la sociedad civil. Y eso incluye a las Iglesias.

En efecto, la solidaridad parece ser la más seria amenaza al aparato estatal. Por tanto, las autoridades no subestiman el rol que pueden tener las organizaciones religiosas en la sociedad y están contrarrestando su efectividad con medidas preventivas. Sin embargo, es poco probable que esta mezcla dentro de las Iglesias ayude a estabilizar el espíritu de protesta entre bielorrusos. Por el contrario, independientemente de su afiliación religiosa, pueden calificar el incidente con el arzobispo Kandrusievich de inaceptable e ilegal, que inevitablemente generará más actos y llevará a fortalecer la solidaridad dentro de la sociedad civil.

Parece que estos pequeños actos de solidaridad de las Iglesias (con los manifestantes y entre sí) han preocupado seriamente a las autoridades, para quienes lo ideal sería una sociedad civil dividida que se ocupa de lo suyo. Esto evitaría mayor solidaridad y, por el contrario, disminuiría las razones morales de las protestas. En realidad, dado el nivel de violencia de las fuerzas estatales, cualquier acto de solidaridad de las Iglesias con los manifestantes (y entre sí) sería importantes, sobre todo en los día por venir.

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